Exceso de amor

Ricardo Sanguino

Chistaba Romeo debajo del balcón.
Julieta se asomó.
La Municipalidad de Verona investiga si hubo negligencia en la aprobación de los planos.

Dar dios

Sanguino, Ricardo

Durante diez décadas, Dios dio dios.
Después, dudó.
Dudó de Dios.
Dejó de dar.
Descubrió días demasiado débiles.
Días de death.

El mito del amor a la camiseta

Sanguino, Ricardo

Jaime Tollman nació “Rusito” y se dio vuelta cada vez que escuchó ese apodo hasta que el fútbol lo hizo famoso.

Como Jaimito.

“Mito”.

Tollman jugaba de nueve.

Le pegaba con las dos piernas, cabeceaba con elegancia y era frío a la hora de enfrentar a un arquero.

Hizo muchos goles.

Nunca festejó.

Siempre recibió la felicitación de sus compañeros mientras sus manos hacían el clásico gesto de pedir perdón a la hinchada contraria.

Es que Jaime era record en transferencias.

Las estadísticas dicen que pasó por veintisiete clubes.

Siempre goleador.

Más de una vez, un cuatro de esos que nunca faltan, simple y opaco, le pidió permiso para usar su gol.

Nunca se supo si la solicitud se debió a una potencial mejora en su cotización o simplemente lo hizo para levantarse una mina.

La respuesta no viene al caso.

Mito se lo regalaba sin reparos.

El nueve triste era un gran compañero.

Sus colegas se colgaban del alambrado, sacaban caretas de los bolsillos, mostraban tatuajes de madres en el pecho, o señalaban a la “fila ocho asiento 15” de la platea para dedicar sus conquistas a las conquistadas de turno.

Jaime nunca se “ganó” una tarjeta amarilla por festejo desmedido.

Su ritual era siempre el mismo.

Convertía, juntaba sus manos, agachaba la cabeza, y pedía a sus compañeros que lo dejaran cumplir con el duelo de haber anotado contra un ex equipo.

Cierta vez, al anotar un gol que significaba un campeonato, fue tal la tristeza que su propia hinchada guardó silencio en homenaje al dolor de su ídolo.

Para colmo, a la hora de enfrentar a alguno de los pocos clubes desconocidos para su corazón, nunca mojó.

En esos partidos se lo veía tan nervioso que llegó a registrar la notable cifra de treinticinco goles en contra.

Jaime Tollman colgó los botines sin festejar ni una de sus tantas conquistas.

Volvió a ser el Rusito.

Y se transformó en el centrodelantero más triste de la historia.

Un enamorado del fútbol.

Niña de 200 mayos

Sanguino, Ricardo

Caminó por la Plaza con los ojos muy asombrados.

Venía de lejos.

De unos doscientos años de distancia.

Escapada de una lámina de Billiken, su cara mezclaba las típicas sonrisas de un niño con las más profundas arrugas de quien ha pasado por mucho pasado.

Buscó entre sus ropas y sacó unas cintas coloradas y blancas.

Un par de patriotas se las había regalado como símbolo de la unión y la lucha.

Secó sus lágrimas, apretó las cintas, y las dejó caer sobre una de las tantas veredas tan bien curtidas por el Cabildo.

Paseó su historia por los lugares que la vieron nacer.

Mostró su cara de niña arrugada.

Sonrió y lloró.

Entonces se perdió entre los chicos que agitaban banderas de plástico.

Al fin, pasó.

Y volverá a pasar.

El mito del amor a la camiseta

Sanguino, Ricardo

Jaime Tollman nació “Rusito” y se dio vuelta cada vez que escuchó ese apodo hasta que el fútbol lo hizo famoso.

Como Jaimito.

“Mito”.

Tollman jugaba de nueve.

Le pegaba con las dos piernas, cabeceaba con elegancia y era frío a la hora de enfrentar a un arquero.

Hizo muchos goles.

Nunca festejó.

Siempre recibió la felicitación de sus compañeros mientras sus manos hacían el clásico gesto de pedir perdón a la hinchada contraria.

Es que Jaime era record en transferencias.

Las estadísticas dicen que pasó por veintisiete clubes.

Siempre goleador.

Más de una vez, un cuatro de esos que nunca faltan, simple y opaco, le pidió permiso para usar su gol.

Nunca se supo si la solicitud se debió a una potencial mejora en su cotización o simplemente lo hizo para levantarse una mina.

La respuesta no viene al caso.

Mito se lo regalaba sin reparos.

El nueve triste era un gran compañero.

Sus colegas se colgaban del alambrado, sacaban caretas de los bolsillos, mostraban tatuajes de madres en el pecho, o señalaban a la “fila ocho asiento 15” de la platea para dedicar sus conquistas a las conquistadas de turno.

Jaime nunca se “ganó” una tarjeta amarilla por festejo desmedido.

Su ritual era siempre el mismo.

Convertía, juntaba sus manos, agachaba la cabeza, y pedía a sus compañeros que lo dejaran cumplir con el duelo de haber anotado contra un ex equipo.

Cierta vez, al anotar un gol que significaba un campeonato, fue tal la tristeza que su propia hinchada guardó silencio en homenaje al dolor de su ídolo.

Para colmo, a la hora de enfrentar a alguno de los pocos clubes desconocidos para su corazón, nunca mojó.

En esos partidos se lo veía tan nervioso que llegó a registrar la notable cifra de treinticinco goles en contra.

Jaime Tollman colgó los botines sin festejar ni una de sus tantas conquistas.

Volvió a ser el Rusito.

Y se transformó en el centrodelantero más triste de la historia.

Un enamorado del fútbol.

Cincuenta

Sanguino, Ricardo

Cuentan que se presentó un día, por cuenta propia y haciendo cuentas, como el escritor de los cincuenta cuentos más contados del mundo. Cuentan que se recibió de “cuentero”.

Perrera

Sanguino, Ricardo

A las 12 y cuarto de la noche, Camino de Cintura, debajo del Puente Trece, es una cueva de hielo encerrada por las luces de unos pocos autos que van o vienen.

Treinta segundos después, la nada cancela el todo.

Sólo una lámpara de edad amarillenta dibuja una línea que se pierde por el infinito gris del pavimento. Y vuelve por abundante obra y escasa gracia del viento.

Un motor gasolero despierta todos mis sentidos entre gritos fracturados de cientos de perros.

La noche cerró temprano y todo es negro sobre negro.

El colectivo no pasa y el sueño, o la pesadilla, triunfa sobre mis miedos.

Amanece y cuando me doy cuenta, algo roza mi espalda.

Un perro. Dos. Veinte. Cientos.

Negros. Inflados. Fríos. Duros.

Muy muertos.

Una camioneta negra frena, hace un guiño y se va.

Grito.

Nadie oye el final de esta noche de perros.

Sensación térmica

Sanguino, Ricardo

La oscuridad se llevaba por delante a la noche.

Ni la luna ni las estrellas se habían presentado a trabajar por el bien de esa jornada.

El agua se debatía incansablemente contra mi cabeza y mi frente era la única vía de escape para tan desmedida inclemencia.

Sentía que estaba soñando pero también que estaba despierto.

Mi mujer sonreía.

Miraba la tele y no paraba de reír.

Sola. ¿De mi? ¿Desde cuándo?

Y yo que me ahogaba del otro lado de la pantalla que nadie secaba.

Las gotas que caían y el cristal que se empeñaba en empañarse.

De golpe, una explosión.

Desperté sin luz.

Saltó la térmica.

Vuelo de oído

Sanguino, Ricardo

Era una simple mosca doméstica. Acostumbrada a hurgar. Ese día ingresó a una de las tantas orejas que exploraba por día. Con tanta mala suerte que su dueño, en su afán por espantarla, la empujó hacia adentro. De pronto, el cerebro humano se sintió atormentado por una mosca. Y viceversa. La energía del lóbulo temporal se trasladó por toda su estructura. Vio luces de colores y también oscuras cegueras. Su cuerpo experimentó raras sensaciones hasta que pudo encontrar la luz de la salida en la oreja opuesta. Estiró sus patas delanteras, luego apoyó las del medio y finalmente, cuando estaba por liberarse, una máquina cortapelos portátil, acabó con sus extremidades. Igualmente, con mucho esfuerzo, logró salir y volar. Murió en el primer intento de aterrizaje.

Batalla

Sanguino, Ricardo

Doscientos diez por doscientos noventa y siete generan sesenta y dos mil trescientos setenta centímetros cuadrados.

A4: Agua.

En el medio de tamaña superficie, pidió ayuda.

F1: Hundido.

Otro escritor que naufraga entre las fibras de una página en blanco.