Riña sanguinaria

Godoy, Rud

El monstruo alado retrocedió, tomó impulso y ciego y feroz se arrojó una vez más sobre mi magullado cuerpo. Sus garras como sanguinarias lancetas, buscaban despiadadas mi cara dejando surcos púrpuras en mi mortificada piel, hasta que el punzante picotazo se clavó entre mis cejas cubriendo mis ojos de quemante sangre. Un gran estallido de dolor obnubiló mi mente por unos segundos haciéndome lanzar un grito estremecedor. Casi sin ver, moví mi mano sobre la mesada y tomé el hacha con desesperación. Con mis últimas fuerzas conseguí inmovilizarlo y con un solo y certero golpe, logré separar limpiamente la cabeza del cuerpo.
El pavo lucía todavía desafiante en la mesa navideña.

Alas quebradas

Godoy, Rud

Como pájaro sin alas, se extinguía aprisionado en su vuelo y enmudecido en su trino. Angustiado, siente que ya no la ama. Sin embargo ella, su ama, sonreía satisfecha al empujar la silla de ruedas por la suntuosa sala.

La bestia

Godoy, Rud

Cerró fuertemente los ojos, el pavor estremecía su cuerpo, no se animaba a mirar al gigante que se acercaba amenazador apretando el cinturón doblado en su velluda mano. Sabía ya, con sus inocentes cinco años, lo que se avecinaba. El terror desató el líquido amarillo que se filtró por sus pantalones y formó un irregular charco a sus pies. Su padre descargó con furia el primer latigazo, lastimando sus descarnadas y humedecidas piernitas. La iniquidad explotó en su grito de dolor, obnubilándolo, ayudando a nunca recordar cuántos venían después.

Zapatos vacíos

Godoy, Rud

Ya era noche avanzada de ese fatídico cinco de enero de 1986 y la gente en silencio se fue retirando. Yo tenía cinco años, había enviado la carta a tiempo y, con el pensamiento puesto en los Reyes Magos, me acomodé en una dura banqueta del amplio salón, teniendo cuidado de acomodar mis zapatos uno al lado del otro como me enseñó mamá. No sabía dónde buscar pasto para los camellos y, pensando cómo harían para entrar en ese lugar, me quedé dormido.

A la mañana siguiente sentí que alguien me sacudía suavemente para despertarme y me decía que me apurara, que ya era hora de ir al cementerio. Recordé que mis padres habían muerto ayer en un accidente y habíamos pasado la noche en la sala velatoria.

Al ir a calzarme encontré mis zapatos vacíos. No tengo claro si mi llanto desconsolado era por la pérdida de mis padres o por la enorme desilusión de que los Reyes me habían olvidado.

Más tarde, al llegar a la casa de mis abuelos, donde transcurriría el resto de mi vida, fue muy grande mi sorpresa cuando vi gran cantidad de regalos, restos de agua y pasto y hasta barro de las pisadas de los camellos.

No entendí mucho la mirada de mi primo, tres años mayor que yo, pero por fin dejaría de molestarme con esa burla de que los Reyes eran los padres.