Juego

Patricia Nasello

—Hagamos un chinchón —me invitaste luego de que compartiéramos el almuerzo. De vos heredé el gusto por jugar a los naipes de modo que, en esa horrible extrañeza que resultaba el mundo sin mamá, ese mínimo placer compartido, con el correr de los días, se hizo hábito. No sé cuántos partidos jugamos la nena llegada a abuela y el gigante que amparó mi niñez, quizá fue uno solo que duró poco más de cuatro años.
—Tengo una cábala —te comenté una tarde— pero no la digo.
—No —respondiste con irónica picardía ya que a mí casi siempre me tocaba perder.
El as de espada, retener el as de espada, alguna vez tenía que decírtelo.

Contrastes

Patricia Nasello

Frente al ventanal de la cocina de ella, se despliega un cedro azul. En el pequeño patio de él, resiste un limonero. Nada relaciona un pino cuyas agujas brillan cuando llueve, con un árbol de frutos redondeados y amarillos como soles; sin embargo ella y él se enamoran.
La vida, observando la línea que se ensancha en el horizonte, oscura, preñada de tormentas, toma su cámara fotográfica y enfoca la lente sobre ellos: se ven tan confiados dentro de su luz.

Paz

Patricia Nasello

La guerra líquida, según fue apodada, tan sucia como todas las que le antecedieron pero más cruenta que ninguna, finaliza. Los sobrevivientes, unos pocos hombres que ahora se piensan infinitamente poderosos, cumpliendo el acuerdo de palabra con el que sellaron el enfrentamiento fratricida, narcotizan los mares —único modo de atraparlos— y los parten, y reparten, y secuestran lo partido y repartido en sendas cajas fuertes.
Bajo el peso de los bloques de cemento que guardan las cajas y su contenido precioso, bajo latas oxidadas, trozos de nailon, colillas de cigarrillo y rocas partidas por la inclemencia del desierto que se expande; bajo los huesos pulverizados de los muertos, la madre tierra suplica como un mendigo:
—Agua, por favor.

A-parejos

Patricia Nasello

—Ajustame bien la bridadice.

La experiencia indica no preguntar, entonces, permito que mi mano recorra la suavidad de su cintura y mantengo la posición, el lazo recién inaugurado.

No recuerdo su nombre y tampoco importa, el bar donde nos conocimos ahora parece un sueño, la única realidad es el claroscuro de esta habitación y nuestra ropa en el suelo.

Su lengua entra como un balazo en mi boca.

—Ajustá más —murmura luego en mi oído.

Loco por alcanzar la tierra fértil que oculta su broza, ciño cuanto puedo el abrazo.

—No es suficiente —declara apartándose de pronto, más fría que el hielo. Y para mi enorme sorpresa da media vuelta, me amaga una coz y se marcha al trote.

Carla, creo que se llama Carla.

Cráter

Patricia Nasello

Sin causa, motivo, o justificación aparente. Profundo como pozo dantesco.
Un agujero en tu cabeza.
Ominoso.
Impredecible.

Moscas en boca cerrada

Patricia Nasello

Creíste que callándote la boca mantendrías en equilibrio los acuerdos preexistentes, que huir de la lucha era más razonable que pelear a muerte.
Desconocías la cualidad inflamable del silencio viejo: cuando choca contra el tedio, ese hijo pervertido de las cobardías nuevas, genera una llama pequeña.
El incendio miserable que alumbra tu destrucción, deviene consuelo amargo para quienes hubiesen muerto jurando que, algún día, ibas a brillar.

Lujuria

Patricia Nasello

La última vez que lo vio estaba delgado y ojeroso. O eso cree. Por algún motivo que ignora algunos recuerdos se confunden: quizá fuese ella misma la del aspecto enfermizo.

Ahora se descubre en una habitación amoblada con un estilo anacrónico; el sitio le resulta lejano y familiar, evocador, como una canción largamente escuchada durante la adolescencia. (Lo que desea escuchar es su voz, esa voz golpeada de tabaco que tan bien conoció, nombrándola: —Leonora.)

Las imágenes de aquel amor apasionado le despiertan la piel y un anhelo ciego la obliga a caminar la habitación, buscándolo.

¿Qué es eso negro que respira, sigiloso, sobre el busto de Palas Atenea?

—Acercate más —dice el cuervo.

Sin título

Patricia Nasello

Romeo y Julieta se esconden en el Uritorco, según dicen, cuidados por otro fugitivo: un genio que huyó de su propio cuento.

La diosa en cuestión

Patricia Nasello

Hastiada de tanto crédulo, supersticioso e ignorante, Buena Fortuna decide, apenas iniciado el 2013, tomar el toro por las astas y explicar que sus dones no dependen del almanaque; sin embargo, ocurre que el toro apenas ella se acerca clava una de sus astas en el chato, firme e inmortal vientre.
Buena Fortuna restaña su herida, mata al toro y —tardo yo más en contarlo que ella en llevar a cabo toda esta peripecia—, se encierra en el Olimpo dando un portazo. Allí permanecerá, inactiva y enfurruñada, los próximos doce meses.

Lemings

Patricia Nasello

Alguien que está en el borde de la tierra, se tira al vacío.
Inmediatamente después varios lo siguen. De pronto somos millones los que vamos en caída libre.
Muchos corremos el riesgo de morir y de hecho moriremos, sin embargo, no es un suicidio en masa como cree el Superior. Los que sobrevivan llegarán a un mundo nuevo listos para poblarlo.
Este es nuestro segundo gran éxodo, resulta irónico y es digno de resaltar que se produce por motivos opuestos al anterior. El primero ocurrió cuando, hartos de aquel sosiego, decidimos largarnos del paraíso.