Barros, Pía

Ha publicado los volúmenes de cuentos Miedos Transitorios, A horcajadas, Signos bajo la piel, Ropa usada, Los que sobran; los libros de microcuentos Llamadas perdidas y La grandmother y otros; y las novelas El tono menor del deseo, Astride y Lo que ya nos encontró.

Es una de las cultoras relevantes del microcuento en Chile. Sus cuentos han sido publicados en más de treinta antologías, tanto en Chile, como en Alemania, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Italia, Rusia, y Venezuela, entre otros. Ha obtenido el Premio Fondart en dos oportunidades, la Beca del Escritor del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, y la Beca de la Fundación Andes, con la que escribió una novela digital.

Profesora en universidades extranjeras y chilenas, es también directora del Centro de Talleres Ergo Sum y de Ediciones Asterión.

Órdenes

Barros, Pía

Le dice que se quede quieta, quietita, será sólo un momento, que suelte las manos rígidas, que separe las piernas, así, buenita, que respire por la nariz, abra los muslos, así, justo así, no dolerá nada.
Después, el dentista ejecuta la extracción.

Trece

Barros, Pía

Me encantas, bruja, en tu vuelo nocturno. Así le dijo, lo que siempre había querido escuchar. Pero siguió de largo. Era el día de los malos augurios.

A horcajadas.

Las pieles del regreso

Barros, Pía

Él amaba sus pechos anchos caídos como lenguas mansas sobre su abdomen abultado. Le gustaba recorrer su cuerpo lleno de curvas, de excesos, de pliegues, de blanda acogida. Tocarla era el presagio del placer y el abrazo le hacía perder los límites de su propia piel confundida en la de ella. Nada se comparaba a su cuerpo lleno de historias.

El día en que se fue sin aviso, él se prosternó ante la desolación. Cada tarde fue un espiar por la ventana aguardando su regreso. Tres meses después, los conocidos golpecitos rítmicos lo estremecieron. Parecía ella, sólo que reducida, estirada, tensada como una cuerda. Buscó beber sus pechos, la abrazó, la desnudó lleno de besos y sentido, pero el hálito de goma, la dureza de sus caderas, el vientre plano.

Cuando ella despertó, no pudo explicarse el cuerpo tan amado, balanceándose desde la viga principal. En los ojos del suicida se leía la orfandad.

Cuento tal vez oído en un bar a las tres de la mañana

Barros, Pía

Me dijo que el Emperador, conmovido por su prosa, le regaló diez años más de vida, al cabo de los cuales le concedería una noche para la lectura de lo que hubiese escrito y luego lo decapitaría. El escritor miró a las estrellas y comprendió que su tiempo era un pestañeo en el universo. Tomó entonces a su hija pequeña y comenzó la tarea.

Al cumplirse el plazo, el Emperador se presentó ante su puerta.

El escritor trajo a la muchacha y le dijo:

-Cuando termines la lectura, la devuelves a su madre y me decapitas-. Luego, el escritor retiró el manto de seda que cubría el cuerpo de su hija. El Emperador contempló los hombros, el cuello, las axilas, el pubis y vio que el cuerpo entero de la muchacha estaba escrito en una apretada caligrafía.

Creo haber oído que aquella noche el Emperador amó a la muchacha. Dicen que la leyó una y otra vez, pero lo asombroso es que a cada giro del amor, los cuentos se entremezclaban y nunca podía leerse la misma historia. El escritor murió anciano. El Emperador también de viejo y feliz. Dicen que la muchacha no murió jamás. A veces va a los bares, y antes de desnudarse, cuenta historias como ésta.