Comunicación

Agamennoni, Osvaldo

Una noche de verano Inodoro y Mendieta contemplaban las estrellas tirados en el patio del rancho.
– ¿Sabe Mendieta? ¡en esa multitu de mundos, algún ser de inteligencia superior puede estar mirándonos!
– ¡Entonces saludémoslo don Inodoro! ¡Hay que ser educao!
– Pero asigún dicen, esa lu que vemos pasó hace millones de años.
– ¿Pa que saludarlos entonces?
– Pero Mendieta, nuestro saludo igual va a llegar dentro de otros millones de años.
– Discúlpeme don Inodoro; pero estaremos saludando a otro, no va a entender y puede creer que somos poco inteligentes.
– ¡El drama de la incomunicación, Mendieta!
Desde adentro del rancho se escucha un grito.
– Gaucho haragán, ¡Vení a seca los platos!
– ¿Se da cuenta Mendieta? ¡Con los seres inteligentes no tenemos comunicación, con los otros tenemos demasiada!

Treinta de octubre

Agamennoni, Osvaldo

Salió en silencio de su casa, con treinta años cansados pero con la certeza de saber lo que iba a hacer. En el camino, los recuerdos comenzaron a aflorarle. La sirena desgarrando la fría madrugada, el silencio posterior, esa terrible quietud… esa nada congelada. Un arma apuntándole y el tiempo detenido. La respiración agitada como única y ensordecedora alteración, luego contenida. El ruido de sus pasos en las baldosas esfumó las imágenes.

Entró al edificio atiborrado de personas al que antes ya había entrado, con sentimientos parecidos, pero recuerdos distintos. Palpó el documento en el bolsillo. Mientras aguardaba en la fila volvieron las imágenes, incontrolables. Su cerebro desangraba, su alma se vaciaba, su espíritu se sosegaba. A su tiempo entró al cuarto, buscó ansiosamente lo que buscaba, lo puso en un sobre; salió rápidamente. Ya lo había hecho antes, pero ahora era distinto. Mientras ponía el sobre en la urna rogó, al silencio de su propio ser, nunca más sentir ese miedo.

Salió otras veces en silencio de su casa, con otros miedos, rumbo al mismo lugar, volviendo a rogar por otros nunca más, pero nunca volvió a hacerlo con la seguridad del aquel treinta de octubre.

La membrana del tiempo del Dios Cronos

Agamennoni, Osvaldo

La membrana del tiempo seguía su monótono y acompasado avance al compás de los caprichos del Dios Cronos. La fina, delgada e invisible membrana del tiempo la empujaba desde atrás en una desganada caminata hacia su rutinario trabajo. No podía detenerse, sólo ver gente arrastrada por sus membranas del tiempo, pasando a su lado con la mirada en tierras lejanas. Los días seguían así, hasta que llegó uno en que lo vio avanzar hacia ella, también empujado por su membrana del tiempo regida por su Dios Cronos. Se detuvo, la miró a los ojos, y ambas membranas del tiempo formaron una burbuja donde Cronos nada pudo hacer.