La última noche que pasé conmigo…

Cabrera, Rubén Faustino

Fue la peor noche de mi vida. Por tres razones. Primero, porque me enteré de la peor manera que sufría catalepsia; segundo, porque desperté dentro del ataúd bajo un metro y medio de tierra; tercero, porque nadie oyó mis gritos desesperados.

Por eso digo que fue la peor noche de mi vida. Y la última también.

Lugares comunes, conflictos comunes

Cabrera, Rubén Faustino

Lo voy a matar, si Dios quiere. Si Dios quiere y la policía, como suelen decir. Le voy a poner un tiro entre ceja y ceja, porque yo, donde pongo el ojo, pongo la bala. El cornudo es el último en enterarse, es verdad. Pero también, el que ríe último, ríe mejor. Lo voy a madrugar, porque al que madruga, Dios lo ayuda. ¡Ahí viene! ¡Ya me vio! Está preocupado como perro en bote; nervioso como cocodrilo en fábrica de carteras; sudando como testigo falso. Espero que me salude, que no se haga el boludo como perro que lo están culeando.

– ¡Qué cara está la cebolla! –me dice a modo de saludo. Tal vez tenga cola de paja y se haya dado cuenta que el horno no está para bollos. Le contesto:

– Hola, Julio. ¿Cómo va todo?

– Y, acá andamos… tirando. ¿Y usted?

– Tirando, mientras el cuerpo aguante…

– Calor, ¿eh? Tiempo loco. Encima, dos por tres llueve.

– Y… lo que mata es la humedad. Uno no sabe qué ponerse ya, cómo salir a la calle.

– Hablando de calle… Está dura la calle, ¿no?

– Y, sí. ¡Qué se le va a hacer! A esto no le veo buen fin.

– Mucho robo, ¿no? Juventud perdida, dirían las personas como usted.

– Los viejos como yo, querrás decir.

– ¡Por favor! ¡Faltaba más! ¡De ninguna manera! ¡Viejos son los trapos!

– Yo también soy viejo, Julio. Y mi mujer es joven. Pero yo no soy ningún pelotudo, Julio. El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo.

– No entiendo. ¿Qué…

– Estás acostándote con mi mujer, Julio. ¡Buena mandarina sos vos! ¡Linda piedra pa´ la honda!

– ¡No, don López! Sólo somos buenos amigos.

– ¡Buenos amigos, las pelotas! –le grito mientras saco el revólver del bolsillo. Gracias a Dios no me tiembla la mano. “Que en paz descanses”, le digo.

Apunto. Tiro. Y cae redondo al piso. Como un pajarito.

-No somos nada –le digo-. Que te garúe finito.

Y me voy silbando bajito, como quien no quiere la cosa, perdiéndome en lontananza.

¿Vida inteligente?

Cabrera, Rubén Faustino

– Mirá cómo abre la boca ese tonto…

– Creo que le llaman “hombre”.

– ¿Y ese otro ser que tiene al lado?

– “Mujer”, le dicen, por lo que he escuchado.

– Pero, ¿por qué nos mirarán como embobados y abriendo y cerrando la boca todo el tiempo? ¡Parecen autómatas!

– ¡Vos te hacés tantas preguntas, querido! ¡Te dije mil veces que son enigmas insondables para nosotros! Que qué habrá más allá de esta pared transparente, que por qué no se ahogan en el aire, que por qué abren y cierran la boca mientras nos miran como descerebrados… ¿No te parece que por ser un simple pececito de color te hacés demasiados problemas?

Cuento clásico con final incierto

Cabrera, Rubén Faustino

Tres deseos podía pedir la familia White a ese amuleto. El primer deseo fue conseguir doscientas libras para pagar la hipoteca de la casa. El deseo fue concedido. A costa de la vida de su hijo, Herbert, cuyo cuerpo fue destrozado por la máquinas de la fábrica Maw & Meggins, que ofrecieron una compensación de doscientas libras a la familia White por la pérdida.

El segundo deseo fue pedir que Herbert viviera de nuevo. Y Herbert se levantó de su tumba y estuvo a punto de ingresar al hogar de los White.

El tercer deseo lo pidió el señor White y los golpes en la puerta cesaron y la señora White abrió la puerta y no había nadie.

No se conoció jamás el tenor del tercer deseo que formuló el señor White.

Pero se cree que el tercer deseo fue algo como “que todo esto sea un cuento, nada más que un cuento”. Desde entonces, cada vez que alguien abre un libro en la página que contiene “La pata de mono”, de William W. Jacobs, la familia White vuelve una y otra vez a revivir esta terrible historia.

Jerigonza (¿o jeringozo?)

Cabrera, Rubén Faustino

Se encontraron en Del Viso, en el cruce de las vías del Ferrocarril Belgrano y la Ruta 26, Partido de Pilar. Iban caminando los dos, en sentido contrario.
-¡Opojopo! ¡Apahípi viepenepe elpe trenpe! – dijo uno de ellos.
-¿Estás hablándome en jeringozo? -dijo el otro.
-En todo caso, estoy hablándote en jerigonza, en una jerga, en un galimatías.
-Jeringozo o jerigonza, es lo mismo. Vos me entendés. Además, yo creo que se debe decir “¡Apahípi viepenepe epel trepen!”. Con las consonantes al final.
-¡No, señor! ¡Las consonantes van antes y luego se coloca la letra pe y la vocal correspondiente!
-¡Así es más difícil de entender! No es lo mismo decir “elpe trenpe” que “epel trepen”. Para mí, la forma correcta es decir “epel trepen”. Así es más fácil de interpretar.
-¡No, señor! ¡Elpe trenpe!
-¡No! ¡Epel trepen!
-¡Elpe trenpe!
-¡Epel trepen!
El tren los arrolló a los dos y se terminó la discusión.

La carta robada

Cabrera, Rubén Faustino

-¡El correo se equivocó! -gritó Gaspar -¡Nos entregó una carta para Papá Noel!

-¡Ese gordo pagano! -dijo Melchor.

-¡Capitalista! -agregó Baltasar -¿Y qué pide el pibe?

-Una play station 3.

-Esta carta jamás llegará a destino. Nosotros entregaremos la play station y el gordo quedará como la mona -propuso Melchor.

Así lo hicieron. La noche del cinco de enero entraron al cuarto del pibe… ¡y descubrieron una play station 3 sobre un escritorio!

-¿Cómo se enteró el gordo? -bramó Baltasar.

-No fue Papá Noel -dijo Gaspar-. ¡Fueron los padres! ¡Los padres siempre arruinando nuestro trabajo!

La verdadera historia

Cabrera, Rubén Faustino

El séptimo lobezno macho sentía terror en las noches de luna llena.

– Esta noche vas a dormir a la intemperie, fuera de la madriguera – le dijo su padre, el lobo, una noche de plenilunio.

– Dejalo, pobrecito – dijo mamá loba.

– ¡Va a dormir afuera, dije! ¡Que se haga hombre de una vez por todas!

Esa noche, el lobito se hizo hombre y nació la leyenda: se convirtió en el Hombre lobo.

El espejo

Cabrera, Rubén Faustino

Creo reflejarme en un espejo. Creo, porque no puedo establecer con precisión si soy yo quien se refleja o si es Arerbac Nebur quien se refleja en un espejo.

Era una mujer extraordinaria…

Cabrera, Rubén Faustino

…que tenía carne de cañón, piel naranja, sangre y arena, cabeza de turco, cabellos de ángel, pelo de zonzo, canas al aire, rulo de estatua, frente y contrafrente, oreja de Van Gogh, ojos de buey, boca campeón, dientes de ajo, lengua a la vinagreta, oídos sordos, cuello de botella, pechito de cerdo, seno, coseno y tangente, corazón valiente, costillitas de chancho, codo de tenista, Zárate Brazo Largo, dedos de oro, uñas de guitarrero, índice de inflación, nalgas marinas, pierna de ases, pie de atleta, talón de Aquiles, pubis angelical, ombligo del mundo, Sancho Panza, estómago resfriado, pulmón de manzana, nervios de acero, garganta profunda, hombros caídos, lomo a la pimienta, cerebro mágico, patas de rana, cintura cósmica del Sur, muñeca inflable, calavera no chilla, cara de póquer, Pulgarcito, venas abiertas de América Latina, huesito dulce, Palma de Mallorca, vista panorámica, olfato de sabueso, gusto en conocerlo, perfil griego, sonrisa vertical, paladar negro, sexo explícito, mano y contramano, gambas al ajillo, colmillo salvaje, mandíbula batiente, cola de carpintero…

Un día me cansé y la dejé en un circo.