La última vez que…

Marcela Naves

…lo hice fue anteanoche, siempre se da de noche, tal vez sea la oscuridad que lo estimula, o la comodidad de la cama, quién sabe, sucede así. Sueño que vuelo alto, muy alto, el río apenas un hilo plateado allí abajo y el viento zumba en mi oído derecho, siempre así acunada entre las nubes. La última vez que lo soñé fue anteanoche.

Ansiedad de tenerte en mis brazos

Naves, Marcela

Los otros días, una semana atrás, vi sus manos, sí sus manos, apoyadas sobre el mostrador de la panadería de la vuelta de casa, mirá vos qué cerquita.

Fueron apenas unos minutos, pidió pan y unas facturas, pagó y se fue.

Nunca lo había visto antes… pero esas manos, ¿qué duda cabe? Son las de su padre y las del mío, inconfundibles con esos dedos largos y delgados de nudillos redonditos, uñas chatas algo rústicas. Sin embargo son manos de artista, que revelan precisión y esmero, cariños y caricias.

Son tus manos m’hijo. Soy tu abuela querido… y te sigo buscando.

Un rico Malbec

Naves, Marcela

Dejé el libro sobre la mesa. No es un incunable, pero tiene hojas de guarda, ¡qué bendición! Puedo escribir en ellas aquí mismo. No estoy borracha, nooo ¡qué va! Hoy no.
Acabo de disfrutar un lenguado al “arco iris”, bautismo local por pescadito, con algunas espinas, pocas por suerte, con generosa bechamel en vino blanco, con verduritas y abundantes camarones pequeñitos y sabrosos. Todo muy rico. Un buen tintillo Malbec y vaso de agua de canilla (grifo para el resto de los hispanos).
Ceno sola, una vez más, luego de una función de cine, film británico de caracteres sin ser intimista, intrigante, excelentes actuaciones, buena película, muy buena. Afuera llueve copiosamente, como ya es costumbre en esta Buenos Aires convertida en ciudad tropical. Y aquí dentro hace calor, aunque se está agradable.
Termino de a pequeños sorbos mi vino, mientras observo al resto de los comensales. Habrá unas cincuenta personas, a ojo de buen cubero (nunca supe qué significa este dicho realmente, pero suelo usarlo, entiendo el sentido si bien no sé a qué se refiere con “ojo de cubero”, ¿qué es un cubero? ¿el que hace cubas? y de ser así, ¿qué tiene que ver su oficio con su vista? Desconozco). Volviendo a los comensales, unos cincuenta decía, dos hombres solos, mayores, otra mujer sola, de mi edad, el resto en parejas, de a una pareja o de a dos parejas, pero de a par. ¿Qué estadística puedo sacar de estos datos? ¿Tendría algún sentido hacerlo? Para concluir luego que suelo comer a solas, y que hay otros y otras que hacen lo mismo sin, al parecer, verse perturbados, no necesito estadísticas.
El restaurante supo tener su fama, hace como veinte años atrás, luego fue perdiéndola poco a poco pero jamás llegó a cerrar. Hoy, es un lugar más, de tantos, con buena comida, con precios de sitio de moda sin serlo, con una carta de vinos bastante pobretona y un servicio de mesa que deja mucho que desear. Así y todo, el lenguadito estaba bien rico.
Muchísimos años hacía que no venía por acá, y no creo que vuelva por muchos más.
Vuelvo a reparar en la gente a mi alrededor, todos de mi edad o más, “jóvenes” ninguno, lo que lo convierte en un lugar lúgubre, un tanto tristón. ¿O será que es viernes por la noche? En una calle Corrientes olvidada, llueve del otro lado del vidrio. Llegó el Otoño.

Bar

Naves, Marcela

En azul neón la esquina advierte “Bar” y unas copas en verde titilan en la oscuridad. Dentro, sólo calor y humedad. Un viejo casette patina una cumbia y el barman duerme parado.

Una rubia desteñida, de hombros vencidos y brazos rechonchos, borrosos ojos y nariz de alas anchas, suspira resignada. Labios dibujando arrugas en un rojo opaco como sangre seca. Dos grandes y lechosas tetas desparramadas sobre la barra reflejan en la pared de espejo. Sus largas y descascaradas uñas rasguñan el tapizado, clavándose en la cuerina bordó. Huele a tabaco y alcohol, y entre dientes me dice “ay… cielo… cielito”, confundiendo el cielo con el infierno.

Ante mis ojos borrachos fue desdibujándose, perdiendo forma y color, gemidos ahogados desafinando un cielo cielito vacío de estrellas. Buscaba a alguien que no era yo, un brillo que yo no tenía. “…No soy tu cielo, nena…”. Pero insistió: “ay… mi cielo…cielito”. Resbaló, derramó alcohol, su falda goteaba. Y fue perdiéndose cada vez más, borroneándose frente a mí.

Una bocanada de humo la volvió azul, la tiñó de gris. El aliento a tabaco y alcohol más agrio aún, repulsivo, execrable. Yo no era su cielo ni su estrella ni su sueño, ni siquiera era su alcohol derramado. Sólo estaba allí, sobreviviendo, como ella. Sólo estaba allí desdibujándome también.

Solo allí, porque ella también estaba. Solos.

Buenas noches

Naves, Marcela

La cocina aún se mantiene tibia y el aroma a estragón domina el ambiente, hace sólo unos minutos que apagué el horno. Compruebo una vez más que nunca una carne sale igual que otra, o más tierna, o menos jugosa, con más pimienta, pero siempre diferente. Estoy descorchando un vino cuando suena el teléfono. Es él.

Su voz cascada me llega desde lejos, no bajita sino íntima. Me susurra tiernamente, me pide que me siente mientras hablo con él, y yo obedezco. Con mi copa recién llena en la mano me acomodo en el sillón y me entrego a sus palabras. Me encanta escucharlo, es autoritario y dulce a la vez. Me pide que cierre los ojos y que recorra mi cuerpo con ambas manos, con las palmas abiertas, despacito, de arriba hacia abajo, mis senos, mi abdomen, ahora en círculos hacia afuera, hacia adentro, como masajeándome.

Sigo con los ojos cerrados y su voz me lleva hacia los confines de mi cuerpo, a mis rincones y mis curvas, que él conoce mejor que nadie. Levanto mi pollera y él me pide más y más, y yo obedezco, siempre lo hago. Siento cómo su voz cambia de tono, se hace más grave y ahogada como si se tragara los sonidos. Me excita. Mi cuerpo y sus palabras juegan libremente, danzan, se coquetean, pero siempre obedeciendo sus pedidos, que son súplicas. Me detengo apenas un instante para tomar un sorbo de vino, ese elixir maravilloso que mi boca seca de placer agradece. Retomo el juego.

Mojo mis dedos en la copa y acaricio mi sexo tal y como él me lo describe, como si estuviera viéndolo. Vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar por sus palabras, él sabe hacerlo, me lleva… me lleva… hasta lo más profundo de mis sentidos, empiezo a temblar y él lo nota y me obliga a seguir como si estuviera junto a mí y fuera su mano la que está dentro mío. Recorro laberintos de calor y color. Abro mis ojos y lo veo frente a mí muy cerca, sonriéndome, mojando mis labios con los suyos. Y estallo en un grito de luz que rompe el hechizo no sin antes decirle que lo amo, que lo necesito junto a mí ya mismo. Él se ríe, con su voz cascada se ríe dulcemente y me desea buenas noches.