El último entrenador

Sasturain, Juan

Me lo encuentro de casualidad el sábado en Adrogué, en el cumpleaños de la hijita de un amigo. Salta el apellido que es raro, poco frecuente, y enseguida asocio a ese viejo, ese abuelo materno sentado casi de regalo a un costado de la mesa puesta en el extremo del living, con los recuerdos de infancia.

De las figuritas, no. No es un jugador pero es un nombre y una vaga cara del fútbol. Aprovecho que los pibes se van al patio a devastar lo que queda de un jardín con más calas que pensamientos y le busco la memoria con una pregunta respetuosa, como tocar a un oso despeluchado con un palo a través de las rejas:

-Su apellido me suena -le digo mientras nuestras manos convergen sobre la fuente de masitas-. Lo asocio con el fútbol de los cuarenta y cincuenta, cuando yo era chico, ¿Puede ser?

Tras un momento me confirma que sí, que es él, y el reconocimiento al que no está acostumbrado lo ilumina un poco, apenas, como las velitas de esa torta de nena, sin jugadores, que espera en medio de la mesa.

-Ya nadie se acuerda.

-No crea.

Nos trenzamos a charlar y no sé bien cómo pero al rato, mientras los otros destapan botellas, nosotros estamos en el dormitorio -porque esa es su casa, la de siempre- destapando una caja de alevosos recuerdos.

-Ese año que usted dice salimos campeones -revuelve, encuentra-. Fíjese, acá estoy yo.

Y me señala lo evidente, lo alevoso de su figuración. Es la foto de una revista y él está parado a un costado, el penúltimo de la fila de arriba, entre un colado habitual y un marcador de punta de los que todavía no se llamaban así.

-Qué pinta.

Tiene bigotitos, el jopo tieso de Gomina o Ricibrill y una E bien grande de pañolenci pegada -acaso con broches- en medio del pecho. El rompevientos -así se llamaban los inevitables buzos azules de gimnasia de entonces- está algo descolorido y los pantalones abombachados se le ajustan a la cintura un poco demasiado arriba, le dan un aire ridículo. El equipo, los colores del equipo que enfrenta a la cámara en dos niveles -atrás y de pie, la defensa; abajo y agachados los delanteros del siete al once, y el nueve con la pelota-, no importa demasiado ni viene al caso. Pero la cancha está llena.

-Linda foto -digo, porque es linda foto en serio.

-Psé.

Me muestra otra parecida de esa época, de un diario, y después otra más, posterior, coloreada a mano al estilo fotógrafo de plaza. Ya el equipo es otro y las tribunas detrás, mucho más bajas. El rompevientos -es el mismo, estoy seguro de que es el mismo- está un poco más descolorido.

Pone las tres fotos en fila y me dice, me sorprende:

-No estoy.

-Cómo que no.

Y por toda respuesta, contra toda evidencia, pone el dedo en el epígrafe, va de jugador en jugador, de nombre en nombre, y el suyo en todos los casos brilla -como el Ricibrill- por su ausencia.

-No era costumbre, supongo -y me siento estúpido.

-No era el tiempo, todavía -recuerda sin ira.

-Claro.

Él sigue revolviendo, elige y me alcanza. Y yo pienso que ese hombre de destino lateral, anónimo adosado al margen del grupo de los actores con una E grotesca en el uniforme de fajina era casi, para entonces, como un mecánico junto al piloto consagrado, o como el veterano de nariz achatada que se asoma al borde del ring junto al campeón. Su lugar estaba ahí, al ras del pasto; su función se acababa entre semana.

-No era el tiempo todavía -repite.

Y sabe que llegó empírico y temprano y se metió de costado en la foto en que salió borrado.

-En esa época había pedicuros, dentistas, porteros… -dice de pronto con extraño énfasis-. Era el nombre de lo que hacían. Ahora les dicen podólogos, odontólogos, encargados… Esas boludeces, como si fuera más prestigioso… Y yo era entrenador.

-No director técnico.

-Pts… Ni me hable, por favor… -y se le escapa cierta furia sorda, muy masticada.

-No le hablo. Tiene razón.

Compartimos en silencio certezas menores, módicos resentimientos.

-Vinieron con la exigencia de diploma -dice de pronto.

-Claro.

Me sumo a su fastidio y de ahí saltamos a desmenuzar los detalles, el contraste: el banquito con techo, el verso táctico, el vestuario aparatoso y la pilcha elegida para salir el domingo, esa que nunca se puso. Cuando quiero atenuar tanta simpleza sin lastimarlo, se me adelanta:

-Le digo: no se lo cambio.

-Le creo.

En eso, los primeros padres que vienen a recoger a sus niños irrumpen en el dormitorio y entre disculpas se llevan los pulóveres, las camperas apiladas sobre la cama grande. Entra la mujer de mi amigo, incluso.

-Ah, papá… estabas acá -y suspira como si encontrarlo en una casa de tres habitaciones fuera un trabajo-. Y siempre con esas cosas viejas. Sabés que no te hace bien.

Ella me mira como si yo tuviera alguna culpa que sin duda tengo y se lo lleva, lo saca de la vieja cancha despoblada para que vaya a saludar a alguien que se va o se sume para la foto con la nieta que -lo sé- no le interesa. El veterano me mira resignado. -Ha sido un gusto.

Asiente y se lo llevan. Apenas se resiste.

Me quedo solo y guardo las viejas revistas que han quedado abiertas sin pudor ni consuelo. No es cuestión de que cualquiera meta mano ahí. Después busco mi propio abrigo y escucho los ruidosos comentarios del living. Me imagino que para las fotos familiares el viejo se debería poner una remera grande con la letra A de Abuelo, para que al menos alguno pregunte quién es.

Pero no me quedo para verificarlo. Me basta con sentir o imaginar que he conocido al último entrenador.

Ver más sobre Minitextos de fútbol >>
Envíanos tu foto leyendo a: galeria@cuentosymas.com.ar

Agradecimientos: Ediciones De la Flor | Ediciones Colihue
© Cuentos y más… Buenos Aires. Argentin

Sasturain, Juan

Juan Sasturain
Juan Sasturain

Extractos de una entrevista realizada por Juan José Panno, María Vicens y Belén Andreozzi, el miércoles 7 de marzo del 2007.

El cuento malo si breve, dos veces malo

1. El cuento corto está ligado sobre todo al cuento como sorpresa. No me imagino a Henry James escribiendo un cuento corto, porque el concepto del cuento para él pasaba por otro lado. El privilegio en el cuento corto está dado en la trama, que en general incluye una sorpresa. Es como llevar a su mínima expresión los preceptos de Poe. Por eso, cuando un cuento corto es malo, es peor. Lo malo, si es breve, es peor.

Como con la mano

2. Antes escribía a mano. Ahora tengo una libretita donde apunto cositas para incluir en novelas. Pero después, la computadora. Me llevo bastante mal, aunque me vino bárbaro porque yo escribo mal; soy disléxico, no sé escribir bien a máquina, escribo con dos dedos y le yerro a las teclas, entonces tengo que estar corrigiendo continuamente. Ya no me imagino cómo hice antes, en los ochenta, cuando escribí la novela Arena en los zapatos, iba pegando papelitos. Era un infierno.

Un asesino serial

3. En general no tengo un plan muy determinado cuando empiezo a escribir una novela, lo cual me ha causado problemas graves en el pasado. Sobre todo cuando escribo novelas de género, donde la trama es importante, como en los policiales. No es una pose, ni un chiste. Yo mataba a los tipos, y ni yo sabía quién los había matado. Eran historias que publicaba como folletín; cuando no sabía qué hacer, aparecía un cadáver para que la trama siguiese. Después eso se notaba, porque al final tenía que agregar veinte o treinta páginas de explicaciones y había veces que ni siquiera llegaban a ser del todo claras. Pero no es recomendable, porque te cuesta mucho más avanzar. En uno de los policiales que estoy escribiendo ahora, traté de controlar más eso, por lo menos saber bien a dónde iba a terminar, aunque en el medio se me desparramó bastante.

Elogio de la escritura

4. El calígrafo (de Pablo De Santis) está escrito en la mejor prosa castellana de estas latitudes. Pablo ha escrito muchas cosas buenas, antes y después, pero la perfección, la justeza de cómo abre y cierra… Leés el primer párrafo y te caés de culo. Uno puede leerlo en el mismo registro de Bioy, con la misma tensión, con el mismo efecto de prosa argentina. Eso es lo que hacen los escritores.

Agarrar los libros

5. No recuerdo que de chico me contaran cuentos en mi casa. Capaz estoy siendo injusto, pero creo que no. Mi vieja cantaba algunas cositas, pero no me acuerdo que alguien se sentara a contarme cuentos. Después sí agarré los libros y las historietas, pero nadie me los ponía enfrente, yo me los compraba.

Leer al pato Donald

6. Los primeros relatos que me gustaron fueron las historietas de Disney, del Pato Donald. Una que recordé siempre, es la que el tío Patilludo, Donald y los sobrinos encuentran la Atlántida. Había, por ejemplo, unas máquinas de música que funcionaban con anguilas enchufadas y, después de un tiempo de estar ahí, les salían branquias. Con los años uno, que trabaja de esto, se da cuenta de que eso lo había escrito Karl Barks, un guionista que escribió cosas maravillosas para la Disney, o sea que no era cualquier boludez. Ahí había un autor.

La crítica de la educación pura

7. Con respecto a la educación, podemos criticar lo que se hace, que es lo más fácil (risas). Antes se imponía desde la ortodoxia de un canon: yo en segundo año leía a Marianela, de Galdós. Hoy en día es al revés, hay cierta condescendencia: ya que los pibes no leen, démosles historietas, Mafalda, que lean algo. Se les da más de lo que ya saben o lo que ya quieren por temor al rechazo. Están equivocados. Me quedo con Marianela. Tienen que darte lo que vos necesitás o lo que querés saber, en lugar de subrayarte lo que vos ya sabés, que es una manera de subestimarte. Que te abran la cabeza, que puedas descubrir mundos que desconocés. Aprender que hay un universo al cual podés acceder, pero que nadie te lo va a entregar, te vas a tener que romper el cuello y leer mucho…

Los colores de la pasión

8. Para mí lo más importante es la pasión para poder transmitirle a los alumnos lo que realmente les gusta. El pelado Marcángeli, mi profesor de segundo año de literatura en el año 59 o 60, llegó un lunes a la mañana y transcribió un soneto que se llamaba A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell, que había salido en La Nación del domingo. Era un soneto de Borges, y yo no sabía quién era Borges, qué era un soneto ni quién era Cromwell. No sabía un carajo, pero ése soneto, puesto ahí, nos hizo dar cuenta a algunos que teníamos alguna sensibilidad. Todo depende de la pasión que se transmite. Pero para eso, el que lo transmite debe creerlo. No debe dar un programa, sino hacerte dar cuenta de que lo que te está compartiendo es muy bueno y sos vos el que se lo está perdiendo. Tiene que vendértelo bien, pero para vendértelo tiene que ya tenerlo incorporado él.

Profesores embalsamadores

9. En la facultad yo tenía varios profesores embalsamadores, que eran capaces de matar hasta lo más hermoso. Se leía para cumplir, no por placer. En eso Borges fue un profesor excepcional, aunque yo no lo tuve. Le importaba tres carajos, decía: “Vamos a leer, vamos a disfrutar y a saber por qué esto es hermoso, es inteligente, cuál es el mundo que esconde este texto”.

El placer de leer y escribir

10. Escribir es una cuestión de placer, como leer. Está el famoso consejo de Briante: “Los Sábatos y sabatitos, todos preocupados por el destino de la humanidad y el haber sido tocado por el rayo de iluminar a la humanidad, para qué escriben si sufren”. Después, como todas las cosas placenteras, tiene su cuota de laburo, no necesitamos explicitar nada. Hasta las cosas que más nos gustan, y por ser las que más nos gustan, en algún momento se complican y hay que hay que remar, pero se parte de un lugar que es básicamente placentero. El trabajo debe siempre tener algo de placentero, ya que incluye el esfuerzo.

Leer entrevista completa

Juan Sasturain

Juan Sasturain
Juan Sasturain
Nació el 5 de agosto de 1945 en Gonzáles Chaves, provincia de Buenos Aires, Argentina. Como periodista colaboró en diversos diarios y revistas: Clarín, La Opinión, Humor y Super Humor. Creó las revistas Feriado Nacional y Fierro. Cubrió para Pagiuna 12 el Mundial de Fútbol de Francia, en 1998.

Es autor de las novelas policiales Manual de perdedores, Arena en los zapatos y Los sentidos del agua, entre otras. Publicó también las novelas de aventuras Los dedos de Walt Disney y Parecido S.A., y los volúmenes de relatos Zenitram y La mujer ducha.

Es guionista de los volúmenes de la historieta Perramus, dibujada por Alberto Breccia, que obtuvo el Premio Amnesty Internacional para el área francófona en 1988. En 1990 recibió el Premio Internacional Semana Negra de Gijón por su relato Con tinta sangre.