Juancito metió la pata

Bianchi, Ruben

El Viejo no era un tipo fácil. Tenía un carácter duro, osco. Tenía una defensa bastante cerrada, pero cuando uno lo conocía podía descubrir un espíritu noble y un corazón generoso.

La canchita del Viejo era el Monumental del barrio y estaba reservada para unos pocos. No era fácil acceder, por más que el arco de aquel lado diera a la calle y nada se interpusiera entre la imaginaria línea de fondo y la también imaginaria vereda. Ahí aprendieron todos los pibes del barrio a ser mejores personas y algunos hasta salieron buenos jugadores.

El picado arrancaba a eso de la una y media, todavía con el último pedazo de pan en la mano y la de cuero número cinco al pie. No faltaba nadie. Ni los que no habían ido a la escuela por la gripe faltaban.

Juancito llegó a la cancha como al barrio, sin anunciarse. Se apoyó contra el palo derecho del arco que daba a la calle, esperando la milagrosa palabra… entrá pibe. La pelota rodó hacia el Viejo. Nunca fue habilidoso, pero esa vez amagó a tocarla al palo contrario y enganchó hacia afuera revolcando al defensor y eludiendo al arquero. El toque fue sutil, una caricia al balón que se fue a buscar el rincón bajo del palo. Hubiese sido un golazo si Juancito no hubiese metido la pata para desviar el balón y dejarlo en las manos del golero agradecido.

Silencio. Nadie se movía esperando que se descargara una tormenta de gritos y ademanes, sin embargo, tal vez tocado por algún mensaje elevado, el Viejo dio media vuelta y mientras se iba susurró la palabra mágica, entrá pibe, seguí vos. Juancito entró. Lo del picado fue anecdótico. Entró para siempre a nuestras vidas.

Juancito metió la pata

Bianchi, Ruben

El Viejo no era un tipo fácil. Tenía un carácter duro, osco. Tenía una defensa bastante cerrada, pero cuando uno lo conocía podía descubrir un espíritu noble y un corazón generoso.

La canchita del Viejo era el Monumental del barrio y estaba reservada para unos pocos. No era fácil acceder, por más que el arco de aquel lado diera a la calle y nada se interpusiera entre la imaginaria línea de fondo y la también imaginaria vereda. Ahí aprendieron todos los pibes del barrio a ser mejores personas y algunos hasta salieron buenos jugadores.

El picado arrancaba a eso de la una y media, todavía con el último pedazo de pan en la mano y la de cuero número cinco al pie. No faltaba nadie. Ni los que no habían ido a la escuela por la gripe faltaban.

Juancito llegó a la cancha como al barrio, sin anunciarse. Se apoyó contra el palo derecho del arco que daba a la calle, esperando la milagrosa palabra… entrá pibe. La pelota rodó hacia el Viejo. Nunca fue habilidoso, pero esa vez amagó a tocarla al palo contrario y enganchó hacia afuera revolcando al defensor y eludiendo al arquero. El toque fue sutil, una caricia al balón que se fue a buscar el rincón bajo del palo. Hubiese sido un golazo si Juancito no hubiese metido la pata para desviar el balón y dejarlo en las manos del golero agradecido.

Silencio. Nadie se movía esperando que se descargara una tormenta de gritos y ademanes, sin embargo, tal vez tocado por algún mensaje elevado, el Viejo dio media vuelta y mientras se iba susurró la palabra mágica, entrá pibe, seguí vos. Juancito entró. Lo del picado fue anecdótico. Entró para siempre a nuestras vidas.