Tacuarí

García, Guillermo

1.

Similares a flores ásperas brotan los alaridos del humo. La tropa se disgrega, irreversible. Un redoble, de pronto, se abre paso por algún resquicio de la desbandada. Algunos creen ver, entre las detonaciones y las enloquecidas caballadas, a un niño, un tambor y, tras ellos, al mayor Vidal. Su rostro, cegado ahora por la pólvora, resulta irreconocible. Pero la voz es bien suya tanto como precisas son las órdenes que grita.

El gauchaje los rodea y, como una tromba, monturas, lanzas y fusiles se vuelven decididos hacia las filas enemigas. Los golpes del tambor aúnan los latidos de cientos cuando el choque se consuma.

2.

Metódica, la mujer de rostro impasible indaga entre el silencio disperso de los cuerpos. Parece, vista de lejos, una niña que buscara su único muñeco en una montaña de juguetes rotos. En la mano lleva un tambor pequeño, perforado, definitivamente enmudecido.

Dos finales

García, Guillermo

Alfonsina

(Mar del Plata, 25 de octubre de 1938)

Anegada por dentro, el mar omnipresente la rodea. Y la noche. Ambos. Tan inmensos. Pisadas a tientas bajo el agua. Dos pies igual a caracoles ciegos. Ilegibles relieves de la arena. No mirar atrás. No. Gargantillas de espuma. Y la voz. Sí. La voz. Esa que, a pesar de sí misma, resiste y no se acalla.

Leopoldo

(El Tigre, 18 de febrero de 1938)

Oscuros meandros del cianuro que aún no hace su efecto. Afuera abre las alas el anochecer de las islas. Descifra grillos el hombre recostado en el camastro. Espera. La oscuridad todo lo diluye progresiva hacia el fondo insondable de los ríos. Incluso las huellas dolorosas de aquel amor tardío, inesperado.

Pincén

García, Guillermo

Las aguas de la laguna reverberan bajo el sol de la tarde. Sentado a la orilla, el indio viejo aguarda ensimismado. Parece haber cesado el viento. Incluso los pájaros se han detenido. De pronto se oye -profundo, creciente-, un retumbar de cascos sobre la tierra. Ya lejana, la tropilla de luminosos caballos blancos se pierde veloz rumbo al oeste. Recién entonces el anciano parece aliviado. Quizá fuera esa la señal que aguardaba. Fija de nuevo su mirada en la laguna y murmura: “Nehuén… nehuén…”

El viento y los pájaros delicadamente retornan.

Testamento

García, Guillermo

Nebuloso, abismal, el cielo relampagueante parece imantar las aguas del vasto río aleonado.

Escribo, constreñido en la estrechez del camarote, estas inútiles líneas postreras.

Comprendo ahora que la patria, también, semeja un mar turbulento y excesivo. Un mar donde vanidades y egoísmos serán, al fin y al cabo, menos aún que este débil barco crujiente que sucumbe.

¿Para qué -me pregunto- tantas incontables muertes, tanto sacrificio prodigioso? ¿Valió la pena haber bautizado esa, nuestra tierra, con las copiosas lágrimas de madres, viudas y huérfanos? ¿Llegará el día en que tanto llanto ahogue las ambiciones y violencias de los inescrupulosos de turno?

Parece irónico que sea justamente yo quien escriba estas cosas. Yo, que le canté al arrojo y a la guerra; yo, que larguísimos poemas forjé como si de municiones o espadas se tratara.

Ahora es poco lo que resta como no sea la estentórea voz del torbellino.

Yo, Esteban de Luca, soldado de la independencia y poeta, presiento irreversible la inminencia del agua.

Regreso

García, Guillermo

Odisea, XVII, 290.

Caballo y jinete cruzaron, cansinos, la tranquera. La casa, al final del camino arbolado, seguía igual a como la había dejado (algo más despintada, quizá). Se detuvo frente al jardín profuso y sombrío. A un costado, junto al aljibe, un muchacho lo miraba extrañado. Sus rasgos recordaban trabajosamente los del hombre. Este no pudo evitar pensar en los años transcurridos que, ahora, no eran más que un torbellino de imágenes donde, interminables, confluían cabalgatas y espadas y gritos y pólvora. Se apeó. Inesperado, un perro surgió desde el interior.

Lo observó con ojos mansos, envejecidos y, trabajosamente, se acercó y lamió sus manos. El hombre comprendió que, ahora sí, había retornado. La tarde era una sombra única, increíblemente larga, desterrada para siempre de los estertores del oeste. (1)

(1) El personaje podría llamarse Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Damasio Rosales, Francisco Vargas o Miguel Chepoya, nombres de los seis granaderos que completaron la totalidad de la campaña libertadora y ‘volvieron para contarlo’. (N del E).

Los extraterrestres, Maradona y el ataque que no fue

García, Guillermo

La invasión estaba prevista para el viernes 27 de junio de 1986, según el calendario terrestre. Cinco días antes, los pequeños, esféricos e implacables plutonianos enviaron la última nave de reconocimiento. Quiso la casualidad que se estacionara a gran altura sobre el área de México DF y, atraídos los sutiles mecanismos por los gritos de casi 115.000 gargantas, apuntara su poderoso teleobjetivo al campo de juego del Estadio Azteca justo en el momento en que Diego Maradona iniciaba su enloquecida carrera hacia el arco rival. Ante lo que aquel insignificante humano de pies ligeros hizo entonces con la pelota, los pequeños, esféricos e implacables plutonianos -quizá por primera y única vez en su larga historia de guerras y conquistas- experimentaron primero asombro, luego inquietud y por último pánico. La invasión fue cancelada de inmediato y la Tierra, definitivamente, borrada de los objetivos expansionistas del noveno planeta.

El materializador de sueños

García, Guillermo

El último invento de Varinsky fue realmente extraordinario. Pero falló. Resultaba algo lógico razonar de antemano que el “materializador de sueños” también podría materializar pesadillas. “Es un riesgo que hay que correr”, nos repetía obstinado su inventor.

Ayer encontramos el cuerpo inconciente de Varinsky arrojado en el centro del laboratorio. La inenarrable expresión de su rostro no se decidía entre la alucinación y el espanto. En el marco de la ventana descubrimos restos de una babaza fosforescente y pegajosa y, afuera, unas huellas palmeadas se perdían en dirección a los densos matorrales del fondo del jardín.

Acerca de la persistencia de algunos sueños

García, Guillermo

Soñé que una entidad pardusca de cuerpo amorfo y alas membranosas me perseguía por los patios nocturnos de una vecindad desconocida. Emergía intermitente sobre los tejados en punta y las mochas torres de piedra semejante a una nube ominosa y fluctuante. Yo corría inclinado y pugnaba por escabullirme en furtivos recovecos o en los huecos de retorcidas escaleras circulares. Pero era inútil: cada vez que me veía obligado a traspasar alguno de esos pasillos estrechos y ramificados, la lóbrega mancha desflecada amenazaba con cubrirme por completo. Entonces desperté casi sin aliento. No obstante, los densos aleteos demoraron un buen rato en alejarse, más allá de mi ventana, hacia los inciertos confines de la noche.

Después del brindis

García, Guillermo

El hedor a humedad, salitre y cal viva resulta tan intolerable como la oscuridad que estrangula los ojos y el regusto a vino agrio en la boca. Siento el beso áspero de los ladrillos en el rostro y su opresión implacable sobre el pecho. Han enmudecido los cascabeles. Comprendo, en fin, que la vida me abandona irremediable. Aún así, consagro mi último aliento a un grito que más que grito es murmullo y que nadie –ni yo mismo- oirá: -¡Por el amor de Dios, Montresor!…

Policial macabro

García, Guillermo

La momificación es un arte arcaico reservado a un gremio de iniciados que se remonta, quizá, a unos cinco mil años, o incluso más. Una ocupación muy antigua, sí, pero no extinta.

Soy -o era- miembro de la policía egipcia y hace un mes me encargaron investigar una ola de misteriosas desapariciones ocurridas en un suburbio de El Cairo. Hice preguntas a los vecinos que, aterrados, vendían sus casas a precios irrisorios y partían en busca de sitios más seguros. Luego até cabos y pronto descubrí ciertas relaciones inesperadas. Por ejemplo, que sobre el suburbio en cuestión pesaba un multimillonario proyecto inmobiliario a cargo de una corporación internacional, el cual contaba con el apoyo de la facción gobernante; por ejemplo, que las desapariciones fueron apenas anteriores al descubrimiento, en Al Fayun, de una necrópolis perteneciente al Imperio Medio atestada de momias en excelente estado.

Que este mundo es un asco no es ninguna novedad. Que el dinero lo hace girar, tampoco: la conjunción de grupos financieros internacionales, poder político local y sociedades secretas seculares desviadas hacia los dominios del mal absoluto constituía la clave de mi caso. En fin, confié demasiado en la buena suerte. Ahora, inmóvil, veo impotente a través de la estrecha ranura que el vendaje ha dejado alrededor de mis ojos como cae sobre mí la tapa del sarcófago.

Si no estuviera tan aterrado, hasta me causaría gracia esta manera de entrar en la eternidad.