Ambición

García, Guillermo

Aunque en su mano latía un pajarito trémulo, su mirada no se apartaba del vuelo de los cien restantes.

El escarabajo doméstico

García, Guillermo

Sobre todo a causa de su tamaño, esta variedad de coleóptero en absoluto se asemeja al escarabajo ordinario. Su filiación exacta y costumbres nos son aún conocidas; aunque de ordinario aparece en los hogares bien constituidos, a primera hora de las frías mañanas de invierno y revolviéndose penosamente entre las sábanas aún tibias de la cama del primogénito. Su visión -dicen- provoca sensaciones ambiguas, situadas a medio camino de la compasión y la repugnancia. No es un animal agresivo, sin embargo. Antes bien, busca con ansiedad agradar por todos los medios a los horrorizados habitantes de la casa. Pareciera que hay en su comportamiento y actitudes algo de antigua justificación y disculpa. Pero habitualmente, y después de los iniciales instantes de vacilación, el asco puede más y sobre el jefe de la familia recae la tarea de matarlo a escobazos.

Tsunami

García, Guillermo

El grito de innumerables aves la despertó de un sueño borroso. Caminó hacia la ventana y miró. Sus ojos, aún somnolientos, tardaron en comprender que, esa mañana, el mar no era el mismo. Divisó, a lo lejos, dudosas embarcaciones bajo nubes distintas. Palpó el silencio. Vio a una persona correr calle abajo. No pudo oír sus pasos, pero los adivinó desmañados, torpes, dignos de una marioneta manejada en forma inhábil o grosera. Presintió, incrédula, la inminencia. Aún así, se resistió a aceptar que el horizonte se derrumbara o que el mundo, sin previo aviso, hubiera renunciado a la estabilidad y la geometría. Sin embargo, tuvo una fugaz, postrera intuición del caos, apenas antes de que la espuma helada inundara su boca y el bramido del agua enmudeciera su alarido.

6 de enero

García, Guillermo Osvaldo

A vos no te voy a mentir, Teodora: los tipos, de entrada, me parecieron raros, con aquellos trajes tan vistosos, las tupidas barbas y esa manera de hablar, entre trabajosa y antigua. Primero pensé que eran gitanos… no sé… o de alguno de esos circos pobres que, como por arte de magia, aparecen de un día para el otro en los descampados para esfumarse así, sin aviso, al poco tiempo… Como sea, la cosa fue que igual me les acerqué: una mano, vos lo sabés, no se le niega a nadie… y menos a esa hora de la madrugada. Yo, como de costumbre, iba para la fábrica con tiempo de sobra, así que no me costaba nada distraerme un rato y ayudarlos a sacar sus animales de la Tosquera. Para mí, y de tan cansados que iban los pobres, se habrían acercado más de la cuenta para beber y habían caído en esa trampa de agua y barro. Y así fue que, después de tironear un rato, los rescatamos entre los cuatro. Entonces, cada uno a su turno, los tres forasteros me dieron las gracias con palabras que no entendí pero que me sonaron tan pero tan bien como la más hermosa de las músicas. En seguida montaron en aquellos bichos altos y jorobados y, sonriendo, me dijeron adiós con la mirada mientras se alejaban rumbo al amanecer. Yo me quedé ahí, solo, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar hasta que, al rato nomás, empecé a llorar sin poder contenerme. Sí, así como lo oís: lloré. Pero no de pena… no… más bien de alegría. Una alegría que no sentía desde hacía mucho… desde que era muy pibe y que después habré olvidado cómo volver a sentir… ¿Me creés, Teodora? ¿Me creés si te digo que hoy veo todo distinto y me siento igual que si hubiera nacido de nuevo?

Los extraterrestres, Maradona y el ataque que no fue

García, Guillermo

La invasión estaba prevista para el viernes 27 de junio de 1986, según el calendario terrestre. Cinco días antes, los pequeños, esféricos e implacables plutonianos enviaron la última nave de reconocimiento. Quiso la casualidad que se estacionara a gran altura sobre el área de México DF y, atraídos los sutiles mecanismos por los gritos de casi 115.000 gargantas, apuntara su poderoso teleobjetivo al campo de juego del Estadio Azteca justo en el momento en que Diego Maradona iniciaba su enloquecida carrera hacia el arco rival. Ante lo que aquel insignificante humano de pies ligeros hizo entonces con la pelota, los pequeños, esféricos e implacables plutonianos -quizá por primera y única vez en su larga historia de guerras y conquistas- experimentaron primero asombro, luego inquietud y por último pánico. La invasión fue cancelada de inmediato y la Tierra, definitivamente, borrada de los objetivos expansionistas del noveno planeta.

Monólogo

García, Guillermo

Desde hace generaciones los lugareños cuentan que en esta casa habita un fantasma. Cada tanto, más o menos a la medianoche, hago ruidos o emito algún aullido procurando que se confunda con el viento. Además nunca dejo que me vean: la incertidumbre -es sabido- dignifica los relatos. Reconozco, sí, que las historias que tejen sobre mí son a veces estrafalarias y en nada se ajustan a la realidad. Pero eso ya no me importa demasiado. Los dejo hacer y me conformo con seguir existiendo…

1977

García, Guillermo

Algo inquieto, concluyó de ver en Cine de Super Acción una película de espías ambientada en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial. Subió el cierre de su campera y, maquinalmente, palpó el arma en el bolsillo interior. Razonó que ya era demasiado tarde para desandar sus pasos. Salió. A no ser por el automóvil que, en la esquina, ronroneaba mansamente, la calle estaba completamente vacía. Antes de perderse definitivo en la noche, pensó que el aspecto de ese sábado de junio (lluvioso, implacable, gris) se parecía bastante al de la película que acababa de ver.

Paco

García, Guillermo

Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre: tendrás ganas de llorar, y nada más. Dejame ahora. Dejame con mi boca agria. Frenético el cianuro. Y tantas, tantas balas. Ignorantes ahora. Acá. Al costado del camino deshecho y ya sin nubarrones. No busco la muerte, no, pero ellos… vos sabés… ellos… ¿Por qué aquí, tan lejos de mis ríos? ¿Por qué aquí, entre piedras y sin agua? Agua… agua yo… agua buena… ¿te acordás? De todos modos, y después del llanto, andá y deciles -no dejes de decirles- que aún así, sacrificado, una vez más no sabrán después qué hacer con las historias… esas que no aplacan… esas donde el insomnio siempre anida… esas… esta… todas…

Goose Green

García, Guillermo

Anoche volví a soñar con vos. Pero no fue como siempre. ¿Te acordás aquella tarde, de pibes, en el estero? Te ahogabas y yo no dudé. Tampoco vos dudaste muchos años después, allá en las islas. “Vayan- nos dijiste-. Vayan que los cubro”. Los otros me arrastraban, yo gritaba como loco, las piernas llenas de frío y esquirlas… Y ahí te divisé por última vez, entre llovizna y lágrimas, en el refugio de la loma, frente a la playa.

¡Pero que puntería, hermanito! ¡Y mirá que los inglesitos no eran ningunos giles! El grupo corrió y corrió y tu fusil -uno, dos, tres, uno, dos, tres- parecía que nos marcaba el paso. ¿A cuántos habrás bajado? Debieron ser varios, ¿a qué si no esos dos aviones y tantas explosiones por un solo tipo?

Anoche volví a soñar con vos. Pero no fue como siempre: sonreías.

Carta

García, Guillermo

– Dele, sargento, dicte nomás.

– Ahí vamos, pues: “3 de febrero de 1813. Te hablo así, sin voz y a la distancia, porque hoy me desperté con un entresijo raro en el pecho. No es miedo por mí. No. Vos sabés que nunca flaqueé. Es otra cosa… No sé… El coronel también parece preocupado. Hombre chúcaro si los hay, el coronel. Siempre serio y arisqueando. A veces mira el horizonte hasta perderse. ¡Si parece que soñara o adivinara el futuro! Pero ayer, de golpe, se acercó y nos habló largo y tendido de muchas cuestiones… Libertad… Patria… No entendí demasiado pero colegí que eran asuntos importantes…

Ahora, acá, atrás de estos muros, mientras esperamos que los godos desembarquen, temo por él y no hago más que rogarle a Tatita Dios que lo proteja. Algo me dice que demasiadas cosas dependen de lo que pase hoy. Pienso en nuestro gurí. Pienso en vos, Francisca. Pienso en todos los que habitamos esta tierra y en los días por venir. Quisiera tener más palabras para explicar esto que siento. Pero mejor termino acá. El coronel ordena montar. Pronto será la batalla.

Quien bien te quiere y no te olvida.

Juan Bautista”.