En el Hospital de los Muñecos

Giovanardi, María

Esa noche se disfrazó de oso para ver a los juguetes cobrar vida. Pero el plan no era tan simple, si llegaban sospechar de su tamaño podían lincharlo. Y dicen que morir en manos de una turba de juguetes es la muerte más dolorosa.
Hace dos meses que no dormía por culpa del batifondo que causaban esos entes de peluche y plástico. Estaban en su contra, eso era seguro. Sospechaba que querían quedarse con la casa para convertirla en una zona liberada donde reinarían los vicios más comunes entre los juguetes. Y todos saben que a estos se les da cafeína y el póker.
Pero su plan era perfecto. Como el flautista de Hammelin , los iba a hipnotizar con su guitarra. Tocaría una canción de Pappo y después revolearía el instrumento para darles muerte segura, una muerte de cucarachas.
Pero esa noche algo falló. El terrorista encubierto no se acordó la letra de Pappo. Sólo pudo balbucear los versos de “El hospital de los muñecos”. Y todos saben que esa es la canción que más enfurece a los juguetes.

Matar al Tigre

Giovanardi, María

– Van a matarlo en la próxima posta, General-, balbuceó el puestero de Ojo de Agua.

Facundo infló su pecho y le ordenó al conductor no desviar su camino. Los latigazos hacían latir las lomadas de tierra y detrás de una de ellas, treinta hombres esperaban apostados al Riojano.

La nube de polvo se hacía cada vez más perceptible, hasta revelar una galera estrepitosa. Al verla, a Santos Pérez se le secó la garganta, pero sin vacilar dio la orden de ataque. Facundo sintió el golpeteo de los caballos junto a su ventana. Oyó los sables desnudos atravesar las carnes de sus yeguas y lacerar el cuello de su postillón. Entonces, las venas del General se hincharon, su corazón presionó su casaca y sus pupilas se enrojecieron. El Tigre se apoderó de su cuerpo una última vez.

– ¡Apunte al pecho que aquí tiene un valiente!-, tronó El Tigre de los Llanos, abriendo su casaca. Y con el universo concentrado en sus ojos, fulminó a su atacante con la mirada.

Días después, Santos Pérez despertó rodeado de fusiles. Con la vista en sus ejecutores, desabotonó sereno su camisa. “Es un honor compartir el destino del Tigre”, pensó. Y sonrió estoico.