El día que ganamos…

Rubén José De Cicco

El día que ganamos el Mundial de Brasil de 2014, a minutos de terminada la final, aún con la dolorosa sensación de la tensión vivida y enloquecidos por el triunfo, hablábamos todos juntos en voz más alta de lo habitual…
¡Ganarles allá! A ellos que hacía una semana festejaban la sexta.
¿Y si ese penal de Neymar no se hubiera ido afuera? Porque nos dominaron. No nos pasaron por arriba, pero dominaron.
¡Ese penal los mató! Y nos agrandó.
Che, no hablamos de esa corajeada del enano y ese centrito medio empujado con el hombro y la cabeza y…
¡Que grande Pipita! ¡Me acordé del Mundial del ´90!
Si, pero en aquél partido nos pelotearon.
Y bueno, así es el fútbol.
Papá dale, despertá que ya va a empezar el partido, ¡dale!

Diálogo

De Cicco, Rubén José

Dialogaban con fervor, como siempre. Entonces fue que Rauli dijo:
– ¿Pero vos leíste en Página lo que dice este degenerado de Videla?
– No solo lo leí sino que me hizo pensar sobre el maligno poder que todavía nos acecha desde las sombras.
– Si, nunca está ocioso, cuando puede meter una maldad presentada como la verdad revelada la escupe.
– Es el moderno Satanás, siempre oculto pero siempre activo.
– Por eso el Flaco nos transmitió lo fundamental de la militancia. Solo nosotros, convencidos, democráticos en serio, podemos ser el anticuerpo para este virus que cada tanto reaparece.
– La posibilidad de mantener altas las defensas que miles no tuvieron y éste hoy ignora tan campante.
– ¡Que hijo de re mil putas!

Sueños

De Cicco, Rubén José

En mis sueños, doctor, aparece mi habitación infantil. Todos mis juguetes parecen estar vivos. Hasta el Oso Federico toca la guitarra, mi guitarra, sentado muy tranquilo delante de mi casita.
– Hum…-, murmuró el psicólogo, mirando a su paciente por encima de sus medios anteojos.
Luego de pensar un momento dijo: – Mirá Jorgito, a los siete años esos sueños son normales. Ahora vamos a hablar con tu mamá para que se quede tranquila.

Dama

De Cicco, Rubén José

Dieciochena dama declama dantesca, demacrada, declinante, decadente deletreo.
Demencial delirio después, denodado derrame de desagradable desaliento.
Desconcierta.
Desaprensiva desaparece.
Desastroso desenlace.

La verdad

De Cicco, Rubén José

Cabizbajo, tenía la mirada clavada en la puntera de sus cansados zapatos.
Sin levantar el tono de voz me dijo: Nunca puede ser tan dura la verdad como para esconderse en una mentira.
Me oí responder: Si papá.

Noche inolvidable

De Cicco, Rubén José

Eran jóvenes, recién casados.
Hacía poco se habían mudado cuando una noche comenzaron a escuchar un ruido. Como si alguien intentara abrir la puerta trasera, desde afuera.
El incesante sonido los aterró.
Él quería salir y terminar con la situación. Ella no lo dejó.
No durmieron. Sentados en la cama tejieron las más rebuscadas explicaciones.
Todo duró hasta que llegó el día.
En la galería descubrieron un pequeño cuadro que sacudía el viento.

Boca es local

De Cicco, Rubén José

Hace mucho calor ese enero de mil novecientos setenta y cinco. Juan cierra un rato antes el taller, harto ya de soportar la temperatura acrecentada por el techo de chapas y por la soldadura autógena. Por el largo pasillo que lleva a su departamentito, deja atrás a la sarta de melenudos fumando, sentados a la sombra. Sube las chillonas escaleras del conventillo. Llega hasta su mujer, de batón transpirado y húmedas mechas pegadas a la frente. ¿Qué hacés?, dice él. Y ya ves. El mira por la única ventana que da a la calle, ella cala una sandía. Enciende la radio y le da fuego a un Particulares. Seguí fumando vos, que después la que aguanta tu tos en la cama soy yo. Busca la Oral Deportiva para escuchar un poco las noticias del fútbol. Va hasta la pileta y quitándose la camisa se refresca un poco. Piensa, el domingo Boca es local y por ahí me hago una escapada a verlo. ¿Y porqué viniste más temprano? Larga una bocanada de humo, apaga el pucho en la maceta y alzando los hombros le contesta: Porque el calor me tenía podrido y es enero, trabajo no sobra. A vos nunca te sobra nada, ¡ni trabajo, ni plata, ni cariño! Nada. Con calor, con frío, siempre igual. Él no la escucha. Come un pedazo de la fruta mientras se entera por Zavatarelli de las posibles formaciones. Llega el domingo. Arma un bolsito. Le da un beso que apenas roza la mejilla. Chau Elsa. Ella no se molesta en contestarle. Juan ya no volverá.

Eulogia

De Cicco, Rubén José

A la Eulogia le cuesta mirar p´arriba. Más que nada porque el puchero le robó el cogote. Con decirle que no sabe de qué color son los loros. Pero cuando vio a Inodoro y Mendieta yorando, mirando al cielo, hizo un esfuerzo sobrehumano vea, y eya también miró. Ayí estaba. El Negro saludando. Con la sonrisa de siempre. Dialogando con el gordo Soriano. La Eulogia se limpió los ojos con el delantal. Basurita ´e porquería dijo, y se metió pa dentro el rancho.

Epitafio

De Cicco, Rubén José

El bar estaba alborotado (y abarrotado). Allí se encontraban pujando, los amigos, los compañeros del diario, los de la editorial, sus personajes, la barra de Central, la familia, muchísimos lectores, todo el mundo.
El debate era intenso y las ponencias iban desde las más formales hasta las más disparatadas. De pronto, sin su quejido habitual, se abrió la puerta principal y entró una bella mujer, vestida de túnica y rodeada por una intensa luz sobrenatural.
El silencio fue inmediato. Todos miraban absortos. Entonces sus labios expresaron con dulzura: “Aquí descansa el que no tuvo descanso en eso de acariciar nuestra alma cada día”.
Y se esfumó.