Soñar

Secco, Rodolfo

Es un sueño no muy original… Está mamá y está papá. Y está mi abuela con un bebé en brazos que soy yo. Es la noche en que los chupan, de eso estoy seguro. Yo miro a mis viejos pero ellos no me miran. Si llegaran a irrumpir los milicos nos podríamos tirar todos por el balcón y yo, en el sueño, sé que no nos moriríamos. Que a pesar de ser un séptimo piso zafaríamos y nos iríamos corriendo hasta el presente. Pero en el sueño nunca pasa eso. Mi abuela pega dos o tres gritos. Después nuevamente la calma. Salgo del armario, acaricio al bebé y mi abuela me dice: “Ya pasó, Julián”.

Julián

Secco, Rodolfo

Siete meses y basta de ser hijo, los cambios que pueden producirse en la vida de una persona, aunque lo cierto es que para ser hijo, insisto, es muy poco y sobre todo por las formas que rodearon lo ocurrido. Por suerte, durante las noches revisaste cartas, hojas amarillas, diarios y la historia comenzó a reconstruirse. Seguro que son la extensión de tu escritura y sumado a ello, una información genética que da cuenta de padres maravillosos, de allí que el producto sea el poseedor de tantas virtudes, fundamentalmente tu ternura, honestidad y el compromiso con todo lo que hacés.

Claro que hay que embalsamar caricias, no podés desprenderte con facilidad de la tristeza que implican siete meses de hijo y NUNCA MÁS.

Desaparecidos, aparecidos

Secco, Rodolfo

Parece ser, que es una verdadera expresión de deseos aparecer en “ese” momento, tan oportuno en que se va lo que uno tanto quiere, sin saber si para irnos juntos o para salvar a quien se está por ir, deteniendo simplemente los relojes y de esa forma salvarnos todos. Lo cierto es que de una u otra forma siempre lo que desaparece aparece, y es bienvenido claro, es la manera más adecuada de reconstruir la historia, sin perder jamás aquella esperanza insobornable de Walsh y haber embalsamado a tiempo caricias de poco tiempo para utilizar de por vida.

Desaparecido

Secco, Rodolfo

Puede uno quedarse tranquilo que en pocas palabras Carlos Aiub nos enseña a cuidar un jardín, teniendo siempre presente que el yuyal avanza si bajamos los brazos…, seguramente estos “hijos” algún día le enseñarán a los suyos a cuidar no solo jardines de esta manera, sino también sus vidas. Lo cierto es que de una u otra forma, los que desaparecen, aparecen y según mi hija siempre se parecen, “…a menudo los hijos se nos parecen…”, dice otro poeta. Con seguridad que esa emoción-orgullo que tuvieron Juan y su hermano la noche del viernes, desde algún lugar, fue disfrutada por sus viejos.

22 de abril

Secco, Rodolfo

Aquél día no tuve el valor suficiente para decirle lo que sentía, usted estaba muy cansado y dolido.

Quiero que sepa una cosa, usted no mintió, sino que se vio obligado a ocultar aquello por las circunstancias y de esa manera evitó un mal mayor porque la democracia estaba en peligro.

Tampoco a usted le gustaron esas leyes, tuvo que hacer concesiones, pero no decir la verdad, porque si la gente reunida en Plaza de Mayo escuchaba que la casa no estaba en orden ¿qué hubiese pasado?

Ellos se pintaban la cara para jugar a los soldaditos, ya lo habían hecho para secuestrar, matar y usted les devolvió un juicio justo, plagado de garantías, para condenarlos sin violencia y con enorme Justicia.

Que pena que no le fue bien, aunque perdura su prédica, donde la única forma de crecimiento es la búsqueda de consensos básicos que permanezcan en el tiempo a pesar del signo político del gobierno de turno.

Doctor Alfonsín, muchas gracias, hoy a 25 años de una de sus inmensas decisiones debe haberse dado cuenta desde donde esté que en dicho aspecto “la casa está en orden”.

Margarita… su secretaria de siempre.