Papá

Patricia Nasello

Mediodía, viernes, el cielo brilla límpido tras el cristal de las ventanas y el alboroto de la ciudad, que palpita un fin de semana cálido y soleado en pleno invierno, parece trepar el edificio.
—¿Qué novedades hay? —la voz de María del Carmen en el teléfono.
—Ayer le conectaron un respirador. Ahora estoy esperando el horario del informe, tengo que aguantar hasta las seis. Necesito verlo bien, joven: estoy mirando fotos viejas —respondo entre sollozos.
Inmediatamente cortamos el aparato vuelve a sonar.
—Soy la doctora Farías, terapia intensiva de la clínica…
El verso de Don Ata “sentí que un gran silencio crecía dentro de mí”, comienza a deslizarse por mi sangre, helado y trémulo, como un copo de nieve.

Al otro lado del silencio

Nasello, Patricia

Soy la cuerda rota de la que tiraron los asesinos, sin embargo eso no me detiene, hijo. Con el rostro vuelto hacia las tierras cálidas del norte tomo aire, una inspiración profunda hasta sentir que la vida se me ha impregnado de sol, y giro. —El movimiento es cuidadosamente descuidado, como hecho al azar: no confío en el cese de hostilidades del enemigo—. La dirección ahora es el sur, esas Malvinas heladas que hiciste tuyas con tu sangre. Y ahora, qué importa si tengo la entrada a las islas prohibida, vigilada o regulada, lentamente, desde esta Córdoba donde cada baldosa se llama rebeldía, soplo el sol que aspiré sobre esa cruz que te recuerda.

Predador

Nasello, Patricia

La trucha salta y muerde el ril arrastrando tanto caña como hombre al fondo del lago.
—Un pescado más —anuncia a los otros peces.

Delatora

Nasello, Patricia

No me canso de observar las trifulcas que se arman entre los creyentes por conseguir una montaña. Una que esté desocupada y quieta porque gracias a la fe, andan moviéndolas a su antojo. Las arrean como a caballos, se trepan y andan.
Las usan para transportarse hasta el trabajo, para ir de paseo, de visita, de compras; para enviar cartas y regalos.
Los que se dedicaban a la cría y engorde de bestias de carga quedaron en la miseria, hasta el Príncipe renunció a ir y venir en la carroza imperial y ahora recorre sus dominios enancado al pico más alto.
Los miembros de la Inquisición están preparándome la hoguera, descubrieron que tengo la suela de los zapatos gastada.

La diez

Nasello, Patricia

Cuando me aburro voy al supermercado a contar caras. Entre los pasillos abarrotados de artículos las veo pasar como peces en un cardumen. Abstraídas ante el misterio de la relación peso precio, no ven que tienen la mentira al aire y veneno en la mirada. Veneno que me contagian, me energiza, me obliga a actuar. Entonces cuento, pasa la cara número uno, pasa la dos, cuando ha pasado la diez paro de contar. A veces me pongo una pequeña traba, cuento sólo las que pasan con sachets de leche, o compran jamón o vino blanco.
Cuando voy al supermercado porque me aburro siempre llevo una navaja y, escondidos si hace calor, un par de guantes.

Comité de recepción

Nasello, Patricia

Estás vos, coronel; está la enfermera, y este médico indolente que, con la entrepierna ardiendo por la enfermera se distrae, se demora, no presta debida atención. Éste va a acabar matándote. Por eso los otros, los muertos que vos mataste, ya vienen en camino, ya llegan. Ya te rodean: Vivitos y Coleando.

El músico

Nasello, Patricia

Desde cubierta, el joven miembro de la orquesta, saltó al iceberg contra el cual el Titanic se incrustara.
Sobre aquel precario equilibrio helado recordó el primer instrumento de su niñez, un tambor que su abuelo había hecho siguiendo los usos, según el anciano afirmaba, que sus ancestros celtas utilizaran para realizar conjuros.
El barco se batía contra el parche del agua retumbando por última vez, cuando desplegó el piano que había guardado en el bolsillo y tocó esas melodías que sus compañeros de infortunio, cada 15 de abril, se reúnen a cantar.

Omnívoro

Nasello, Patricia

Después cazó un cielo estrellado.
El arribo de la luz a estas entrañas horrorosas, no me consuela.

Herencia

Nasello, Patricia

Sucedió que todas las personas salieron al mismo tiempo de sus casas. Salieron armadas. Sólo dos niños no tomaron parte en la guerra que siguió. Carecían de arma y de casa.
Ahora son los únicos sobrevivientes. No extrañan a nadie porque la presencia ajena jamás sirvió de ayuda. Mantienen una actitud tranquila para evitar que el miedo los domine. Por el hambre no se preocupan, el hambre no es novedad.
Pronto van a lastimarse las manos hurgando entre los escombros, van a luchar con las ratas por un mendrugo de pan. Pero eso será luego, por el momento se comportan según sus costumbres: el mayor habla mientras la más pequeña presta atención.
—Esta tierra es nuestra —dice.
—Nuestra, nuestra… —afirma el eco.

La caricia

Nasello, Patricia

Quizá se debió a un ansia inconsciente de elevarme hasta encontrarte, o a un efecto de la desesperación; el caso es que comencé a volar.
Sostener mi cuerpo en el aire, orientarme según los vientos, descubrir en las alturas un presagio de tormenta, fue un aprendizaje arduo, un proceso peligroso que ocupó mi tiempo y dio sentido a mi vida.
En las montañas la vista es maravillosa y el silencio casi perfecto. Los cóndores ya no recelan mi presencia, sin embargo bajo a diario al llano. Visito el camposanto. Recorro con mis yemas las letras de tu nombre.