Los REM

Anfossi, Liliana

La noche cayó como baldazo de alquitrán inesperado. Ion y Tiste se miraron desconcertados. Apenas refulgió en la pesada sombra el blanquecino de las corneas. Ion tironeó de la mano de Tiste y echaron a correr. Debían hacerlo rápido. Pronto llegarían los sueños REM. En ese mundo era imposible calcular el tiempo. Todo era extraño, impredecible. Intermitentes tormentas eléctricas creaban la sensación del día y, profundas oscuridades pobladas por perversas criaturas depredadoras marcaban supuestas noches. Los REM eran las criaturas más perversas y crueles de esas noches.

Sin título

Anfossi, Liliana

Las dos parejas caminaban por el muelle tomadas de la mano. El viento, humedecido de sal, los impregnaba de mar en cada beso que lograban robarse. Él, un hombre de avanzada edad. Ella, muy joven. Ella, una mujer madura. Él, mucho más joven. Un vendedor ambulante, ofreciendo galletas de arroz bañadas en chocolate, hizo reír a una de ellas. Y la risa llamó la atención de la otra. Se observaron. Se cruzaron. Él dijo espantado a su joven amante: “¡Mira la vieja con el pendejo! ¡Qué espanto!”. Ella miró de reojo y susurró a su joven amante: “¡Pobres herederos del viejo! ¡Qué zorra!”.

Sudoku

Anfossi, Liliana

Cada tanto, de una misteriosa pupa nace una polilla que se alimenta de los tejidos de la mente>. De la vieja estación solo queda en pie partes del andén. El quetrén del tren retumba fantasmagórico en las vías abandonadas. Los verdes túneles de álamos conservan la imagen del camafeo de hierro madera y bronce que guardó sin espanto vida en su interior. Parecería que la anaconda del tiempo hubiese triturado hasta los gorriones que abundaban en lo que otrora fue. ¿Qué fue? La duda excava entre los escombros. Fueron las manos de Juan bajo mi blusa. El olor a jabón blanco de su ropa, el aroma a manzanilla en mi cabello. Fue la urgencia joven rompiendo la rutina de la siesta veraniega y la margarita desojada hasta el “te quiero mucho”. Y Juan corriendo por el camino lateral a las vías, con sus manos en alto, despidiéndose hasta el próximo verano. No volví. Me tragó ese mar de cemento astuto y vil del bienestar y progreso. De regreso, tacho cemento y escribo Juan.