Patricia Nasello

Patricia Nasello
Patricia Nasello
Autora de “El manuscrito” (2001), tiene un segundo libro de microrrelatos aún inédito. Es miembro de la Primera Enciclopedia de Microrrelatistas “El escritor errante” y participa, prologa y presenta “Cuentos para Nietos”, una antología de cuentos para niños (2009). Tiene trabajos publicados en los blogs: Breves no tan breves y Ráfagas, parpadeos.

Ha participado en diversas ediciones de La Feria del Libro de su ciudad y coordina talleres de creación literaria desde 2002, uno en el Sindicato Argentino de Docentes Particulares, seccional Córdoba.

Colaboró y colabora con diversos medios gráficos: Otra Mirada (revista del Sindicato Argentino de Docentes Particulares), Aquí vivimos (revista cordobesa de actualidad), La revista (revista de la Sociedad Argentina de Escritores de Córdoba.), La pecera (revista/ libro literaria marplatense) y Signos Vitales (suplemento cultural marplatense)

Ha ganado diversos premios literarios, entre los cuales se nombran: Primer Premio Concurso Nacional Manuel de Falla, categoría ensayo (Alta Gracia, 2004), Argentina Tercer Premio Concurso Iberoamericano de Cuento y Poesía Franja de Honor Sociedad Argentina de Escritores (Córdoba, 2000). Fue finalista en el Concurso Internacional en Honor a Gabriel García Márquez (Madrid, 2004) y obtuvo una Distinción Especial en el Concurso Nacional Diario La Mañana de Córdoba, cuento breve (Córdoba, 2004).

El arte de alzarse con los peces

Nasello, Patricia

La orden de su padre era simple y no admitía réplicas, como siempre. “APRENDERÁS A PESCAR”.

Se sabe que él no era un rebelde. Puede ser que quisiera ocupar su tiempo en otros menesteres, que fuese indolente. O tonto.

No aprendió.

Acosado por el hambre decidió pedirle pescado a su padre, el sabio pescador.

– Los inadaptados debemos desarrollar la virtud de la paciencia. – se dijo al no obtener respuesta. Y continuó rogando.

Hasta que su padre le entregó una serpiente. Él se sentó en el muelle a devorarla. Pero la carne de víbora lo intoxicó. Perdió la conciencia, resbaló al mar.

Murió ahogado.

Sus hermanos pescadores atraparon el cuerpo con las redes. Lo abrieron de punta a punta, lo embalaron, lo enviaron al mercado junto al resto de la pesca.

Cerdo

Nasello, Patricia

Era una mujer. La vi venir desde lejos, bajaba la cuesta a tropezones. Se caía, se volvía a levantar. Intentó volverse un par de veces, trepar la sierra. No pudo. Continuó desbarrancándose. Hasta que se topó con el chiquero.

Entró temblando –de cansancio- supuse. Y se acostó entre nosotros, en el barro. Sus piernas, sus brazos, estaban cubiertos de moretones; el pelo en desorden; la blusa y la falda, rotas.

– Viene cayendo desde hace mucho–, pensé.

Durmió varias horas.

Cuando reaccionó caminó hasta el comedero.

Una chancha llorando no conmueve a nadie. Es patético. Grotesco. Ella debe saberlo, porque da vuelta la cara, esconde las lágrimas.

Ahora está en mi manada. Tarde o temprano tendrá que entrar en celo. Si todavía llora, será su problema.

Ídolos de plata

Nasello, Patricia

Está bajo el sol de la tarde, pisando con sus zapatos gastados la misma arena que en otras épocas estuvo bajo treinta metros de agua. Enciende un cigarrillo y trata de concentrar la mirada en ese círculo de llamas pequeño para no ver el otro, el que brilla enorme en el cielo, el que lo sofoca de calor y le hace doler la cabeza y ya lo tiene harto. Maldice el lago que no está, el arroyo al que ha quedado reducido, la sequía.

De pronto una sombra lo cubre.

Observa por encima de su hombro y ve que a sus espaldas, en absoluto silencio, acaba de encallar un barco de vela, muy antiguo, sin tripulantes.

Siente que su corazón se desplaza generando otros corazones que laten en las sienes, en la garganta, en las piernas. Siente que el corazón de las piernas le está fallando, teme caer sobre la arena ardiente. Desesperado por encontrar un punto de apoyo gira, recuesta la frente sobre el cuerpo del barco que huele a sal. El olor lo descompone, lo ofende, porque es olor a mar, porque esa arena resquebrajada que está pisando con sus zapatos gastados, jamás conoció el mar. Y él tampoco. Ni le importa. Recuerda que cuando aquel profesor maniático de historia hablaba de las grandes batallas marinas o de los ciclones que hacían naufragar las naves, él jamás atendió.

-¿Por qué no estudia?

-Porque el mar está lejos, es de otra gente.

El barco trae a su memoria desavenencias que había olvidado.

Retrocede algunos pasos, lo mira como se mira a un ser peligroso. Reconoce que sus líneas tienen belleza pero es una belleza agresiva, que lo descoloca y logra que ahora él se adivine más feo que hace un rato cuando el intruso no estaba, logra que se sepa más imbécil. Continúa mirándolo fijo, quizá se trate de un galeón español, quizá aún conserve su carga de ídolos de plata robados.

Un hilo de baba se escurre por sus labios, agua salada que apenas toca el suelo, desaparece.

-Si un animal mediocre se enfrenta al fantasma de un animal espléndido, ¿quién ganaría la pelea?- se pregunta en voz alta.

Desde el centro de su vientre, donde siente latir al más alocado de sus corazones, saca la fuerza que necesita y con un movimiento torpe, arroja su cigarrillo aún encendido contra el velamen del fantasma.

Los motivos del hijo

Nasello, Patricia

En cuanto se ocultaba el sol salíamos de cacería. Las mujeres son bestias tan previsibles que siempre cobrábamos alguna por ronda, así que hasta ahí todo iba bien. Mi problema comenzaba apenas regresábamos cuando mi padre, todavía ahíto de sangre, se ponía a porfiar a los gritos, “los vampiros somos buenos poetas”.

Sus versos abordaban cualquier tema, el atardecer, las calles, los vestidos de las chicas. Versos con los que ostentaba recitándolos en voz alta y encima, aludiendo a ese supuesto plus genético derivado de nuestras costumbres del que sólo él tenía noticias, pretendía que yo también escribiese.

Nunca pude. La definición de las cosas no coordina con mi pensamiento. Por ejemplo, eso que los otros llaman calle, yo lo nombro huida, grito dilatado. O sea que para que pudiesen entenderme primero tendría que haber escrito un diccionario. En ese diccionario las palabras no habrían estado ordenadas alfabéticamente sino por secuencias lógicas, antes de grito, seducción; después de grito, agonía, después nada. Definición de nada: lo que permanece debajo del vestido.

Si mi padre pudo darse el lujo de versear fue sólo porque su visión del mundo coincidió con el mundo y no como él creía, no existe ninguna relación entre la sangre derramada y la literatura.