La aldeana

Salguero, María Aurora

Astuta, ardiente y ardorosa acariciaba la alta cima abrazada por la altura. A la vista ancha, por la ansiedad sumaban las aullantes aves animadas, que alaban con alarmante amor al avistar. A lo lejos la apabullante algarabía de animales del cerro arremetía contra la cuesta arriba de la amplitud. Así, alegre acariciaba la abeja ágil que tocaba aquí y allá los altos arbustos. Al acercarse a la orilla arcillosa, las rocas aceleraban la arremetida hacia abajo. Allí, la aldeana amaba las llamas que le daban sus amos.

Aquellos carnavales

Salguero, María Aurora

Los vestidos de seda y fantasía danzaban dibujando la fiesta. Casi todas las muchachas recurríamos a la falletina, que siendo económica brillaba y se podía llenar de lentejuelas. La nona era la encargada de dirigir el grupo de costureras y todas fantaseábamos con llevar la corona de reina barrial. Los muchachos se las ingeniaban para tener coloridos disfraces: superman, el zorro, el hombre araña y tantos personajes se sacaban chispas en la imaginación de cada participante. La competencia mayor era pegar patadas en la cola mullida de los payasos.

La casa de los abuelos era el punto de reunión; al mediodía los tallarines o el asadito, donde era infaltable la falda parrillera. En la sobremesa tratando de ganar por sorpresa se desataban enardecidas batallas con los últimos sifones. Y después ¡sálvese quien pueda! los baldes se cargaban en la pileta de afuera, para no seguir enchastrando la casa y evitar los gritos de la dueña de casa. Los más pudientes llenaban los baldes con “bombitas”- pobre de quien recibiera un bombazo- con alegría, no se sentían mucho; pero a la noche los moretones aparecían. La especialidad de la tía Pepa era taparlos con maquillaje y Angel Face.

Cuando los rezagados dejaban los baldes comenzaban los preparativos para los bailes en la Sociedad de Fomento. Desde temprano la sede social se iba llenando con los Fernández y González así, una a una, todas las familias del lugar completaban las mesas dispuestas a bailar. Con orgullo recorrían la pista tras los compases de pasodobles y milongas. La fiesta duraba -¡eso sí!- Hasta las cuatro de la mañana.

El día siguiente era una repetición que culminaba con los ¡ocho grandes bailes de carnavales! promocionados durante todo el verano por el altavoz del verdulero. ¡Cuántos bailábamos con los compases de la orquesta típica que recorría el sur alegrando nuestra niñez y adolescencia! Muchos conocimos el amor escuchando a Héctor D´ Espósito. ¡Qué alegría que podemos remontar aquel hermoso pasado!

¿Cómo será ser argentina?

Salguero, María Aurora

El ulular de sirenas interrumpían la tranquilidad de la calle, pesumbrosa y taciturna Juana Romero caminaba hacia su casa. Ante tal alboroto no llegaba a comprender el motivo. Su poca educación, sus pies cansados de tanto trabajar en la casa de los Furgenson le quitaban las ganas de saber. A lo lejos la figura diminuta de sus changos se agrandaban a medida que apuraba un poco el paso. Después de un rato llegó al pueblerío y allí siguió sin comprender la algarabía de su familia y compadres. Es que de lejos un grupo de argentinos los visitaban por “el Día de La Identidad”. La pobre Juana sin articular palabra pidió una silla y después de escuchar los relatos pasó la mano por su frente marchita y alisando su larga cabellera desteñida por los años se dijo a sí misma: -ahora sí- entendí soy aborigen y en estas tierras que poblaron mis ancestros, aún no me dejan ser igual ¿cómo será ser argentina? se preguntó moviendo la cabeza.

El ruido de la tormenta

Salguero, María Aurora

Lluvia y viento furioso caían sobre las calles de barro. El chapotear de borceguíes se entremezclaba con la fuerza de algún rayo. A lo lejos una pequeña casa de ladrillos despintados se desdibujaba bajo el relampaguear sobre la oscuridad. De pronto el silencio paralizó el alma de quienes dormían en la humilde casa. Después los estruendos llenaron el lugar. Ni el más sano visor humano lograría diferenciar la llamarada de los truenos; ni el estruendo de metralleta de los rayos. Al día siguiente la quietud mostró apenas los cimientos de una casa. Entre uno y otros ladrillos sueltos una muñeca humedecida por el llanto de la madrugada se recostaba solitaria sobre el devastado campo de batalla. En vano Fermina buscó a su hijo, la nuera y los nietos, la tormenta y el atropello hicieron que sus brazos cansados de golpear puertas se cruzaran abandonados cuando dio su último suspiro. El pasar de los años, la memoria colectiva que no olvida y la verdad oculta solamente serán testigos de tanto dolor.

¿Quién protege la envoltura del niño?

Salguero, María Aurora

El ruido ensordecedor aturdió los sentidos. La lucha sin motivos endureció las almas, y a un costado como mudo testigo, la mirada pequeña, dulce, llena de olvido. Después de la tormenta, el silencio y la angustia ¿Quién cobraría la vida de tan inocente niño? El largo camino que unía tantos lugares y a un costado “ese pozo”, un pozo que pretendía romper con los aullidos de tantos oprimidos. ¿Después quién cobraría la vida del inocente niño? Como sin pensar, los remordimientos galoparon sobre los avenidos, la sonrisa bella y la cabellera rubia del niño. ¿Quién podría tomar esa suave envoltura y proteger al niño? Estaban Juan, Pedro o Remigio. ¿Quién podría tomar esa suave envoltura y proteger al niño? Después la duda tras la tormenta fría y sin sentido; y allá a lo lejos la figura tierna de una madre sin hijos. ¿Será verdad? ¿Quién podrá tomar esa suave envoltura y proteger al niño? ¿Quién tiene derechos a disipar la ira y frenar el dolor y proteger al niño? Pero quizás, después de tanto horror y odio ¿Se podrá preservar la inocente cara de un niño? El tiempo lo verá, la sangre gritará y en el recodo oscuro de tantos desatinos la mirada perdida encontrará su vida, y en la lucha sin paz detrás de su destino la mirada perdida en la risa de un niño. Los años que pasaron no lograrán jamás cubrir su amor herido.

Nuestro encuentro

Salguero, María Aurora

Fue amor a primera vista. Caminando por los acantilados un brusco viento hizo que mirara hacia un costado. Allí, apareciendo detrás de la marea, su cabello volaba al viento. La mirada serena contradecía el color azulado de sus ojos que se perdían en el mar embravecido. Los pinares se inclinaban con fuerza. Y a lo lejos una madre juntaba sus cacharros. Sin pensar caminábamos por la playa. Después lo acostumbrado, la voz apenas salía de mis labios. Él pretendía disimular el impacto. De aquella tarde cubierta de emociones queda el recuerdo y la risa dicharachera de “los Popinos”. Los nietos que inundan nuestro otoño. Al pensar en él entonces, siento que el destino nos dibujó la ruta hermosa del encuentro… Son más de cuarenta años. En su frente se forjó el paso de la vida y en la estela celeste de sus ojos brota la emoción, así como el galopar viril de su pecho cuando nos encontramos. Muchas primaveras, tantos inviernos y un solo torrente, que dejó la marca indestructible del amor joven en el momento justo que se cruzaron nuestras miradas.

“En todos estoy”

Salguero, María Aurora

La oscura noche se cerraba sobre el caserío, a lo lejos una estrella fugaz casi precediendo un incendio. Faltaban escasos minutos para el repiquetear de las campanas. A lo lejos, en un rincón del pasaje una escuálido perro se rascaba sin parar, tratando de sacar las larvas de sarnillas que le devoraban la piel enmugrecida. El viento traía desde lejos los sonidos suaves de un villancico. Entre tanto trinar nocturno el llanto desgarrador de un niño se escuchaba y de vez en cuando un sapucai se emitía como un lamento. Las melodías sonoras nos adentraban en los cultivos de algodón del sur americano, de la zafra ardiente de los valles tucumanos, en el cultivo de manzanos rionegrino y las uvas sanjuaninas.

En todos los mismos lamentos de dolor y opresión, fue entonces que Papá Noel decidió recorrer su ruta, y con dolor y vergüenza se quedó pensando con su trineo cargado de regalos: “¿Cómo Señor es que no has pensado? ¿Cómo Señor es que no me has dado estas paradas? ¿Acaso Señor para estas pobres almas no existo?”.

Y a lo lejos, entre unos arbustos que se hamacaban suavemente sobre la gran arboleda, una voz le dijo: “Sí Noel, ¿cómo que no las he marcado? Si miras con atención, vas a escuchar mi alarma en la voz del niño que llora; mi necesidad de sacarme la enfermedad en la pata del pobre animal y mi lamento en el grito del Sapucai. ¡En todos estoy! Lo que pasa es que no quieren verme, ni escucharme. La ruta del amor, del regalo y del mensaje navideño está en el dolor. Allí seguro, vas a encontrar la cruz que me llevó a morir para que puedan alcanzar un lugar a mi lado. Hoy, sólo es un punto de partida para vivir mejor y asemejarse a mi amor”.

Noel sin preguntar más se alejó despacito para cumplir su tarea de tantos años.

Romance de primavera

Salguero, María Aurora

La noche primaveral predisponía a una hermosa velada. Juliana se preparó y cerca de la 01:00 estaba lista para emprender el camino. Primero el Pub, luego el boliche. En su primera parada hacia el fondo, en el mostrador, la mirada de Juliana se detuvo en una figura que bebía con tranquilidad. Ella estaba deseando que girara el rostro para poder apreciarla con más curiosidad. Se dijo con un suspiro: “No lo conozco ¡Qué lástima!”. Giró y sin querer chocó con el muchacho que le invitaba una copa. La muchacha apenas podía balbucear palabras. Todo le costaba una eternidad, recién se despabiló en un lento. Gerardo estaba de paso hacia Uruguay. El tiempo los unió en una vorágine de comentarios y se besaron apasionadamente en un galopar insólito de corazones hechos a la medida.

El amanecer los encontró en la Costanera. Sólo se agitaba la fuerza alocada de la juventud, que dio paso a mil propuestas y cientos de promesas; sabían difíciles de cumplir. Al activar los celulares pudieron tranquilizar a todos pero, fue suficiente para comprender que el tic-tac de la realidad los llamaba. Alguien esperaba con un anillo y otra promesa. Un beso interminable de sabor agridulce y una profunda melancolía fueron arrastrados por muchísimo tiempo…