Si quieres “sanar”, húyele a las “ranas”

Iguina, Margarita

No fue acertada ni seria la decisión de viajar al Caribe en busca de buenos aires. Lo que encontramos fue una miríada de sapos que se multiplicaban como los conejitos de Cortázar cayendo inclusive en nuestras sopas al comienzo de la cena.

Qué dolor

Iguina, Margarita

– ¿A qué hora dijeron que llegaba el barco?

– Es la quinta vez que preguntas lo mismo. Bien claro te contesté que lo esperaban pasado el medio día.

– No te enojes, por favor, pero esta incertidumbre me impacienta. Parece que los minutos se atascan y no caen por el reloj de arena. Ya la sombra se ha colocado tras de nosotros. ¿Cuánto más debemos de aguardar?

– No creo que por mucho tiempo. Allá se acerca un barco, mejor dicho, está tan lejos que debiera llamarlo barquito. ¿Qué noticias traerá?

– Quién sabe. Estoy preocupada. Hace rato que no escucho la tonada de flauta. Se insertó en mis oídos como una saeta: que do-re- mi; que fa- sol- la. Una y otra vez como si fuera un mantra. De repente desapareció como si hubieran dicho abracadabra.

– Yo también la escuché pero no me gustó. Me puso nervioso.

– Mambrú, siempre la pitaba, le parecían trinos de pajaritos. Decía que cuando volviera de la guerra compraría una flauta de Pan para tocarla. Qué pena.

Aquelarre al anochecer

Iguina, Margarita

¡Agorera, aléjate ¡Alcina andrajosa, arrepiéntete! Argumentaba altisonante aquel arconte ateniense.

Alexia Andreatus, admirable alquimista aquea, agobiada ante apelativos abominables, accedió alzar alas atajando aguas atlánticas, amedrentada ante advertencias amenazantes.

Al anochecer, al abordar avión, astutamente arrojó aullidos afilados, acribillando a alguaciles. Al alejarse alzando alas agentes ardían apretujados, alarmadamente aniquilados.

Presunto implicado

Iguina, Margarita

– ¿Usted podría decirme, si vio quién pudo matarlo anoche?

– ……..

– ¿Usted podría decirme, si vio quién pudo matarlo?

– …..

– ¿Usted podría decirme, si vio quién pudo?

– …..

– ¿Usted podría decirme, si vio quién?

– …..

– ¿Usted podría decirme, si vio?

– …..

– ¿Usted podría decirme, sí?

– …..

– ¿Usted podría decirme?

– ….

– ¿Usted podría?

– ….

– ¿Usted?

Muerte celestina

Iguina, Margarita

Encontraron a los amantes desnudos baleados por la espalda. Tardaron horas en despegarlos. Durante el sepelio se cruzaron las dos familias: mientras un grupo cargaba el féretro hacia el norte del cementerio, el otro marchaba hacia el lado opuesto.

Esa noche se sintió un terremoto y las aguas del océano invadieron el camposanto. Todos los muertos quedaron al descubierto. Al hacer el inventario el día siguiente, el balance quedó sin cuadrar por dos cadáveres.

Errare humanum est

Iguina, Margarita

Se escuchó el ulular de sirenas en la madrugada. Cuando apagaron el reactor ya era demasiado tarde. Luego de la explosión, una nube de material radioactivo cubrió cada esquina de la ciudad. Sólo quedaron en pie pedazos de un rótulo colgados de una columna: Errare est.

Descubrimiento

Iguina, Margarita

La gallinita estaba clueca, puso un huevo y dijo Eureka, escucha por el
radio portátil y sus ojos se encienden de alegría. Al finalizar la canción,
un mozalbete pasa por su lado, lo arrebata y se va a la huida.
– ¿Por qué el Andrés me lo quita si es mi regalo de
cumpleaños?- pregunta mientras el llanto resbala por sus mejillas y cae
sobre su pecho descubierto.

– No te preocupes, cuando llegue a comer esta tarde, verás como papá le dará
un buen tirón de orejas.

– ¿Tú me quieres como la gallinita a su hijito?

– Por supuesto. No entiendo tu pregunta.

– Es que anoche escuché a papá cuando discutían. Dijo que tú no eras mi mamá.

La señora se arrodilla y lo abraza. El niño deja de llorar pero a ella se
le escapan las lágrimas.

Siete horas de amor

Iguina, Margarita

Lo conocí a las once de la mañana. A las tres de la tarde ya éramos novios. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, nos comprometimos. Luego comenzaron las lluvias y al llegar los vientos, desapareció.

Noche de Carnaval

Iguina, Margarita

Aburrida de la fiesta salió a la calle y tropezó con un Arlequín. Su antifaz cayó al suelo y se miraron. Luego de caminar un trecho él la invitó a tomar una copa y comenzaron a brotar las confidencias.

“Mañana parto para Grecia a comenzar mi carrera de modelo”, dijo ella. “Yo empiezo a rodar mi primera película en Trípoli”, añadió él. Cuando la llegada de la Aurora era inminente salieron y montaron en la misma góndola hasta llegar a su destino. Se despidieron.

Ella entró al burdel donde trabajaba mientras él se dirigió a su lugar de trabajo: il circo di Venezia.