Un juego muy antiguo

Octavio Belardinelli

Salté desde la nada hasta esta Tierra y recogí la piedra.
Navegué los mares del sud. Cormorán y delfín me acompañaban.
Un día conocí a Alicia: trenzas negras, ojos oscuros.
A la luz del ojo de buey le escribí cartas de amor.
Con los dos pies en el suelo, hicimos una familia.
Los hijos de Alicia fueron hermosos.
Algo pasó y quedé solo, otra vez, parado en una pata.
Los hijos crecieron, los cormoranes volaron, los delfines se fueron.
Ahora estoy cansado y pronto voy a entrar en el Cielo.
O sea, volver a la nada.
Pero algunos me dicen que dé la vuelta, que todo vuelve a comenzar.
¿Será posible?

El color del alba

Octavio Belardinelli

Zoilo, el edil, lideraba el baile del barrio.

Iba calzado.

Liaba, libaba, calaba a Zoraida.

Ella era árabe.

Delicada, cara de cielo, bailaba libre.

Zoilo la alababa, le dedicaba el lirio, la dalia, el alelí.

Zoraida reía, azorada.

Él la rodeaba, la abrazaba.

Ella caía.

Clareaba el alba.

Al lado de la cerca, el caballo.

La calle de barro, la acacia, el río, el zorzal, el llano.

El ardor de Zoilo.

El delirio de Zoraida.

Abracadabra

Octavio Belardinelli

Frente al Bar Zorba, el azar.
Ella en la bici, rara, loca, la rodilla al aire, el cabello lacio, el cielo color calizo.
—¿El lago Lacar?  ¿Cuántos años?
Delicia de su voz.
Roza mi cara. Zozobro.
Leo las comidas: arroz, locro, caldo.
Abro la boca:
—Yo te quería.
Adentro, brilla la dicroica, suena un bolero cálido.
El bobo es un lebrel.
—Ahora estoy con otro.
Se va.
Miro el billar. Soy como la bola que cae.
Lío un cigarro. Bebo licor.
El lazo del dolor en la garganta.
¿Rolar en el río?
¿Llorar?

Adiós

Octavio Belardinelli

La última vez que nos encontramos fue triste.
Nos abrazamos en silencio, en el zaguán de la casa.
Pero faltaron las caricias y las palabras tiernas.
—Tengo algunas cosas tuyas —dijo ella.
Yo pensé en los libros, los mapas, las películas.
—Otro día —dije—. Me llamás y vengo a buscarlas.
—Tenés algunas cosas mías —dijo ella.
Yo pensé en los besos, en los pechos desnudos, en los gritos de amor en la madrugada.
—Eso no puedo devolvértelo —dije.
Ella sonrió. Había pensado lo mismo.
Pero los dos sabíamos que era la última vez.
Caminé hacia la esquina para tomar el colectivo.
Fue triste.

Una cuestión de tráfico

Octavio Belardinelli

Romeo, de la Villa 71, y Julieta, de la Villa 81, se enamoraron. Ninguno de los dos carteles estuvo de acuerdo. Aquel amor terminó a los tiros.

Enfoques

Octavio Belardinelli

Romeo dijo: el amor y la muerte se juntan en la eternidad. Julieta dijo: vos morite, que yo te voy a amar eternamente.

Rubros

Octavio Belardinelli

Con Julieta nos enamoramos desde el primer momento. El problema fueron sus padres, que tenían una fábrica de pastas. Y los míos, que tenían una escuela de equitación.

Una historia tanguera

Octavio Belardinelli

No era rubia y sus ojos oscuros reflejaban la quietud de la noche. No cantaba. Casi no hablaba. Me miraba en silencio y yo me sentía arrastrado a un abismo. Resistí un momento, pero después me arrojé de cabeza, como un nadador. Ahora buceo en la profunda calma. Y soy feliz.

2013

Octavio Belardinelli

Llegué a la esquina y el ómnibus pasaba de largo. Veinte minutos más, pensé. Encendí un cigarrillo, para hacer que el siguiente viniera más pronto. Pero me falló. Cuando vino, estaba repleto. Subí como pude, con mi tarjeta en la mano. No tenés crédito, abuelo, me dijo el conductor. Lo miré, me miró. Está bien, dijo, pasá. Una chica me dió el asiento. ¿Tan viejo estoy?, pensé. La gorda de al lado me empujaba hacia el pasillo. Sentía en el pelo la respiración de los que iban parados. No alcancé al timbre y me pasé varias cuadras. Traté de caminar rápido, pero me dolía un tobillo. Llegué al negocio. El dueño estaba enojado y miraba el reloj. Este año te jubilás sin falta, me dijo. Pensé: menos mal que el año tiene doce meses.