Sin título

Gaziano, Mirta

La única vez que la besaron fue en el casamiento de su prima Inés, ella no sabía nada de beber, si brindó con todos, le gustó tanto que no notó su estado y lo poco que recuerda en la nebulosa de su mente es a un joven que la sacó a bailar… La luz de la sala se apaciguó y sintió que la boca de él se posaba sobre su boca y cuando vio la foto que le tomaron, quedó fascinada y sus amigas exclamaron a coro ¡¡¡pero Sonia, este es un beso de película!!!
Ahora la foto cuelga de un clavito en la pared, al muchacho, no a él no lo vio nunca más.

La zorra

Gaziano, Mirta

Es esa zorra, si, la que se come el arroz cocinado de la olla.
Yo había visto un trozo de su cola al salir corriendo y dar vuelta la esquina del galpón de las gallinas, me perdura en la mente el recuerdo de su cola roja, sacudiendo en la carrera los pelos largos y rojizos como diciendo “¡Ya me voy! ¡Ya he almorzado!!!”, y yo que no alcancé a perseguirla porque se metió en el monte cercano a la casa.
Pero como puede esa zorra comerse todo el arroz que he preparado para alimentar mejor a mis gallinas, dígame usted ¡cómo pudo!, si había suficiente como para un caballo.
No ha dejado ni para el ratón que habita allí en su escondite, quizás pensó que no iba a notar su faltante, que ni siquiera me daría cuenta, que quizás culparía a los perros.

Y es atrás donde se oculta la ladina, si, en el montecito de cipreses, dentro quizás de una cueva, donde es probable que mantenga calientes a sus crías. De sólo pensar que puedan ser más las que me invadan, una sarta de hambrientas y ladinas en mi casa, amenazando la saludable vida de las aves, no lo creo posible, algo haré para remediarlo, alguna cosa inventaré, para logralo.
Pernoctaré en el galpón para atraparla, eso haré, le daré un susto para que no vuelva, que se olvide de lo fácil que es robar de los galpones. Sinó organizaré un ejército con los gallos y gallinas para que defiendan solos su comida usando sus espuelas y picos afilados.

Ilustración de Juanno

¡Oh no Boogie!

Krevneris, Mirta

Boogie el aceitoso va a suicidarse.
Sus amigos dictadores están en retirada o fueron derrocados y ya no requieren de sus servicios como mercenario. Del olor de la pólvora ya casi no se acuerda y su eterna compañera, la Magnum, duerme una larga siesta.
Su sobrino lo enternece cuando lo llama tío Boogie en su media lengua y lo babea cuando lo besa.
Su médico le sugirió cambiar el whisky por el yogurt y dejar de fumar. Además el colesterol lo está matando.
Boogie el aceitoso se va a pegar un tiro.
Antes muerto que llamarse Boogie Light o Boogie Bajas Calorías.

El primer vino

Gaziano, Mirta

Se preparaba un día especial, todos esperábamos ansiosos que llegara.
Desde muy temprano comenzaron los preparativos y el gallo del vecino parece haber adelantado su llamado a la madrugada. Desde muy temprano se escucharon ruidos desacostumbrados, acomodos, corrimiento de muebles, puertas que se cerraban y abrían, hicieron que mi curiosidad pudiese más y me levanté también apresurada. No encontré quién me atendiera ni me dirigiera la palabra, opté entonces por atenderme sola y dar lugar en la cocina.
Cuando entré al comedor la mesa estaba tendida, el viejo mantel que bordara la abuela en sus años mozos, lucía ahora impecable tras las múltiples lavadas y usos de años anteriores, la luz de la lámpara bañaba los perfiles de las copas de cristal también pertenecientes al ajuar de la abuela, bandejas de plata habían sido sacadas de sus escaparates y lustradas hasta arrancar el mejor de los briíllos, cubiertos y enseres posaban en un lugar predeterminado para cada comensal, todos los años lo mismo, siempre igual, las tías preparaban todo con antelación, nada podía faltar, nada podía quedar librado al azahar, para las tortas nada mejor que los huevos caseros y fue así que en días anteriores eran revisados los gallineros con verdadero fervor y ningún huevo quedó bajo la paja de los nidos de las gallinas, porque sería inaceptable que algo faltara o fallara en ese almuerzo.
Los claveles blancos cortados esa misma mañana lucían impecables en sus floreros, en cada rincón estratégico de la cómoda enfrente de la mesa, los aromatizantes en sus cánulas, las frutas en sus bandejas de la antesala, las primorosas puntillas de los delantales adornaban las faldas de las tías.
Crecía la ansiedad del mismo modo que crecía y aumentaba el aroma de las comidas en los hornos de las cocinas, esencias de vainilla, crema a punto de nieve sobre los postres, ensaladeras rebozando verduras frescas y húmedas y en la vieja vitrola sonaba un tango sentimental y triste su lánguida serenata.
Todos estaban apurados y en carreras cruzaban la sala y respondían ceremoniosamente a las órdenes cortas y precisas de las tías: “¡¡Esteban, ate a los perros!! ¡¡José cierre las ventanas, solo deje los vuales!!! ¡¡Tengan a mano los destapadores de vino!! ¡¡Ana, Ana!! ¡¡Deje a cada costado del plato una servilleta!!”.
Nadie notaba mi presencia, y así poco apoco fui testigo silenciosa del ritual más celebrado en la casa de mis tías abuelas.
A mi me gustaba quedarme de las tías, nunca faltaba el café con leche recién ordeñada caliente sobre la mesa y pan casero, el dulce de leche y el queso de cabra, ese queso que los tíos comen con tantas ganas acompañados por las jarras de vino. Mis tíos que hablan en una mezcla de español e italiano, que ríen fuertemente sacudiéndose de manera casi ridícula y jamás olvidaré que me llaman semillita, porque yo soy petiza y menuda para mi edad, y ellos con sus bromas bonachonas me hacen chistes… “¡¡¡semillita aquí, semillita allá!!!”.
Unos golpes cortos pero fuertes en el pórtico y el ladrido de los perros me arrancaron de mis pensamientos…
“¡¡¡Llegaron, llegaron!!!”, dijo Yudith, la mayor de las tías…
Un revuelo de empleados ocuparon con rapidez su sitio, y la puerta del comedor se abrió y quedé alucinada…
“¡¡¡Mis abuelos, mis queridos abuelos!!!” Mis viejitos entraron y con ellos entró la vida, una brisa suave, un rumor de pájaros, una luz especial parecía envolverlos con un halo resplandeciente, “¡¡¡Amores míos, viejitos del alma!!!”.
Salí de mi escondite y dejé que me vieran y me paré adelante para abrazarlos, para sentir en mi mejilla la tersura de su piel apergaminada.
La abuela de blanco, con un collarcito de perlas, con su boca pintada rosada, sus ojillos celestes como los míos, sus ojitos que se posaron sobre mi y me envolvió entonces un manto de ternura, llevaba un saquito porque ella siempre tiene un poco de frío, y el abuelo, apuesto y manteniendo derecha su espalda, dando poder a su gestión, llevaba su viejo traje a rayas, su camisa blanca y un moño a modo de corbata. ¡¡¡Qué bella estampa!!!
Todos salieron a saludarlos y el abuelo dejando el viejo sombrero en manos de una empleada, se apresuró a descorchar la primer botella de la fiesta, los demás tomaron sus copa y recibieron el néctar violáceo color ámbar aromatizante de aquella botella perteneciente a la cosecha de hace medio siglo nacidas en la tierra, su tierra y del buen sol de Cafayate, todos brindaron levantando los brazos, yo quedé abajo, y miraba desde allí las cruzadas copas espumantes transparentando la vida que va y no se detiene.

Extractos 2

Gaziano, Mirta

Ella me miraba, no me conocía, parecía sorprendida, demostraba curiosidad.

La otra chica que estaba a su lado me preguntó qué estudiaba y le dije “ITALIANO”, y como haciendo bromas comencé a hablar en ese idioma…

Después de varios minutos y ya hablando un claro español, era lo mismo que haber seguido hablando en italiano ya que cuando miré a mi primer interlocutora vi que seguía mirándome hipnotizada, evidenciaba no haber entendido nada y que jamás entendería.

Ni falta hacía, yo ya me alejaba, al volver la cabeza, ella continuaba con la mirada fija en mi persona. Me causó gracia y la saludé con la mano en alto…pero no respondió.

El rezo

Gaziano, Mirta

Comenzó con la señal de la Cruz y siguió minuciosamente con los rezos. Pronunciaba con dificultad, hacía dudar de la verosimilitud de sus palabras, se meneaba al hablar y era el centro de las miradas.

Nos sabíamos el rezo y éste transcurrió con la lentitud que le imprimía su conductor.

Hablaba y se meneaba, movía las manos con un nerviosismo evidente y estrujaba los papeles entre los dedos. Transpiraba con abundancia, dejando que las gotas le plateen la sien y le corran por el cuello.

El calor que hacía en la habitación hacía más tediosa la espera de que finalice con cada una de las prolongadas frases e intenciones.

Lo miraba y no comprendía qué papel jugaba este personaje dándoselas de samaritano, de guía espiritual… Su aspecto grotesco, de gruesa figura y mal vestido, ¿a quién quería convencer?,

Yo nada le debía, y no lo había llamado, no lo convoqué, ni siquiera lo necesitaba, y se presentó allí y dijo “voy a rezar señora, ¿me permite?”. Y si, yo dije “si”, luego me arrepentí, pero ya estaba.

Un día especial

Gaziano, Mirta

“¡¡¡Una Anaconda, una anaconda!!! Abuelo, abuela, una anaconda, así de larga…”

Claro, después de una mañana de barrer cien veces la arena de las zapatillas, de tender las pilchitas recién lavadas, de higienizar la cocina con las tacitas del desayuno, luego de atender el teléfono de mi hija preguntando por sus pollitos, y de otras cincuenta cosas más, opté por suponer que el grito de Ignacio era una copiosa fantasía y que la temible Anaconda sería una raíz larga o un palo maltrecho, así que no hice caso inmediato, pero no dejé de observar que los chicos estaban en la vereda.

Comprendí que habían desobedecido y salido a la calle y además no se los veía desde donde yo estaba, pues estaban agachados en ronda con palitos en mano. Ignacio lejos de callarse gritaba cada vez más, mientras Agustín y Renato seguían blandiendo sus palitos sobre algo. Fue allí donde corrí pero sin preocuparme demasiado. Y al acercarme, me quedé sorprendida: ¡HABÍA UNA VÍBORA!

Claro no era una Anaconda, pero era una víbora… cerrada sobre si misma, en lo que los conocedores dan a llamar ¡una torta o algo así! Creo yo que desde ese día le doy más importancia a los llamados y dejo de suponer que todo es inventiva, o imaginación de los HORA NO TAN PEQUEÑOS…

Luego llevamos la serpiente al río y la dejamos ir.

Ese día nos dejó una enseñanza a todos.

Una mañana diferente

Gaziano, Mirta

Desde mi ventana puedo ver el paisaje de mar que circunda la playa haciendo un marco perfecto para contemplar a cada hora del día. Miraba como al descuido a las olas que se desmayaban una a una al contacto de la arena suave y blanca como sal. Poco a poco la lentitud de las horas que transcurrían, amenazaban con sedarme demasiado y no estaría lista para partir. Roberto demoraba su llegada como siempre, espero que esta vez no me deje plantada con la maleta preparada a mi lado desde las diez en que habíamos quedado en encontrarnos.

De pronto vi pasar ante mi un delgado hilo de seda blanco, brillante, tenue, casi transparente, que comenzó como un hilván y poco a poco, casi impredeciblemente, se fue engrosando hasta parecer una delgada soga flexible que invitaba a seguirla, y no pregunten como hice, no sabría decirlo, pero la seguí y poco a poco fui entrando en un paisaje diferente, muy diferente, con vientos tenues y cegadoras luces que no me permitían ver muy bien. Lo que sé es que todo era encantador y seductor: niños que cantaban cánticos antiguos, música medieval, canto Gregoriano, y las voces infantiles se trepaban por mis oídos y penetraban en mi interior produciendo un dulce desequilibrio que no me permitía pensar en nada, solo disfrutar de lo que oía y de lo que estaba viendo:

Y fue así que se abría a mi mirada una inmensa ciudad de múltiples casas, unas sobre otras, encima de otras, unas adentro de otras, a los costados, en cualquier sitio y a continuación de las anteriores, casas y casitas de colores mostaza, verdes aceituna, sepias, amarillas y naranjas. De sus centenares de ventanas afloraban cosas, guías de hiedra salvaje, coronas de flores estivales, aromas de cerezos en flor y se podían ver a las personitas que las habitaban, sus ojitos brillaban intensamente, pero parecían no verme. Me esmeré en saludar mas no pude, ellos no me reconocían. Quise hablarles y fue en vano. Me acerqué más, pero sentí inmovilidad en las piernas como si un campo imantado hiciese una barra invisible y entonces quedé allí, parada estática como delante de un escenario, viendo y oyendo aquello que me cautivaba y me seducía.

Presencié el amanecer más espectacular de mi vida, el sol o bien los dos soles salían a cada lado de la escena, eran más pequeños y subían con lentitud al unísono ante un coro de pájaros que le daban la bienvenida, los niños cantores dejaron que los pájaros ocupen su lugar, (quizás estaba programado), pero fue así…

Estaba yo en perfecta armonía con el mundo, con ese nuevo mundo que descubría a cada minuto, con los colores y olores de la naciente mañana en ese pueblo de ensueño, dejando transcurrir las cosas sin poder participar, siendo testigo de las acciones de las pequeñas criaturas que comenzaban, creo yo a efectuar sus tareas matinales, y sin caminar, salieron volando por las millones de ventanitas marrones, y se unieron en el cielo, ahora ámbar café, para darme un magnífico saludo de bienvenida.

Y lo hicieron, lo hicieron de tal manera que ahora puedo contar lo vivido como algo muy hermoso que supera las barreras de los sueños.

Aún no cierro la puerta

Gaziano, Mirta

Como un traje pegado a su cuerpo, ajustando la situación a su gusto y complacencia, como una cosa que se modifica a cada momento. Como si fuese la mejor de las ocurrencias, así como sacarse un par de guantes después de una tarea. Como desprenderse de las migas de un mantel después de la cena, así como así, te fuiste yendo, te fuiste despegando de mi piel, deshaciendo cada una de las notas que escribimos juntos, cada una de las quimeras entretejidas entre madrugadas y noches desveladas, y no me resulta fácil cerrar la puerta por la que has salido, pues pienso que aun puedes volver, porque no me resulta lógica tu partida, y mucho menos si no hubo despedida.

Acomodaste tu retiro de la manera más natural y mas ruin pues no me diste la oportunidad de darme cuenta y notar tu desamor. Y me queda, la boca vacía, los ojos expectantes tras la llovizna de lágrimas, la ilusión de verte nuevamente viniendo hacia mi.

Así, como si fuese un calzado a medida. Como pelar una fruta, cepillarse los dientes, bajar las escaleras en calcetines, arrebujarte en el sillón acariciando al gato, dejar como al descuido las zapatillas al pie de la cama aún destendida luego del fragor del amor.

Como si fuese lo más natural, así te fuiste, como si nada, como algo que debía ser. Y si, quizás debía ser, solo que yo no lo tenía programado, no lo había pensado nunca, no lo había agendado, no lo vislumbré y ni siquiera medí el tiempo, porque sino lo hubiese aprovechado mejor.

Habría hecho quizás mejor las cosas, me habría quedado despierta más veces hasta la madrugada. Habría acompañado mas tus nostálgicas mañanas de caminatas a la vera del camino, habría adivinado tus deseos, me habría transformado en la mujer que acarician tus sueños.

Hubiese preferido el azul al verde, la naranja a la frutilla, la montaña al mar, la noche a la mañana, y quizás ahora te tendría aun a mi lado. Sentiría tu respirar en mi nuca al despertar por las mañanas, sentiría la búsqueda de mi mano bajo la manta.

¿Donde estás amor? En que paraje por mi desconocido te has metido. Quedaré a la espera del amor perdido. Gastaré mis ojos en el horizonte a la espera de ver asomarse tu figura.

Me hice amiga de la esperanza, compañera de la soledad, congenio con la angustia y acuno uno a uno los recuerdos…

Azul

Gaziano, Mirta

Se deslizaba mágicamente por la planicie espejada de ese río.

Navegaba como si volase, como si no tocase la superficie del agua.

Parecía planear, parecía no interrumpir la vida allí existente de peces y criaturas del agua.

La calma y el silencio lo acompañaban, y él en total concentración con la mirada quieta en el horizonte, se dejaba llevar.

Parado, en quietud, como un elemento más de la embarcación, la cabeza en alto, siempre en la misma dirección, en las manos una lanza, o palo largo, o quizás, una pala para impulsar cada tanto la embarcación.

No pude ver bien su vestimenta, pero no parecía llevar pantalones, más bien parecía envuelto en una túnica.

Nada sobre sus hombros y así pude ver que era un joven, pues noté la amplia musculatura y que un brazalete sobresalía en sus brazo derecho.

La tarde caía y el sol empezaba a despedirse de un intenso día de calor, la quietud del agua invitaba a un baño fresco a esas horas.

Dejaría que pase el navegante y luego planeaba darme un baño, pero seguí mirando y su apariencia ahora era como un recorte parejo en el marco natural de la planicie.

El contraluz del poniente me arrojaba una silueta plena de azulados tonos armoniosos, más oscuro abajo en la base, más claro en la figura y más profundo en las manos y la cabeza.

Disminuía apenas el azul en un turquesa en el rostro hasta ahora enjuto y apacible, se destacaba intacto sobre el fondo de nacarados naranjas del poniente.

Es la paz, me dije, es la cordura, es un mensaje celestial y un llamado, invadió mi alma un sosiego y ya no vi, por la lluvia intermitente de mis ojos.

Azul lo llamé, azul cielo…

Desde la orilla pude verlo pasar, quedó en mis pupilas el recuerdo intacto de esa imagen pura y virginal de esa tarde.

Ahora vive en mi, el resplandor de su presencia y el pavor de esa ausencia, pues recorro la orilla cada día en espera de verlo nuevamente, pero nada…

¿Lo habrá tomado el cielo como huésped?