Proporciones

María del Carmen Allegrone

Las palabras, por ejemplo, no hay día en que las lustre, las cepille, las ponga en su justo estante, las prepare y acicale para sus obligaciones cotidianas.
Julio Cortázar

Exagera cuando habla del sabor de la comida en los conventos, la longitud de las avenidas en los hormigueros, la suavidad de los almohadas en las camas solares, la belleza de los garabatos infantiles, el brillo de las lápidas, el amor de los asesinos por sus mascotas, la valentía de los astronautas, el temor de las ventanillas de los bancos, la duración de las discusiones en un gallinero, las complicaciones de cartel entre estrellas de una misma galaxia, la prolijidad en las uñas de los torturadores, las comodidades en los baños para estatuas, la temperatura de la piel de los enamorados, las rencillas entre sumas y restas en los planes económicos, la eterna juventud de las traiciones cotidianas, la piedad de los cuervos ante sus presas, la veracidad de los recuerdos de las abuelas, las faltas de ortografía en cuadernos de piratas, la violencia entre adornos de un bazar, el humor del placton oceánico después de una sesión fotográfica de la National Geographic. Se excede aún más cuando afirma conocer la cantidad de amantes que cortejan a la abeja reina en un panal, el largo de las alfombras donde se arrodillan los obsecuentes, el total de pisotones entre batracios del estanque, el número de maldiciones que le gritan al pintor ángeles y querubines en los cuadros renacentistas. Ha llegado al extremo de afirmar que puede reconocer el tiempo que dura la turbación del pimpollo de rosa ante la proximidad de la tijera. Emprende el relato y sabe que nadie le creerá. Algunos ríen, otros la imitan. Amplía, disminuye, aleja, acerca, imagina otros límites.
Una vez caminando por el barrio, divisó unos muchachos que cargaban un cubo blanco de chapa. Avanzaban a los tumbos por el asfalto. La marcha se detuvo, uno de ellos arrancó unas flores de malvón sin que lo vieran, armó un ramito y se lo puso encima.
¿Quién le creería si dijera que presenció el extraño funeral de un viejo lavarropas?

Los gustos… en vida

María del Carmen Allegrone

Comieron la manzana con toda furia, todo el arbusto del bien y del mal. Marosa di Giorgio

Huevos crudos sobre el musgo limpio, fuente de metal playa con suficiente agua fresca, algunas lauchitas blancas, dos o tres lagartijas. Dieta balanceada, luz natural, temperatura justa. Proximidad de las orquídeas, imperceptible respiración de los gomeros, ir y venir de insectos. Casi todo resuelto.
Con un silbido le avisa que llegó, a veces la llama por su nombre, le agrada que por un momento no la confunda con un perro, la saluda con una caricia, la invita a salir del lugar donde duerme y sueña con la Sabana. Corre las cortinas, resplandores de tarde caliente, música oriental. Se descalza, bailan. Contorneándose, se estiran. Mezcla de sombras en el techo. Se le enrolla en las piernas, en los brazos, logra desnudarla, están las dos con la piel al aire. Sube el volumen de la música y la bestia enloquece de deseo, abre la boca en un espectacular arqueo de mandíbulas rosadas y húmedas. Emerge su lengua suelta que vibra como aleteo de colibrí. Danzan hasta agotarse. Tiradas en el piso, se acomodan. Estaturas envueltas.
En ocasiones han compartido el lecho, postres nocturnos que se dan una a la otra. No es sencillo quedarse en un rincón de la cama para hacerle lugar, pero no hay nada más placentero que sentirla cerca, pesada, inmóvil, alerta.
Una noche la pitón real esperó que su dueña empezara a roncar. Suavidad al deslizarse, temblores de gozo. Movimientos lentos, calculados, medir la longitud del cuerpo extendido, habilidosa maniobra de quien necesita conocer las dimensiones exactas de su banquete.

Contribuyente

María del Carmen Allegrone

La muchacha del Dauphine llegó al cielo y pidió su libre deuda. Tenía varias infracciones impagas cometidas en la Autopista del Sur. Le pareció injusto, el embotellamiento había durado meses. Erró perturbada. Se detuvo. Advirtió una presencia conocida, al hombre le sucedió lo mismo. Era el ingeniero del Taunus. Se abrazaron. Él comentó que tenía el mismo problema con el ente recaudador. De inmediato, propuso ir a ver una gestora conocida por su eficiencia: la llamaban La Maga. En la eternidad hay pocas opciones, o pagaban -en efectivo o con tarjeta- o quedaban condenados a vagabundear sin obtener la baja definitiva en la tierra.

Días de ocio

María del Carmen Allegrone

El Zoilo obró con odio, le dio en el rabo con el lazo, la bola de acero debió doler porque mi cabra Edel cayó en el lodo. Zoilo le robó su lana lacia.

-¡No debí dar la vuelta, no debí ! Labro una manta con dalias y rocío para mi cabra Edel, mi delicia.  Rezo al loado del cielo para que la cobra le de un abrazo con todos sus bríos al Zoilo, el día de su boda.

Era mi cabra Edel, la que cayó en el lodo por el lazo del Zoilo. La abrazo, la alacio, siento su dolor.

-¡No debí dar la vuelta, no debí!

Es mi día de ocio!,  dijo la cobra, si he de abrazar en mi día de ocio, para esta obra mi cobro será mayor.

Edipo triunfante

María del Carmen Allegrone

Función de teatro ciego. Enredo de manos, piernas tibias, antifaces molestos, caricias a tientas. Ahora o nunca, no más trámites, derecho al beso. Sabor a puerros y albahaca. Recuerdo de labios de su madre.

Temporada alta

María del Carmen Allegrone

La última vez que nadó desnudo en el mar sintió que brazos y piernas duplicaban su extensión. La piel del cuerpo cubierta de sal iba entregando su vello a las olas. Abrió la boca como para pronunciar una o infinita, saboreó la almeja blanda con arena posada en su lengua, un anzuelo lustroso le atravesó los labios. Saltó en el aire con fuerza, el sol encendía sus escamas mientras las gotas de sangre manchaban sus agallas. En la costa festejo y premios para el pescador.

Gracias a la vida

María del Carmen Allegrone

Cuando nació la vida la llamaron Gracias. Abrió los ojos y miró, parecía enamorada. Caricias y leche tibia. Lloró, como si cantara, tan entonada que no se podía creer. Caminó al tiempito y nunca usó zapatos. Bailaba zambas y los pañuelos se le volaban de las manos. Un día se fue. Iba desnuda, solo una violeta enredada en su pelo negro. A veces vuelve a aparecer, su voz es lo que primero se escucha, la gente grita de alegría ¡Gracias! ¡Gracias! La vida se acomoda en su silla, la tierra tambalea con su música, los cerros la aplauden y la luna le ilumina las naranjas de la plaza.

Delirio

Allegrone, María del Carmen

Decreto del diablo:
“Dentista deberá demoler dientes de delfines demostrando destreza” ¿Don Diego? ¿Don Diego, defensor de doscientas dentaduras, de dientecillos débiles?
D.D.:- ¡Desobedeceré, demonio demente! Domesticaré docenas de delfines, distribuiré dentífricos dulces, deliciosos duraznos. Danzarán divertidos.
D:-¡Desobedecerme! Duro duelo daré. Dentelladas dobles.
D.:-¡Defiéndete del diablo!
Don Diego Domínguez desangra. Delfines, difuntos. Doncellas disipan dolores dentales, derraman destellos dorados.
Don Diego despierta.

Ellos dos

Allegrone, María del Carmen

Está anocheciendo en Rosario, llovizna, se siente el olor del río.
Ella recorre el salón sirviendo, cascada de rulos le cuelgan por la espalda, aros con plumas. Entra un muchacho flaco, libro en mano, se sienta con movimientos automáticos, lee como si no supiera dónde está. Ella lo ve y se acerca:
– Hola, ¿qué te traigo?
Ni la mira y le contesta:
– Una cerveza negra natural.
La moza vuelve y le pregunta:
– ¿Viste el hombre que está al lado de la ventana? Hace horas que dibuja sin parar, solo tomó un cortado y ni al baño fue.
El muchacho levanta los ojos del libro, mira para atrás, para los costados, se para, quiere ver mejor todo el ancho del ventanal del Bar El Cairo. Entre aturdido y molesto le contesta:
– Somos cinco en todo el bar, estamos en estas mesas del medio, el único hombre soy yo y el de la caja.
La chica se queda parada, en una mano la ensalada de pollo para la mesa tres y en la otra la cerveza negra para el pibe. Sus ojos vuelven a mirar al hombre que dibuja y se acaricia la barba.