Vender en la cancha

González, Mariano

Los sábados a la noche la pizzería de la esquina de Vélez Sarfield y Carlos Tejedor se llenaba de gente, todo el barrio iba a comprar y no solamente por el hecho de ir a buscar la cena, sino también por el de conversar con los vecinos mientras esperaban la media hora que el local tardaba en entregar los pedidos. Se hacían todo tipo de sociales, incluso Doña Graciela a veces iba y ni compraba, se acercaba sólo para ofrecer los cosméticos que vendía, incluso hasta un día el dueño del boliche le dijo: “¿Me imagino que un día dejarás un perfume o algo de regalo como atención no?”.

También uno ahí se podía enterar de todo el chusmerio del barrio: “Viste que Vanesa se separó de Raúl, dicen que él andaba con otra mina”, “¿Sabés quién se quedó sin trabajo? Guillermo, después de 35 años lo rajaron pobre, y está con una amargura”. Gracias a esta pizzería Juan Carlos tuvo una idea que se la trasmitió a su mujer:

– Sabes Carlita, el Sábado que viene voy a ir a la cancha a ver a colegiales, ya que todos los muchachos de barrio van y yo siempre soy el único que me quedo afuera de todo.

– Pero si a vos no te gusta el fútbol Juanca-. Le contestó su esposa.

– No es que no me guste el fútbol, es que nunca le presté atención y jamás fui a una cancha. Ahora la idea que tengo no es solamente ir a ver el partido, sino también hacer sociales. En un lugar donde se juntan todos los muchachos del barrio puedo repartir mi tarjeta y vender más. Hay mucha gente que va a la cancha, vive por acá cerca y yo no conozco, así que probablemente en Colegiales voy a tener la oportunidad de verlos a todos y de hacerme conocer como el que vende seguros.

– La verdad que ir a la cancha para tirarte un lance no me parece buena idea, pero si vos querés ir a probar andá y date el gusto.

Llegó el sábado y Juan Carlos partió nomás, un amigo le había dicho que toda la barra se juntaba en la tribuna que estaba atrás del arco entre el medio y el lado de la derecha. Juanca había creído que encontrarlos iba a ser difícil, pero al no saber nada de fútbol desconocía que esa tribuna era diminuta y que por ende iba a ser fácil ubicarlos a todos.

– Carlitos ¿que haces acá vos?-. Le dijo uno de los vecinos que sabía que el Juanca nunca había ido a una cancha.

– Y estoy cansado de escucharlos a ustedes hablar de fútbol y no tener nada que decir, así que vine a dar una vuelta para aunque sea ver de qué se trata todo esto.

Al poco tiempo de comenzado el partido a Juan Carlos se lo veía igual que al resto de los fanáticos de Colegiales; Nervioso y alentando para que su equipo gane; “Pareces un hincha de verdad”, le dijo uno de los de la tribuna. Pero él no estaba así porque le interesaba la victoria deportiva, sino porque había pensado que esto era igual que el que vendía gorros y banderas en las afueras del estadio; “Si Colegiales pierde no se vende nada”, entonces su razonamiento fue que con una derrota nadie iba a tener ánimo para interesarse en comprar un seguro, por eso quería que Colegiales ganará para que estén todos contentos, debido a que cuando uno está eufórico las cosas no suelen importar tanto y nadie se va a poner a evaluar esos temas como la conveniencia y los costos.

Uno cuando está alegre es más propenso a decir a todo que sí y ese es el momento ideal para tratar de captar clientes. Eso lo había aprendido con sólo estar unos pocos minutos dentro de una cancha, ya que antes de ingresar escuchó que un hincha le decía al boletero del club “Pero que caras que están las plateas, bueno ni importa dame 2 porque yo por ver a Colegiales pago lo que sea”, y al poco tiempo después observó a otro simpatizante que a los 15 minutos del primer tiempo cuando el tricolor de Munro perdía por uno a cero vociferaba: “Y pensar que yo gasté 50 pesos para venir a ver a éstos, mamita menos mal que no compré el abono para venir todo el año”. Así que con la derrota de Cole Juanca pensó que lo mejor era guardarse a silencio y no tratar de vender nada, sino le iba a pasar como al pobre laburante que estaba ofreciendo gaseosas, que de tanto decir “Coca, coca”, uno con la calentura del momento le gritó: “¡Pero dejate de joder con el Coca Coca y dejame ver el partido tranquilo che!”.

Antes de terminar el primer tiempo colegiales empató y Juanca se abrazó y gritó el gol con todos los muchachos, ahí ya sintió que empezaba a ganarse la empatía de los demás. Y después vio que ese mismo que criticaba al vendedor de gaseosas cuando las cosas iban mal, salió corriendo a abrazarlo para festejar el gol del empate, y esa discusión que habían tenido hacía pocos minutos ya había quedado en el olvido y sin rencores; los 2 parecían grandes amigos de toda la vida. En esos momentos el Juanca se relamió, se le brillaron los ojitos y se dijo a si mismo: “Son tan pasionales y efusivos los hinchas de colegiales que si llego a pintar las pólizas con sus colores, a estos, les vendo hasta un seguro para su suegra”.