Sonidos navideños

Luzardi, Roberto

Las nueces al romper, los turrones al morder, las copas al chocar, los cohetes al explotar, los helados al sorber. Los besos, las risas, los gritos.

Sonidos de Nochebuena.

Y el llanto, como aquel de hace dos mil años en una gruta de Oriente, anunciando que todos somos hermanos.

Ese cuervo

Luzardi, Roberto

Era cuervo ese hijo de p…, pero no hincha de San Lorenzo. Era cuervo de verdad. Un picapleitos resentido. Una sola vez se puso la camiseta del club, cuando se la robó al gangosito en el vestuario y se escondió en el baño de damas. Hasta que el árbitro avisó “falta uno”, entonces dijo “acá estoy”, y empezó el partido con el gangosito en el banco.

La Comisión Directiva lo había contratado porque no tenía alternativa: era el único abogado del pueblo. Le encargó la cobranza de un festival de doma y folklore impago que organizó el Ulpiano en la cancha del club. El Cuervo se vendió y arregló con el paisano. Un día cayó el cuervo con el oficio de la justicia. Se querían llevar todo.

Cuando estaban cargando uno de los arcos en el camión azul, fuimos en patota y colgamos al traidor en el otro arco cabeza abajo. Desde aquella fecha uno de los arcos lo armamos con bolsos, el otro sigue en pie en honor a la Justicia, y los árbitros piensan un rato antes de cobrar en contra: nuestro capitán les señala el arco.

Judas

Luzardi, Roberto

El hombre de barba y túnica levantó la copa de vino.

– Bebed- ordenó.

– Yo no tomo, señor – se disculpó uno de ellos.

– Ya les dije que había un traidor.

Pecado original

Luzardi, Roberto

Aquella investigación científica dio por tierra con la teoría del pecado original. La verdadera historia no tuvo a la manzana como la fruta prohibida. Tampoco al plátano, como algunos tratan de incorporar burdamente a las leyendas populares.

En un sótano oscuro y silencioso, cerca de las montañas, los arqueólogos encontraron un papiro. Primero vieron unas pintas violáceas. Y a medida que desenrollaban aparecía una mujer exuberante. Los científicos no salían de su asombro. Ella era la portadora de ese racimo en el triángulo púbico.

El hallazgo tenía unas anotaciones al pie: “El hombre que pruebe el elixir de los racimos de la vida eterna, sucumbirá inexorablemente. Intentará volver, porque no encontrará felicidad mayor. La Ley del Pecado Original recaerá en quienes no lo intenten”.

Seguramente esa es la razón verdadera por la que los hombres inventaron el vino. Y un poco después, el brindis.

Ese cuervo

Luzardi, Roberto

Era cuervo ese hijo de p…, pero no hincha de San Lorenzo. Era cuervo de verdad. Un picapleitos resentido. Una sola vez se puso la camiseta del club, cuando se la robó al gangosito en el vestuario y se escondió en el baño de damas. Hasta que el árbitro avisó “falta uno”, entonces dijo “acá estoy”, y empezó el partido con el gangosito en el banco.

La Comisión Directiva lo había contratado porque no tenía alternativa: era el único abogado del pueblo. Le encargó la cobranza de un festival de doma y folklore impago que organizó el Ulpiano en la cancha del club. El Cuervo se vendió y arregló con el paisano. Un día cayó el cuervo con el oficio de la justicia. Se querían llevar todo.

Cuando estaban cargando uno de los arcos en el camión azul, fuimos en patota y colgamos al traidor en el otro arco cabeza abajo. Desde aquella fecha uno de los arcos lo armamos con bolsos, el otro sigue en pie en honor a la Justicia, y los árbitros piensan un rato antes de cobrar en contra: nuestro capitán les señala el arco.