Leonardo Dolengiewich

Dolengiewich

– ¿Cómo descubrió la microficción?

Conocí la microficción en un taller literario al que empecé a ir a eso de los diecinueve años. El profesor del taller era Leandro Hidalgo, quien es escritor de microficciones y solía leernos algunas o nos proponía incursionar en la creación de minificciones.

A mí me llamó mucho la atención esta forma de creación narrativa. Entonces, comencé a leer textos de microficción en internet y a comprarme libros de textos del género y de teoría acerca del mismo.

Un libro que me marcó en ese sentido fue “La Sueñera”, de Ana María Shua. Ese libro me hizo volar mucho y muy alto. Y fue copiando algunas de las técnicas de las que Ana María se valió en el mismo como escribí lo que considero mis primeras microficciones dignas de ser consideradas como tales.

– ¿Qué es lo que más le atrae de este género?

Lo que más me atrae es la complicidad entre el escritor y el lector. Me gusta mucho, cuando leo, tener que trabajar para terminar de construir el sentido de los textos (que no es una característica exclusiva del género pero sí es absolutamente necesaria en toda microficción), como así también desafiar al lector a que lo haga cuando lee un texto mío.

También me atrae el hecho de que se ajusta perfectamente a la vorágine en la que vivimos, a los escasos fragmentos de tiempo de los que disponemos para leer, pero sin ser retrato del posmodernismo, sin representar pura imagen de alto impacto y bajo contenido. Muy por el contrario, la microficción es contenido condensado, de alto valor calórico, de sabor exquisito y digestión lenta.

– En su caso, ¿cómo suelen surgir las ideas para los minicuentos?

Generalmente, surgen de situaciones que vivo, de las que soy testigo o de las que me cuentan y ante las cuales me digo: qué bueno sería si esto terminara de tal manera. Creo que lo fantástico, lo retorcido y lo desgarrador se encuentran en el exacto centro de lo cotidiano.

– ¿Cuál es el mejor momento para escribir?

Creo que es óptimo sentarse a escribir cuando uno tiene varias horas libres por delante, a fin de darse el tiempo necesario para revisar las palabras con diccionarios y para leer en voz alta y detectar así repeticiones, errores de redacción y cacofonías.

– ¿Qué aspectos formales tiene en cuenta? ¿Cómo es el proceso creativo?

Los aspectos formales que tengo en cuenta son: no poner ni una palabra demás, no adjetivar a menos que sea absolutamente necesario, no ponerle nombres ni características propias a los personajes a menos que esto tenga repercusión en el final e intentar resolver los textos en la última palabra (u obligando al lector a volver al título, que es ir un poco más allá de la última palabra).

También intento cumplir con dos preceptos que considero básicos: que no transcurra mucho tiempo (horas, días, años) entre el principio y el final del texto, sino que ese lapso no abarque más que segundos o minutos y que, en lo posible, no haya más que un solo escenario.

Por otra parte, respecto de la cantidad de personajes, considero que tres ya son multitud, es decir, intento no utilizar más de dos en las microficciones.

En cuanto al proceso creativo, el mismo tiene lugar previo al hecho de escribir el texto, ya que sólo empiezo a escribirlo si tengo toda la historia armada en la cabeza. Incluso, cuando me siento a escribir ya tengo la primera y la última frases ya elegidas.

Y la forma de crear los textos empieza casi siempre, como dije antes, reelaborando situaciones que he vivido, que he visto o que me han contado. Muchas veces, la idea inicial, contiene ya el comienzo y el final. Lo que más tiempo me lleva es tejer la trama.

Generalmente, descarto muchísimas ideas antes siquiera de hacer el intento de comenzar a volcarlas al papel.

Ahora bien, si hay algo que no puedo hacer porque no me nace y porque cuando lo fuerzo, me sale mal, es escribir “por encargo”: escribir, por ejemplo para enviar un texto a un concurso que tenga un tema predeterminado o cuando algún sitio o revista convocan a escribir textos sobre algún tema para realizar luego una publicación. Sólo participo de ese tipo de convocatorias si ya tengo algún texto escrito que coincida con lo requerido en las mismas.

– ¿Tiene preferencia por algún género (policial, ciencia ficción, terror, etc.)? ¿Cuál y por qué?

No tengo ninguna preferencia en ese sentido. Sí prefiero leer ficción. Como lector, del género que sea, me gusta que me cuenten una historia y no que me digan cómo es o cómo debería ser la vida. Eso es para ensayistas y aforistas, no para escritores de microficción.

– ¿Qué elementos considera a la hora de crear a los personajes?

Los personajes en la microficción son sólo bocetos irrelevantes. No creo que se deban crear personajes en este género narrativo. Es gastar tiempo y palabras sin sentido.

Creo que la presencia de personajes con características propias sólo se justifica cuando se utilizan personajes universalmente conocidos. En ése caso, alcanza con consignar su nombre o una característica reconocible del mismo para que el lector lo identifique inmediatamente.

– ¿Qué importancia le da a los finales? ¿Son indispensables los remates?

Son indispensables. Todo el texto debe ser una sola unidad. Desde la primera palabra, se debe preparar el terreno para el final, que debe ser contundente.

De hecho, muchas micros son sólo final. Es la posibilidad que dan las micros inertextuales.

– De los minicuentos que escribió, ¿cuál es su preferido y cuál el que prefieren los demás?

El que prefieren los demás, seguro es “La buena cocina”.

En cuanto a mi preferencia, es un poco más difícil. El recién mencionado también me gusta mucho. Aunque otros como “Interés leonino” me agradan más, tal vez por su estructura y su desarrollo narrativo, más similar a la del cuento que a la del relato.

– ¿Qué dificultades presenta la microficción?

La microficción exige lectores entrenados, muy activos y conocedores del género o, al menos, del cuento breve. Y como los lectores con estas características escasean, es muy difícil para el escritor difundir lo que hace y que esto tenga la repercusión que merece si no lo hace en ciertos sitios o revistas de Internet o en editoriales especializadas en el género.

– ¿Cómo ve el presente de este género en el mercado editorial y sus perspectivas para el futuro?

El presente y el futuro editorial es analizable desde muchos puntos de vista.

Creo que nunca un libro de microficciones va a ser best-seller. El cuento y la microficción nunca van a vender tanto como la novela. Sin ahondar en las causas que llevan a esta situación, creo que el lector masivo de hoy busca novelas.

No es la posibilidad de obtener éxito editorial lo que mueve al escritor de microficción a publicar.

Interés leonino

Dolengiewich, Leonardo

En su primer día al frente del Ministerio de Educación, el Tuerto López se sienta frente a su escritorio, cierra su ojo y hace un repaso mental de su carrera laboral. Se detiene especialmente en su primer año de docencia en escuelas primarias, en sus alumnos de aquel momento, en la afición de estos últimos por las hondas, en la puntería que tuvo uno de ellos para atinarle al rostro del docente inexperto. Cuando concluye el racconto, abre el ojo, enciende su computadora y redacta la Ordenanza 35, que impone para todas las escuelas de la provincia la cría obligatoria de cuervos.

Al que no tiene dientes

Dolengiewich, Leonardo

En los inicios de los tiempos, el reparto alimenticio se hacía de manera justa, teniendo en cuenta las necesidades de cada uno. Y el mundo era aburridísimo. Pero un día, el Panadero se cansó de tanta perfección y decidió divertirse. Entonces, fue con su canasta y tocó la única puerta a la que nunca se había acercado.

El buey solo bien se lame

Dolengiewich, Leonardo

Fue por fin el hedonismo y no -como muchos creen- la moda de su carne en los restaurantes gourmet lo que determinó la extinción de aquella especie otrora tan prolífica.

En la casa del herrero

Dolengiewich, Leonardo

Los cuchillos no eran de palo pero sí de plástico, de cotillón. Y no por dar la contra ni por seguir al pie de la letra el refrán, sino por la manía de uno de los niños, que ya había destripado un sapo, dos perros y a una tía abuela que había ido de visita.

Nombres

Dolengiewich, Leonardo

La Historia la escriben los que ganan. Los documentos de identidad, a veces, también.
Pero hay otra historia, que camina, que cabalga en la sangre, que a algunos les gritó Juan, Victoria, tantas verdades; y que a todos nos susurra incesante, como una brisa feroz, cuatrocientos nombres que aún flotan en el aire.