Gol y marxismo

Braceli, Rodolfo

Era sábado allá abajo. Dios se entregó manso a una buena siesta. Pero pronto se encontró soñando algo incomprensible y nada tranquilizador: su Abuelo le decía: Yo estuve antes que tu Padre que estuvo antes que Vos. No eres el principio del origen. Que no te ciegue la omnipotencia… Justamente aquí Dios fue despertado por un sacudón de aquéllos.

Desasosegado, le preguntó a su ángel de turno:

– ¿Qué caraxus fue eso?

– Gol de Nueva Chicago.

– ¡Pero si es sábado!

– Mi Dios, los sábados hay Primera B.

– ¿Qué es eso de Primera B?

– Es el campeonato de los clubes chicos que aspiran a ser grandes para jugar los domingos y luego fundirse.

– ¡¿Y es posible que los alaridos sean tan cuantiosos como para despertarme a Mí?!

– Es posible, mi Dios. Cuando se grita gol se grita sin mirar a quién. El gol del millonario es exactamente igual de intenso que el gol del paupérrimo. Igualdad, igualdad, e igualdad, mi Dios.

– Se me hace que te estás volviendo marxista… Dime, últimamente, ¿con quién te estás juntando?

– Con el flaco.

– ¿De quién me hablas?

– De Jesús.

– Ah, me lo temía. El marxista ese.

De fútbol somos.
Editorial Sudamericana.

Braceli, Rodolfo

Rodolfo Braceli
Rodolfo Braceli

Entrevista realzada por Juan José Panno y Patricio Suárez, el miercoles 15 de agosto de 2007..

El dueño de la palabra

1. En este momento estoy haciendo lo que hice toda la vida: estoy tecleando. En el sentido más lindo de la palabra. Escribir, escribir y escribir es lo que vengo haciendo desde pendejo, desde la escuela primaria. Y escribo desde mi casa, colaboro con algunas revistas muy distintas, como puede ser La Nación Revista, o Veintitrés, pero finalmente en cada una escribo lo que siento, lo que puedo, lo que quiero, como lo hice siempre en todos los medios. Pienso que nosotros, los periodistas, no somos los dueños de los medios, pero en cada uno de ellos tenemos que saber que somos dueños de lo que decimos, por lo menos de lo que no queremos o no debemos escribir. Nadie nos agarra los deditos. Y ahí ya se puede empezar a hablar de la libertad de prensa, la libertad de empresa, y la del periodista.

Una rara independencia

2. Por lo general en mi carrera tuve unos márgenes de independencia bastante raros, que hasta a veces producía cierta cosa entre los compañeros, pero la independencia nos viene bien a todos. Yo he trabajado en la revista 7 Días, en Gente, el mayor halago que he recibido fue en Gente, porque hubo personas que me preguntaban cómo esas notas podían salir en una revista de ese tipo. En Gente entrevisté a Mario Benedetti, pero hablando temas duros, también le hice una entrevista a García Márquez. Joan Manuel Serrat no quería notas en Gente, o Tato Bores, no quería dar notas a la revista, y yo las pude conseguir. Es decir que tenía un margen, me conocían bien. Cuando a mí me rajaron en Mendoza del diario Los Andes, fue por una editorial que había publicado Carlos Fontanarrosa, sobre lo que yo había escrito cuando Racing salió campeón del mundo, y sin embargo fue el mismo Fontanarrosa quien me llevó a Gente. Escribo en revistas variadas porque creo que hacer sermones en la Iglesia es fácil, el asunto es mandarse el sermón en el quilombo, en otro lugar. Yo no creo que uno vaya a cambiar el mundo, pero sí pienso que lo podemos ir haciendo de a poquito, y cambiarlo, depende de cómo lo hagamos.

García Márquez

3. García Márquez se resiste sobre todo a venir a Argentina, esto me lo contó en un reportaje, porque dice: “Tengo tantos amigos, que me van a matar”. García Márquez es una de esas entrevistas imposibles, y ante la situación de entrevista imposible hay que usar un poco la imaginación. Todos tienen un taloncito de Aquiles, o una cerradura y hay que encontrar la llave. Con García Márquez fueron cuatro años de trabajo, empecé la primera gestión a través de editorial Sudamericana. Como él ya había publicado cuatro libros por Sudamericana, hablé con la editora, con la representante catalana, y ella fue la que me dijo que trataría de hacer todo lo posible, pero que era muy difícil, por no decir imposible, porque “el Gabo” había hecho dos entrevistas en veintitrés años acá en Argentina. El trámite lo empecé en 1992, y el reportaje se realizó en 1996. Al principio hice todo lo que pude, hablé con los lazos posibles, y todos muy cortésmente me dijeron: “no, no, no, no”. La sobrina, que es su gran filtro, también me contestó que “no”.

Maruja Pachón

4. A todo esto ya habían pasado casi dos años, y al poco tiempo vino a Argentina, a presentar el libro de García Márquez, Noticia de un secuestro, la protagonista, Maruja Pachón. Fue una conferencia de prensa muy chica en la editorial. Cuando ella empezó la conferencia a mí se me prendió la lamparita y no le hice ninguna pregunta. Al terminar, la secretaria de Sudamericana se me acercó y me dijo: “Que raro Rodolfo, no le preguntaste nada”. Y yo le dije que lo que quería era ir a tomar un café con la protagonista.

Al día siguiente fuimos a tomar el café, y le propuse hacerle una entrevista en Bogotá. Le dije: “Como García Márquez la metió en el libro, yo lo que quiero es sacarla del libro, y reconstruir con usted, ahora, todo lo que le pasó en el momento del secuestro”. Ella me miraba con incredulidad. Pasó un año y medio y llegó una invitación para hacer un viaje a Colombia, esos que son para que uno vea que se puede vivir en Colombia sin que a uno lo maten los narcotraficantes. En la primera excursión me salí del grupo, con el fotógrafo, el negro Luengo, ni él sabía, y fuimos a hacerle la entrevista a Maruja Pachón. Cuando terminamos la nota al día siguiente, a la noche cenamos en la casa de ella, con vinito tinto, chivito, estaba todo bárbaro, un clima como para decirle: “Maruja, yo necesito hacerle una nota a García Márquez, quince minutos por teléfono, nada más”.

Primer contacto

5. En realidad le iba a contar tres cuentos al escritor, de aparecidos, esas historias raras con las que él trabaja, pero al ser quince minutos de reportaje iba a llegar a relatarle el segundo, por lo tanto si quería escuchar el tercero íbamos a tener que reunirnos. La cuestión es que Maruja me dijo: “No, qué quince minutos, el Gabo a usted le tiene que dar mucho más tiempo”. Al día siguiente llamó a Barcelona, a París, a Méjico, y resulta que no estaba. Justo había ido a Cartagena, Colombia.

La mañana siguiente en la producción de fotos Maruja me dijo que estaba todo listo, que debía llamar a la sobrina y luego ir a hacer la entrevista. Yo volaba de nervios. Conseguí el teléfono y lo llamé esa misma noche. Pero García Márquez no estaba. A los veinte minutos, tampoco. A eso de las diez y media de la noche volví a intentar, me atendió un hombre, y enseguida apareció la voz de García Márquez: “Y usted qué quiere”. Una entrevista, le dije. “Pero cuanto tiempo quiere”, me contestó. Quince minutos, le dije, veinte, media hora, dos horas. “Con quince minutos va a sobrar”, dijo, “todas las preguntas ya me las hicieron”.

El reportaje

6. Al otro día salió el reportaje que fueron dos horas, ni un minuto más. Hablamos de todo. La noche anterior casi no pude dormir porque no sabía con qué pregunta arrancar. Al recibirnos nos pregunto: “¿De dónde vienen y a dónde van?”, ya casi como despidiéndonos. Y enseguida preguntó qué queríamos para tomar. Yo le dije que lo que él tomara estaba bien. “Yo tomo arsénico”, me dijo. Yo preferí café.

Hay una cosa que siempre digo: la primera pregunta en un reportaje tiene que salir del estar ahí, olvidarse de las preguntas y conversar, y lo mejor es siempre escuchar al otro. Pero con García Márquez era grave porque es un tipo que no da entrevista y además venerado por todos nosotros, Premio Nobel, y que encima te dice que ya le hicieron todas las preguntas…

La pregunta que faltaba

7. La que tenía en el podio era la siguiente: A esta altura del viaje, tan querido, tan admirado y respetado, ¿le queda en su corazón algún lugarcito para un amigo más? Si me decía que sí, le preguntaba si podía ser su amigo. Pero al final esa pregunta se la dije a la hora y media. La primera pregunta real fue casi elemental, le pregunté: Su mamá seguramente hacía de comer, ¿Cuál era la comida que más le gustaba que le cocine su madre? Y fue perfecta porque me dice: “Usted sabe que ahora que me doy cuenta a mi madre no le gustaba cocinar. Éramos quince o dieciséis hijos”. Quince o dieciséis, le digo, uno siempre sabe más o menos cuantos hermanos tiene. Y contesta: “Bueno, había uno que era dudoso pero lo queríamos lo mismo”. Y a partir de ahí ya está, además de que enseguida me admitió que esa pregunta nunca se la habían hecho, se dio una charla muy linda. Había momentos en los que me hacía señas, porque Luengo, el fotógrafo, no hablaba, entonces García Márquez quería saber si era mudo. No me creía que era argentino, porque decía que nosotros no paramos de hablar.

Un alma curiosa

8. Lo que más me impacto de él fue la curiosidad. Yo llevaba el bolsito verde que tengo acá mismo, y él lo miraba, lo miraba, mientras charlábamos no le sacaba la vista de encima. En el bolso siempre llevo lapicera, papeles, y él me preguntaba qué era lo que había ahí adentro. Cada tanto lo volvía a mirar. En el bolso además llevaba otro grabador, el suplente, y algunos marcadores. Y ahora que recuerdo, en un momento él se puso a jugar con un marcador y cuando lo miré, enseguida lo tapó y lo dejó a un lado, como un niño. A los minutos lo volvió a agarrar, y ya no lo soltó. Eso quería decir que estábamos en confianza. En cierto momento nos dice: “Quiero mostrarles mi último juguete”. Nosotros aceptamos enseguida, y nos llevó a su sala de cinematografía, es decir, una sala de cine que tendría veinte butacas. Subimos con el fotógrafo por la escalera que nos indicó, y a la izquierda estaba la sala. Cuando llegamos y nos sentamos para sacar unas fotos caímos en la cuenta de que nos había mandado a la sala de cine para poder revisar mi bolso. Cosa que corresponde a un auténtico periodista, a un novelista, y tiene que ver con la condición humana.

Otra cosa que me llamó la atención es que tenía la pantalla de su computadora de forma vertical, con la misma longitud de una hoja de máquina de escribir, y nunca dejó que fotografiáramos la computadora, fue lo único que nos prohibió. Yo había ido a la mañana al lugar, y hablé con los vecinos. Charlé con un lava carros del barrio, le pregunté si lo conocía al Gabo, y me dijo: “Claro que lo conozco. Es el que siempre anda preguntando. Eso es lo que después pone en sus libros”. Después a García Márquez se lo hice escuchar con el grabador.

Argentinos en la cornisa

9. En mi libro Argentinos en la Cornisa, que es una selección de reportajes, cada uno de los entrevistados representa la cornisa de algo. Y Troilo es cornisa de la ternura. En ese libro pude completar una entrevista que le había realizado al gordo Troilo en el año ´71, cuando en el Teatro Colón se habían hecho dos noches especiales, una dedicada al folclore y otra al tango, con los grandes folcloristas, y los grandes tangueros. La noche de tango estaban entre otros, Troilo, Piazzolla, Goyeneche, y me fui tempranísimo, como dos o tres horas antes, y me metí en el camarín a hablar con Troilo, ya que nunca había podido charlar con él. Le dije que me parecía muy curioso, con la trayectoria que él tenía, que recién ahí tuviera la posibilidad de tocar en el Colón. Y me dijo: “No, pibe. Yo hace treinta años toqué en el Colón, pero ahí en la fosa, entre los músicos”. Y seguí haciendo la entrevista, hasta que terminamos y luego me fui a charlar con otros.

Pasó una hora, dos horas, y como venía para largo, en un momento en que Trolio ya estaba más cerca del escenario, se acercó Antonio Carrizo que era el conductor del festival, y a quien yo conocía de hacía unos años. Me llevó con Troilo y le dijo: “Gordo, dale una entrevista a este pibe”. Esto dos horas después de haber terminado la entrevista, entonces Troilo me miró y me dijo: “Bueno pibe, dale vení”. Y nos instalamos de vuelta, y le dije sin pensarlo: “Pichuco, qué curioso, después de tantos años va actuar por primera vez en el Colón”. “No”, me dice, “yo ya estuve…” Y repetí todo igual, el gordo estaba en otra galaxia. A tal punto que repetí la entrevista tal cual la había hecho hacía un rato, y ni se mosqueó.

El fútbol

10. Dentro de poco se va a hacer un simposio mundial sobre quién es el que inventó la rabona, y según Sebreli, una de las cosas por las cuales él ataca a Maradona, es decir al fútbol, es porque asegura- siendo tan inteligente en algunas cosas en otras hace agua- que la rabona no fue inventada por Maradona sino por “el panza” Videla. Entonces yo digo que no, que tampoco la inventó “el panza” Videla sino que fue el papá del panza, que jugaba de número dos en Gimnasia y Esgrima de Mendoza y hacía la rabona en el área para rechazar. Y tampoco, en realidad la inventó Adán, que encontró una cosita redonda mientras iba caminando, le dio así de chanfle, justamente estaba Dios por ahí, se la puso en la jeta, y ahí vino la expulsión. Esta es otra versión del pecado original, que puede acompañar a mi texto Refutación del pecado original.

Poemas

11. Mi primer libro, que es de poemas, llamado Pautas eneras, fue prohibido y quemado en Mendoza, obviamente en un gobierno de facto en el ´62. Era un librito de poemas, inofensivo, pero produjo despelote y lo terminaron incinerando detrás de la casa de Gobierno. Esa es una costumbre muy mendocina. Mendoza es el emporio de las derechas, porque te diría que los más suaves son los demócratas, los famosos “gansos”, después está “País”, “Pays”, está el “Comando Pío 12”, que se encargaba de liquidar prostitutas. Es un lugar tan especial, que fue ahí donde Blumberg se sacó la careta como nunca, cuando dijo sobre el chico este Bordón al que mató la policía: “Y qué quieren, si le faltó el respeto a la policía, y parece que se drogaba”.

Creo que Mendoza tiene todo el repertorio derechista, es el emporio, uno puede elegir la derecha con sabor a frutilla, descafeinada, cafeinada, como quieras. Pero así y todo hay una enorme compensación, porque de Mendoza salió el “Grupo de los 27” que fue la primera organización tercermundista, nació Quino, Fabio, Nicolino Loche. No sé si compensamos, pero si contrarrestan.

Las Malvinas

12. El poema sobre las Malvinas lo escribí impulsado por el periodismo. A veces uno pasa del periodismo a la literatura sin darse cuenta. Mejor si uno no se da cuenta, porque sino empezás a hacer literaturita y la embarrás. Y al final no hacés ninguna de las dos cosas.

Y fue propósito del exitismo y derrotismo, que es lo que nos deschava en el episodio de Malvinas, porque precisamos veinte años para empezar a sacar todo lo que escondimos sobre triunfalismo y derrotismo con estos muchachos. Recordemos que aparecieron los casos de los muchachos estaqueados por robar comida. Nadie roba comida en realidad, es una obligación que está en el derecho. Entonces se me ocurrió relatar una imagen que estaba dictada por la realidad, de un chico que fue estaqueado la noche del 25 de Mayo, por haber robado una lata de dulce de batata.

Rodolfo Braceli

Nació en Luján de Cuyo, Mendoza, en 1940. Poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista, además de cineasta, sus reportajes latinoamericanos aparecieron en diarios y revistas de 23 países y en 9 idiomas. Fue autor de la novela Padres nuestros que están en los cielos / borgesperón y de obras de teatro como Federico García viene a nacer, Y ahora, la resucitada de la violenta Violeta y Vincent, te espero desnuda al final del libro, entre otras.

Publicó también diversos libros de poesía (Pautas eneras, El último padre, La conversación de los padres), de ensayos (Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo, De fútbol somos, En que creen los que SI creen) y las biografías de Fontanarrosa, Julio Bocca y Mercedes Sosa.