La invitada

Salvador Robles Miras

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, el entrenador nos hizo una confesión en el vestuario.
-Este será mi último partido. Tengo cáncer.
Nos quedamos atónitos, arrasados por la fulminante noticia.
-Por lo visto –agregó el técnico-, la Muerte ya está entre nosotros. Nunca se hace de rogar. Pero tenemos otra invitada. Está llamando a la puerta. Escuchad.
-No oímos nada, míster –dijo el capitán.
-¿Cómo que no? –El entrenador se dirigió a la puerta y la abrió-: Adelante. Muchachos, os presento a la Vida. Voy a ganar este partido.
-¡Lo ganaremos! –gritó un coro de voces.

La esencia

Salvador Robles Miras

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, el míster, en el descanso, nos arengó así:
-En el fútbol, como en todo espectáculo, debe primar la belleza. Vencer, sí, pero no a cualquier precio. Es mejor perder que ganar vulnerando nuestros valores.
-Lo crucial es vencer, y vamos perdiendo –repuso el portero.
-Lo básico es jugar bien. Lo otro vendrá por añadidura.
-¿Lo otro, qué?
-Marcar goles hermosos.
-¿Cómo se marcan esos goles? –preguntó el capitán.
-Jugando hermosamente.
-Pero…
-El fútbol nos agradecerá la propuesta.
-¿Cómo?
-Él sabrá. Hasta puede que nos dé un Campeonato.

La tristeza del goleador

Salvador Robles Miras

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, fue el más triste de mi carrera deportiva. El seleccionador, sorprendentemente, no consideró oportuno que disputara ni un solo minuto de la final. El mejor artillero del Campeonato Nacional, en el banquillo, disparando salvas al aire. Ver para creer. Deseé una y mil veces que perdiéramos el partido, aunque luego, en la ceremonia de entrega de trofeos, hiciera el paripé sumándome al jolgorio generalizado. Toda una escenificación para preservar el prestigio entre mis compatriotas: Narciso, el matador del área.

¿Por qué?

Salvador Robles Miras

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, no pude dormir en toda la noche, ni la siguiente tampoco, ni la otra… Aún hoy, dos años después, suelo despertarme de madrugada, trémulo, tras haber soñado una vez más con la jugada decisiva, aquélla en la que empujé el balón al fondo de la portería, en el último minuto de la final, y marqué el gol del triunfo, convirtiéndome en ese instante en el héroe de mi país y en el villano de mi conciencia. ¿Por qué no lancé el balón a la grada para permitir que fuese atendido el guardameta rival, quien se retorcía de dolor a mis pies? ¿Por qué?

Algo que hacer

Robles Miras, Salvador

-Ya no hay nada que hacer –dijo el oncólogo, con la barbilla hincada en el pecho, abatido por la nueva derrota de la Medicina.
-¿Por qué? –preguntó la mujer.
-Porque su marido no tiene curación.
-He de asearlo, he de alimentarlo, he de confortarlo, hoy y, tal vez, mañana, y pasado, y el otro, y el otro… ¿Cómo que no hay nada que hacer?
El médico alzó la cabeza y miró a la mujer con unos ojos iluminados por la ternura.
-Gracias, señora.
-Gracias, ¿por qué?
-Por enseñarme que, mientras quede un hálito de vida, siempre hay algo que hacer.

Primavera entre neuronas

Robles Miras, Salvador

¿Dónde estaba la primavera que ya no la encontraba? Buscó entre laberintos, abismos, barrancos y desfiladeros, y, al final, al doblar la esquina de una neurona, colgada de una dendrita, la encontró: ¡La primavera de su vida! Se aferró a ella justo en el momento en que se precipitaba al vacío de la desmemoria.

El umbral del lado oscuro

Robles Miras, Salvador

Empezó a notar los síntomas de las últimas semanas, aunque más acusados; a diferencia de las otras veces, no sólo se había olvidado de sus señas de identidad, sino que a duras penas sabía dónde se encontraba. Después de errar durante horas por avenidas, calles, callejones y callejuelas, dio por casualidad con la que, en una ráfaga de lucidez, reconoció como su casa, si bien no acertó a introducir la llave en la cerradura. Tras varios intentos fallidos, pulsó el timbre.
– ¡Mamá! –, exclamó una mujer joven bajo el dintel de la puerta- Te hemos buscado por todas partes. ¿Dónde te has metido?… ¿Qué te ocurre? Estás pálida.
– Me he perdido y no consigo encontrarme. ¿Quién eres tú?

El primer huerto

Robles Miras, Salvador

Como la pobreza se había abatido sobre ellos, no les quedó más remedio que plantar un huerto con sus propias manos. Después, vino el jardín y todo lo demás: un chalé con piscina, un par de coches, tres motocicletas, un piso en París, una barca de recreo, varias parcelas de garaje… Cosas sin importancia. Lo mejor quedó atrás, plantado en el primer huerto: la ilusión.