Estrategia

Laura Nicastro

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, desarmamos el caballo de madera.
Ahora Menelao entrena a todos los guerreros para que integren la próxima selección: nunca hubiéramos imaginado que era tan buen preparador físico. Y Helena (¡ah, la bella Helena!) ensaya con un grupo de porristas las danzas más estimulantes de la historia occidental. Pero en horarios diferentes, para no distraer a los atletas: hay que evitar una nueva guerra de Troya. No quisiéramos perdernos el próximo Mundial.

Bache cultural

Laura Nicastro

Si los troyanos y los aqueos hubieran jugado al fútbol, se habría evitado una guerra y nosotros no sabríamos quién fue Helena de Troya.

Perder la cabeza

Nicastro, Laura

Sheherezade temía la decapitación: su imaginación se agotaba. Una noche le sugirió a Harún-al-Rashid:
– Mi señor, os he contado numerosas historias y seguramente vos, en vuestra sabiduría infinita, tendréis muchos más acontecimientos para narrar que esta humilde servidora. Os propongo que comencéis a relatar y yo terminaré el cuento la noche siguiente.
Tanto se entusiasmó el sultán con este juego, que se ocupó de empezar y hasta de rematar cada historia. Sheherezade siempre lo alababa profusamente.
A poco, el sultán dio en contar historias al Gran Visir, a los consejeros de fácil palabra, a los embajadores de otros reinos que huían despavoridos, a los soldados de su guardia personal, a cada uno de sus incontables hijos (cuando descubría sus escondites), a las cuatrocientas concubinas … quienes habían co-menzado a perseguir a los eunucos. Una tarde pasó junto a la favorita, murmu-rando solo y sin reconocerla.
Por fin, después de tantas noches de insomnio, Sheherezade pudo dormir tranquila.

Mimetismo

Nicastro, Laura

Cuando fuera actriz, quería destacarse para que la identificaran en todas las marquesinas rutilantes, en las carteleras, en los medios. Pero su nombre apareció en una agenda imprudente.
Cierta noche, un grupo oscuro y violentamente silencioso la sacó de su casa, la obligó a partir con ellos. No se la vio más.
Hoy su identidad (¡ah, cuán excepcional, cuán de candilejas la había soñado!) ya se ha mimetizado con un sustantivo colectivo del lenguaje popular.
Ella ha de estar en algún pozo, pero cuál todavía se ignora porque ahora la llaman NN: no name (sin nombre).

Mi Pierre

Nicastro, Laura

Cuando Pierre vuelve a casa, después de cumplida la tarea, me agacho a sus pies y le quito las galochas embarradas. Le alcanzo agua para que se lave las manos pringosas. Y si la camisa tiene manchas (casi siempre), le doy una limpia.

Él se acerca a la cuna de nuestro hijo y, en silencio, lo contempla. Suspira: el querubín heredará no sólo su nombre, sino también su oficio.

Comemos un poco de pan, guiso, sopa. El día del Señor tomamos algo de vino. Mi Pierre nunca se emborracha.

Enseguida nos acostamos. Él esconde la cabeza en el hueco de mi cuello, como pájaro que quisiera dormir.

Lo arrullo con una canción, pero siento que sus lágrimas resbalan por mis pechos. Trato de consolarlo.

¡Es tan difícil ser la mujer del verdugo!

Laura Nicastro

Laura Nicastro
Laura Nicastro

Laura Nicastro nació en Buenos Aires, donde cursó la carrera de Filosofía de la UBA. Vivió en Alemania durante dos años y comenzó a escribir a su regreso. Asistió al taller de Abelardo Castillo, quien publicó su primer cuento (“La corona y el premio”) en la revista El Ornitorrinco. Sucesivos textos aparecieron en diferentes suplementos literarios y revistas argentinas y del exterior.

Es la autora de Los ladrones del fuego (Ed. Corregidor, 1984), Oyó que los pasos (Ed. Corregidor, 1987), Intangible (GEL, 1990), Pueblos de Arena (GEL, 1992), Libro de los amores clandestinos (GEL, 1995), Jueves para siempre (Ed. de los Cuatro Vientos, 2005), La Tigra (Gel, 2009), y e-Nanos (Macedonia, 2010). También participó de las antologías: Cuentistas argentinos de fin de siglo(Ed. Vinciguerra, 1997), Viajes en la palabra y en la imagen (Fundación Orígenes, 1996), Los cuentos (Ed. Victoria Ocampo, 2006), Nosotras, vosotras y ellas (Inst. Movilizador de Fondos Cooperativos, 2006), Mujeres con pelotas (Ed. Del Dragón, 2010), Antología Inmigrante (Ed. El Escriba, 2010), y Arden Andes (Ed. Macedonia, 2010).

En 1985 recibió la Faja de Honor de la SADE y el Premio Arturo Mejía Nieto por Los Ladrones del Fuego. En 1991 ganó con Intangible el Primer Premio del Concurso Ricardo Rojas otorgado por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y cinco años después recibió el Premio Alfredo Roggiano por la novela Jueves para siempre. En 2005, por último, la Fundación Victoria Ocampo premió su cuento “La Tigra”.

Un tropezón en la vida

Nicastro, Laura

Don Tomás levantó la vista y tropezó. Él, ya tan poco afecto a admirar al género femenino, quedó impactado. La muchacha avanzaba hacia él envuelta en un vestido de gasa floreada que la transformaba en flor. Su andar, su figura, le resucitaron una emoción olvidada hacía mucho.

Decidió esperar a que ella pasara para comenzar una conversación. Pero ¿cómo? Quizás después podrían volver a encontrarse, salir (la esperaría en la puerta de calle con un ramo de rosas), tal vez una cena (imprescindible con velas, un ventanal frente al río), presentarla a su círculo familiar. Necesitaría un período de adaptación generacional a todos ellos, claro. Y casarse (pensó), optar entre una fiesta íntima o no, ¿dónde sería la luna de miel?. Tendrían hijos (tres varones y una mujer, sí, eso), él debería comprar una casa nueva (jardín sí, nada de perros ni de gatos, no señor), habría rutinas escolares, fiestas infantiles (le convenía reservarse un rincón inaccesible en la nueva casa), carreras profesionales (podría tramitar becas), nietos…

Ella estaba a medio metro y él no sabía cómo encararla. De pronto, quitándose el sombrero, atinó a preguntarle:

– Señorita, ¿usted juega a la quiniela?

Gastronomía

Nicastro, Laura

– Quiero un bife que esté bien a punto –solicitó el gourmet a la mesera.

El chef salió de la cocina, puso el plato con el bife frente al comensal, levantó la escopeta, apuntó y le pegó un tiro.

Zorro, zorro

Nicastro, Laura

Había un zorro al que le gustaba merodear por las huertas a la hora de la siesta. Una tarde encontró una vid cuyas uvas estaban en sazón. Se paró sobre las patas traseras y se estiró al máximo para alcanzarlas, pero estaban muy altas Intentó un salto, y después otro, y otro más. Fue en vano, no llegaba.

La vid, compadecida del zorro y en medio del crujido de la madera y de la resistencia de los zarcillos que permanecían adheridos al espaldar que la sustentaba, dobló su tronco. Perdió unas cuantas hojas y racimos pequeños, pero el zorro pudo saciar largamente su sed.

Cuando por fin terminó, mientras se relamía el hocico, dijo:

– ¡Qué lástima! Creí que serían más dulces.