Minuto final

García, Liliana

Esclavo de su esfera. El silencio interrumpido sólo por el tic tac monocorde de las horas que se escurrían sin remedio en un mundo que pasaba a su lado sin tocarlo, pero que lo atenazaba en su transcurso con las garras de lo efímero.
De improviso, la fatalidad le salió al paso desterrándolo para siempre de esa cárcel automática donde la eternidad es sólo una utopía.
Agachó la cabeza, consciente del minuto final. Pero la guadaña sólo segó el tiempo con su estoque postrero, y pudo por fin, liberarse de aquellas manecillas circundantes, huyendo hacia los confines de la vida.

El sacrificio

García, Liliana

La playa era un páramo desierto sólo recortado por las siluetas de un reducido grupo de hombres y mujeres. Apenas alimentados y con sus rostros descompuestos, trataban de insuflarse coraje unos a otros, pero el miedo se lo impedía. Más allá, donde terminaba la línea de arena y comenzaba la abigarrada vegetación, unos ojos furtivos los observaban con ansiedad y codicia. El más viejo del grupo se arrodilló sobre la arena y besó el suelo. Las lágrimas de los demás casi se escuchaban rodar sobre sus rostros. Terminada la ceremonia, el viejo se irguió como un guerrero y caminó hacia las altas y sombrías plantas. Al momento, un gruñido de bestias satisfechas heló la noche. Un hombre menos era demasiado.

Noche de quebrantos

García, Liliana

Sara escuchaba el croar de las ranas en esa noche de verano. En aras de su salud, pretendía sanar la ansiedad que la devoraba, asomada a la ventana de la sala, donde dejaba volar su imaginación con las alas de la esperanza. Pensaba en Adán, desde que se había ido sin dar explicaciones ya nada era igual para ella, ni el sol que bañaba los juncos en el borde del río por donde solían pasear, ni oír “La vie en rose” mientras bailaban a la luz de la luna. Nada

-¡Ay, Adán! No me puedes someter a esta tortura. Retemos al destino –se lamentaba en voz alta. Sólo le respondía el silencio  mientras las palabras nadaban en la sal de sus lágrimas.

Nostalgias de Eva

García, Liliana

Eva era mi norte, mi musa, ahora en cambio, es un ave que surca mis nostalgias. Amábala tanto que el atlas me quedó pequeño de tanto seguirla, y esto no es una metáfora: desde Salta, hasta Alabama y Roma, su amor me fue llevando de aquí para allá, hasta que me di cuenta de que amar tiene la fragilidad de una rama que se quiebra fácilmente con el tiempo y la distancia.
Yo sé que acude, perpetuo, mi recuerdo, pero también sé que educa mis sentimientos en el rumbo de la vida. Hoy soy como un toro que ataca el paño rojo, fuerte e impulsivo, pero con el corazón que acata su destino.

Aventureros

García, Liliana

Abro la puerta, obra en mí la sorpresa del descubrimiento: atrás de una sarta de chorizos que había dejado colgada en la cocina, un ratón se hace notar a pura pirueta, pero eso no es todo, no señor, una rata gris, loca de atar, lo acompaña de salto en salto mordisqueando su presa inerte. Lo que no saben los intrusos es que el azar no es parte de la idiosincrasia de su raza, así que cuando él aparta el último chorizo de la ristra, tiene la mala suerte de que se caiga al suelo, y su compañera, ni lerda ni perezosa, lo atrapa y huye encantada de la vida. En su carrera, el animal patina sobre una lámina de aceite que adorna coquetamente la mesada. Río a carcajadas al oír sus chillidos. Después de todo resultó gracioso.

Momentos

García, Liliana

“Lo besé y al momento sentí que sus labios sabían a gloria, a menta fresca, a miel de estío. Acariciándolo hasta perder el tacto sobre su cuerpo tembloroso, le ofrecí el mío en un arrebato de pasión, allí donde el horizonte se cruza con el infinito acaparando un instante mágico.”
Cuando cerró el libro, aún entre suspiros, se dio cuenta de que ahora, la soledad le dolía más que nunca.