Eusebio

Imbrogno, Patricio

Una sonrisa. Increíble la capacidad que tiene Eusebio para esbozar semejante malformación facial. Eusebio tiene suerte. Vive con su esposa y sus dos hijos, ambos egresados de Harvard, tras aprobar sobresalientemente una maestría en mantenimiento de cutis. Eusebio tiene cuatro autos y, para no ser menos, tiene cinco cocheras.

Sus ojos se abrieron una mañana de primavera. Se refregó los ojos, se dirigió al baño de hombres de su casa y se cepilló los dientes. Siempre manteniendo la gran anomalía gestual. ¡Que bárbaro este hombre! Inteligente, audaz y perspicaz. Se le ocurrió una idea magnífica. ¿Por qué no prepararle el desayuno a su amada familia? “Pero claro, ¡cómo no se me ocurrió antes!”, pensaba Eusebio. ¡Da envidia este hombre!

Se colocó su traje de terciopelo azul y se subió a su auto más barato. No tenía ganas de andar refregando su felicidad. Tomó la autopista mientras escuchaba de fondo un tema de los Bee Gees. ¿Era necesario Eusebio mover el brazo apuntando con el dedo mientras modulabas Ah, ah, ah, ah, stayin’ alive, stayin’ alive? Como siempre, firme ahí con la sonrisa naciente.

Eusebio llegó a su oficina y le hizo un chiste a su jefe. Bueno, él es su jefe y se estaba mirando en el espejo. Pero no le gusta que lo vean haciendo eso, no por ridículo ni nada de eso, sino porque no cree que sea necesario refregar la malformación. ¡Que bien Eusebio!

Salió a la calle y mientras cruzaba, un grupo de manifestante comenzó a aplaudir. Solo por modesto reverenció un par de veces sin darse cuenta que detrás había un escenario con un hombre con la cara tapada levantando los brazos. Bueno, pero seguramente el aplauso era para Eusebio, no me quedan dudas.

Eusebio tocó con dos golpecitos la ventanilla de un kiosko atendido por orientales ¿Y a que no saben que hizo Eusebio? Aceptó los caramelitos en lugar de los 20 centavos de vuelto. ¡Que maravilla este hombre! Siempre sonriendo, increíble.

Tras un largo día laboral, Eusebio se dirigió al estacionamiento, pero lo raro es que su auto no estaba. Solo encontró un papel que decía: “Gracias por dejar la llave, pelotudo”. Eusebio se golpeó con la palma de la mano su frente, pero a que no imaginan lo que pasó: Eusebio mantuvo su deformación. Porque ya que estaba, podía volver en tren y apreciar una de las tantas maravillas del país (siempre después de las cataratas y el glaciar Perito Moreno).