La farolera

Ferrara, Oscar

La farolera tropezó, ¡ay que tragedia! Un tropezón no es caída, pero ella sí, en la calle se cayó, que se embrome por distraída, quien la manda a pasear por la puerta de los cuarteles mirando lo que hacen los coroneles, ¡ah! Y encima enamorarse a primera vista, ¡hay que ser farolera! Hasta ahí puede pasar, pero pedir que se alcen las banderas, para que ella pase, ponga la escalera y encienda el farol, es demasiado. Si esa es su obligación como farolera, ¡que tanto homenaje! Después de encendido se puso a contar, no sé que contaba, pero a cualquiera que sume, dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis, por eso sólo no van a otorgarle un diez en matemáticas, ahora al insistir con, y ocho veinticuatro y ocho treinta y dos, lo hace de farolera para hacerse ver. A mi no me engaña, por eso, no creo que sea una niña bendita, y lo último que se me podría ocurrir es arrodillarme delante de esa fanfarrona.

Norita hoy no…

Ferrara, Oscar

El viernes a la tarde Fernando llegó a Córdoba capital desde Río III. Se reunió con algunos compañeros de facultad, consiguió los apuntes que andaba buscando y lo llamó a Dany. Quedaron en encontrarse esa noche a cenar juntos en un coqueto restaurante del centro. Después de cenar pasaron la noche juntos. ¿Mentiras?

El sábado Fernando se levantó tarde, Dany ya se había ido, almorzó y estudió un rato, preparó la ropa que usaría esa noche en la cena de los rotarios. Anochecía cuando recibió el llamado, quedaron en una hora determinada para encontrarse y cortó. Aprovechó y llamó a su padre como siempre lo hacía, cuando este iba a algún congreso. Se pasaron las novedades y unas horas después salió hacía la reunión. ¿Mentiras?

Luego de cenar en el Rotary y sin esperar los postres decidieron regresar a Río III. Llegaron y fueron directamente a la casa del country. Entraron sigilosamente como pretendiendo que no los vieran o tratando de no despertar a nadie. ¿Mentiras?

Al día siguiente, la primera plana del periódico anunciaba la tragedia… ¡¡¡Mentiras son todas mentiras!!! Norita los llama… ¡Fernando, hijo, bajen a desayunar! Es una mañana fresca…

Mitomanía

Ferrara, Oscar

En el boliche de mi barrio, se reúnen diariamente una caterva de cuenta musas con el auspicio de “bigote de chancho” el dueño del local, y se mandan unos bardos increíbles… El bar, proporciona de esta manera un solaz esparcimiento al selecto grupo de parroquianos, que concurren, no sólo por sus necesarias libaciones, sino por los relatos que allí se escuchan, sin saber nunca hasta dónde pueden hacer llegar la mentira, los relatores de turno.

Anoche, sin ir más lejos, el Bartolo, nos contaba que en una isla en el océano Pacifico, un grupo de ratas, había evolucionado en sus hábitos y se habían hecho pescadoras. Habló de la inteligencia del roedor, la comparó con el hombre y casi la niveló con los seres humanos en algunos casos, y arremetió con la teoría que habían llegado a la isla a través de un naufragio de algún galeón pirata… qué menos…

La cosa era mas o menos así: llegaron a la isla estos ingeniosos animalitos y allí se reprodujeron pero como el secano era roca pura no había ni una brizna de pasto para alimentarse, entonces, las ratas muertas de hambre, se acercaban a la orilla de mar y una vez allí, introducían la cola en el agua, y pez que mordía la cola con un rápido movimiento la rata lo sacaba del agua y se lo comía.

“Mierda… son inteligentes de veras” dijo bigote de chancho, apoyando los dichos del cuentero… No fue suficiente apoyo, mas de uno no le creyó, y quisieron ahondar en el tema, pero el Bartolo, ni lerdo ni perezoso, acusó una leve indisposición e hizo mutis por el foro, dejando a la mayoría con las dudas propias de tan descabellado relato.

Cuando llegué a casa, muy tarde esa noche mi mujer dormía, yo no tuve mejor idea que despertarla para contarle, la historia de las ratas, necesitaba su opinión.

Ella sospechando de donde podía venir el cuento, murmuró molesta: “deciles a tus amigos que chupen menos”… y siguió durmiendo.

El buen pan

Ferrara, Oscar

Obran tus manos con harina y sal

Buenos oleos y el líquido elemento

Laboras innovando por momentos

Buscando como el hábil alquimista

Sin aflojar templado y optimista

Aquel buen pan que sirva de alimento

Quiero reconocer por fin y darte aliento

Por tu tarea tenaz perseverante

Sos el ejemplo del trabajo constante

Y no te arredran soles, lluvias, ni vientos

Guerras

Ferrara, Oscar

Corría, en sus brazos el cuerpito exánime apenas respiraba. Corría, su cara transfigurada era la imagen del dolor. Corría nadie atinaba a socorrerlo, cada cual se cuidaba a si mismo, nadie estaba a salvo. Y él corría, descalzo semidesnudo gritando. Su grito era un alarido de dolor. Por qué a la pequeña Shamir y no a él. Las balas no reconocen a sus víctimas, niño, mujer, anciano, da lo mismo, la muerte es el objetivo. Las guerras, todas las guerras tuvieron y tendrán siempre un daño colateral, un daño no deseado pero que se concreta perpetuamente. Ya no corre, llora, gime, reza, implora, su niña está muerta, la tregua no llegara nunca…

Vecina

Ferrara, Oscar

Ya no está mi vecina en la ventana, no nos sonríe ni nos saluda alegremente, como cada mañana lo hacía. Ya no esta mi vecina regando las flores del jardín, comentando la variabilidad del tiempo, calor, lluvia, frío. Ya no está… Dónde estará mi vecina, no la encuentro, quizás ahora se asome a otra ventana. Tal vez cambió de jardín y ya no le importe el tiempo, calor lluvia, frío. Hasta ayer creí que seríamos vecinos para siempre, nada hacía presagiar su ausencia y hoy que esperaba encontrarla, ya no está. Si alguien la ve, les ruego que me avisen, no puede ser que haya desaparecido. La van a reconocer porque simplemente es mi vecina, no tenía nada fuera de lo común… bueno sí que lo tenía, pero era tan humilde que nunca lo demostraba. Así son las vecinas más queridas, las que sin pedir nada lo dan todo, así fue y será siempre ella, mi inolvidable vecina, buena , honesta, solidaria… que más vas a pedirle a una vecina…

Para “Pi”

Ferrara, Oscar

No recuerdo una mañana tan lánguida cómo la de hoy. Me levanté, cómo todos los días, pensando en algún quehacer, y no se me ocurre ninguno. Preparo el mate amargo que disfruto tanto, siempre solo, y pienso en escribir el gran cuento, ese que nos deja extenuados cuando llegamos al final, y lo releemos varias veces, sin creer que nosotros lo hallamos escrito en tan corto lapso de tiempo. Bueno, hay tantas cosas para hacer en una mañana lánguida. Podría sentarme a conversar con vos, pero casi nunca estás. Tu actividad diaria provoca que nos veamos poco durante el día, pero no me quejo, eso a vos te hace bien, y a mi también me hace bien verte feliz y activa. Ya estarás por llegar, voy a tratar de sorprenderte. Me impongo escribirte un poema de amor ante que llegues. Pasan las horas y no se me ocurre nada que pueda rimar con lo que siento por vos. Es que vos sos mi poema, el más logrado, el que lo tiene todo resumido en tres palabras, te amo tanto. Mi único amor de siempre y para siempre. No recuerdo una mañana tan lánguida cómo la de hoy… amadísima “Pi”…

Marinero de agua dulce

Ferrara, Oscar

Me siento feliz de vivir cerca del mar. Pero eso no hace más que retraerme a la infancia, época en la que cuando veía un charco de agua, quería ser marinero para andar en bote. Nada más alejado a mi realidad actual, vivo remando, pero eso no me convierte en marinero ni mucho menos. He sufrido mil tormentas cómo esas de alta mar, pero todas han sido superadas en tierra firme. Naufragué más de una vez, pero por relacionarme con quien no debía. Y tuve muchas veces en mis manos el timón, pero muy pocas llegué a un buen puerto. Una sola virtud reconozco de aquel deseo de niño, como siempre, como antes y ahora mantengo firme mi espíritu aventurero, mi proa busca futuros puertos felices. Espero que aguante el velamen, que soporten las jarcias, la latina la cuadra y la tarquina.

Se puede navegar a vela en cualquier dirección, excepto directamente contra el viento…

Pasó en mi barrio

Ferrara, Oscar

Fue la peor noche de mi vida… quizás no fue la más triste, ni siquiera la que más recuerdo, pero aún hoy rememorarla me da escalofríos.

Llegando a casa, un perro vagabundo, me ladró asustándome. Crucé la calle y mientras me acercaba a la vereda, la vi recostada contra un árbol. Era una adolescente, no más de quince años Al verme quiso gritar, pero no pudo, de su boca borbotones de sangre ensuciaban sus ropas. Me agaché para ayudarla y en ese momento, en el preciso instante que la niña exhala un último suspiro y muere, ahí cuando trataba de levantarla para auxiliarla y ella moría en mis brazos, aparece el patrullero. Alguien gritó: ” ¡alto no se mueva!” Y comenzó la que debo reconocer cómo la que fue la peor noche de mi vida.