Minicuentos eróticos con un toque de humor. Parte XII

Gardella, Martín
MÉNAGE À TROIS
Antes de apagar la luz del cuarto, la mujer susurra al oído del señor Jekyll: Por favor, cariño, esta noche invita a Hyde.

Gardella, Martín
AMOR CIEGO
Desde que empezaron a gustarle todas esas cosas que él le hace, sin pedir permiso, ella no pudo evitar enamorarse de aquel hombre invisible.

Gardella, Martín
6 A.M.
Terminó la fiesta, llegó el marido.

Amé, María Andrea
ENCREMADOS
Se untaron mutuamente con crema de leche para saborearse. La crema estaba vencida. Los dos acabaron en el hospital.

Soler, Federico
UNA CUESTIÓN DE ENVERGADURA
Cuando recibiste mi propósito firme entre tus piernas desnudas percibiste en tus entrañas que era una cuestión de en verga dura.

Soler, Federico
SITUACIÓN EMBARAZOSA
Cuando me dijo que el test era positivo pasó de ser una situación embarazosa a convertirse en una realidad abortiva.

Palleres, Rodrigo
EN EL CESTO
Odio cuando mi hermana termina de tener sexo. Sale de la habitación, se baña, y me deja solo y cogido en la cama.

Heredero García, Rafa
TODOS SON IGUALES
Después de hacerme el amor y de repetir cuánto me necesita, no soporto que luego me encierre en su armario, y además desinflada.

Puga, Fernando Andrés
KAMASUTRA
-¡No se puede, che! Esto es más difícil que resolver el cubo mágico.

Stringhetti, Rodolfo
PARAÍSO
Ella me prometió lujuria desenfrenada. Yo solo mordí una manzana.

Stringhetti, Rodolfo
SEXO Y CIRCO
Ella hacía piruetas, cabriolas y contorsiones con su cuerpo sobre el mío. Yo intentaba domarla sin perder el equilibrio.

Stringhetti, Rodolfo
INTERCAMBIO
Ahora te toca a vos.

Dietrich, Jorge
LA PUERTITA
El Sr. López deslizaba sus límpidos dedos en la púber pelvis de su empleada. Volcó su té cuando la Sra. López le exigió el periódico.

Dietrich, Jorge
MEMORIA
Aquella noche, mi amor, plenos de lujuria y de fogosidad has hecho que me olvide de todo, ¿te acuerdas?

Cano, Pablo
OFICIAL DE TRÁNSITO
Más fuerte… NO PARA!!!… seguí, seguí… más despacio!…ay no.. para.. para!!!… y?? SEGUI!!!!… NO POR AHI NO!!!!…

Moreno Sanz, David
TRÍO
¿Estás segura de haberle dejado claro cuál era su rol? No hace más que tirarme de la cama.

Moreno Sanz, David
Entiende querido que aunque seas microrrelatista el tamaño me importa.

Moreno Sanz, David
El marinero se bajó la cremallera con disimulo; la sirena no tardó en picar en el anzuelo.

Ferreyra, Noelia
UNA BAJA!
Lo encendió, lo aspiró… olor a rebelde. Sabanas adentro, peli de fondo, climax, ojos cerrados: ¿de placer? No, ¡de dormido!

Ferreyra, Noelia
OTRA QUE NO BAJA
Besos, tocata bruta, calentura, ¿amor? da lo mismo, pero por más que tu mano fuerce mi cabeza para abajo, no bajo.

García, Carolina
CV INCONCLUSO
– ¿Nombre?
– Diana.
– ¿Edad?
– 27 años.
– ¿Sexo?
– ¡Me encantaría!
– Contratada.
– ¿Y la experiencia?
– Ya la adquirirás, tranquila.

Fin del juego

Gardella, Martín

Cuando era niño, armaba guerras imaginarias con los soldaditos de juguete que le regalaban los mayores. Años más tarde, al conocer la verdadera historia de su vida, decidió prenderlos fuego.

Un encuentro

Gardella, Martín

Mientras recorría el supermercado, la anciana creyó ver a su hijo empujando un carrito. Hacía mucho que no lo veía a Jorgito, salvo a través de unas fotos que mantenían vivos los recuerdos. Pero era imposible que su hijo estuviera allí, con la misma edad y las mismas características físicas que treinta años atrás. Entonces decidió acercarse al joven para preguntarle el nombre, su edad, algún detalle sobre su pasado. Y el muchacho la miró con los mismos ojos verdes que tenía su hijo, idénticos también a los de la anciana, que observaba, con las pupilas húmedas, a su nieto por primera vez.

Falso adiós

Gardella, Martín

El plan era perfecto. La botella no tenía veneno, ni la daga filo. No habría autopsias ni largas ceremonias funerarias, sólo algunas lágrimas de padres tristes, mezcladas con una extraña sensación de alivio. Saldrían del sepulcro a la medianoche para encontrarse, sonrientes, en las puertas de Verona. ¡Basta de citas en balcones o de estúpidas peleas callejeras! El amor debía triunfar, por encima de todo. Pero ni siquiera el más triste de los sueños eternos de Julieta hubiera imaginado un final tan sorprendente: la carrera enamorada de Romeo hasta Venecia, tomado de la mano del joven Mercucio.

Instantáneas.Andrómeda.

Infusiones

Gardella, Martín

Todas las mañanas, discuten por cualquier cosa. Si ella prepara té, él quiere café. Si sirve café, él lo encuentra demasiado dulce, frío o muy pequeño, o se le antoja con leche, o prefiere que le cebe un mate. Pero, a partir de hoy, ella no quiere discutir más. Satisfará obedientemente todos los gustos de su esposo en el desayuno. Total, cualquiera de las infusiones servirá para esconder el sabor del veneno.

Instantáneas.Andrómeda.

Aventura a ciegas (minificción sonora)

Gardella, Martín

Sus gritos masculinos se confundieron con el retumbo de un portazo y un televisor a todo volumen que nunca fue apagado. Afuera, los ecos de la ciudad en plena actividad se manifestaron en bocinas irritantes, altoparlantes confusos y voces desconocidas. Más tarde, se contentó con el sonido suave del viento, mezclado con el piar lejano de las aves del descampado. En el final del recorrido, antes del imperioso silencio, llegó a escuchar el atemorizante taconeo de las botas.

Artículo amarillista

Gardella, Martín

Anocheció abruptamente. ¡Ánimo Aníbal!, alentaba Alicia al amado amigo. Alrededor abundaba aquella agua azul, agobiante. Alejado, alcanzó a avistar arena amarillenta, aún ausente. Aunque acometió aquellas aguas ágilmente, abandonó apresurado aquella ardorosa aventura. ¡Adiós Alicia!, aulló agotado, abrazándose al agua adyacente. Alegre, aquel articulista anunció: atleta acalambrado acabó ahogado.

Aventura a ciegas (minificción sonora)

Gardella, Martín

Sus gritos masculinos se confundieron con el retumbo de un portazo y un televisor a todo volumen que nunca fue apagado. Afuera, los ecos de la ciudad en plena actividad se manifestaron en bocinas irritantes, altoparlantes confusos y voces desconocidas. Más tarde, se contentó con el sonido suave del viento, mezclado con el piar lejano de las aves del descampado. En el final del recorrido, antes del imperioso silencio, llegó a escuchar el atemorizante taconeo de las botas.

Instrucciones para leer un libro de microrrelatos

Gardella, Martín

Existen al menos tres formas posibles de llevar adelante la lectura de un libro de microrrelatos, todas ellas igualmente aptas para lograr el resultado final. Usted puede optar por leerlo de principio a fin, como una novela; o de atrás para adelante, como algunos diarios; o en forma salteada y aleatoria, comenzando por cualquiera de sus páginas.
Una vez decidida la metodología a emplear, tome el libro entre sus manos y ábralo. Podrá observar que cada uno de los textos incluidos no supera -en la mayoría de los casos- la carilla de extensión. De esa manera, en cualquier hoja en que lo abra, encontrará un microrrelato para disfrutar. Comience por la lectura del título que encabeza la página. Luego, levante su mirada del libro. Imagine qué habrá querido decir el autor con ese encabezado. Es de esperar que haya querido confundirlo, o darle alguna pista útil para sorprenderlo cuando llegue al punto final. Deje volar su imaginación sin miedo.
Logrado eso, continúe con la lectura del resto del texto. A medida que avance, déle rienda suelta a sus emociones. Sonría, si eso la surge hacer, o anímese a sentir terror, nostalgia o leves cosquillas en medio del pecho. Todas las sensaciones son posibles e igualmente válidas. Al alcanzar el punto final, deténgase. Es probable que la última oración lo haya sorprendido, o lo haya invitado a la reflexión. O simplemente lo haya hecho odiar al autor, porque omitió adrede contarle la totalidad de los detalles. Imagine entonces la historia completa. Haga el trabajo difícil. Es probable que el cuentista haya querido incitarlo a inventar múltiples finales para esa ficción de pocos renglones. En ese instante, usted podrá pensar que el escritor es un idiota, que escribe poquito porque es incapaz de inventar una novela, y que su texto no le dice nada. O quizás usted opine que el autor es un genio, y que una vez más lo ha sorprendido, y se siente encantado con ese género brevísimo.
Si usted sintió lo primero, todavía no cierre el libro. Relea el cuentito e intente encontrarle sentido. Si no lo logra después de la tercer relectura, aun no se rinda. Anímese a leer el texto siguiente, y el resto del volumen, hasta lograr sentirse satisfecho. Cuando haya cubierto la totalidad de las páginas, probablemente sentirá que la lectura ha valido la pena. Entonces, permítase recomendar el libro con entusiasmo. Pronto comprobará que sus amigos estarán enormemente agradecidos.