Sabiduría popular

Lew, Sara

—Nadie me ayuda aunque madrugue… —, se lamentó el joven campesino ante su campo aún sin arar.
—Vamos, hombre, no te quejes —, lo animó un viejo aldeano que pasaba por allí—; hoy ha amanecido más temprano.

Sobre gustos…

Lew, Sara

Si tuviese párpados en los oídos que atenuasen sus chillidos estúpidos. Si poseyese una piel más curtida y dura, resistente a sus arañazos. Si mis fuerzas ganasen a su astucia para escabullirse de mis manos. Si mi estómago no los prefiriese vivitos y coleando.

Dime quién soy

Lew, Sara

No te creo. Sé que mientes cuando parpadea tu ojo izquierdo mientras sonríes nervioso. Tus pupilas se dilatan (te delatan) y tras ellas veo al hombre vil parapetado bajo el uniforme, ese que no se parece en nada a mí. Me das miedo. Por eso te escucho y asiento. Sin embargo, no puedo evitar que mi pie derecho temblequee dando golpecitos en el suelo, así que rehuyo tu mirada para que no puedas adentrarte en mis ojos, y notar que te he descubierto.

N.N.

Lew, Sara

Las noticias hablaban de ti sin nombrarte. Todos te buscaban sin saber quién eras. Cuando finalmente te encontraron, solo eras un nombre en una lista.

Drogas

Lew, Sara

“Dame dinero” –dijo Dalmiro desafiante, después de dilapidar doscientos dólares drogándose diariamente. Doña Daniela, disgustada, denegó dárselo. Desoyendo discursos disciplinarios, Dalmiro desvalijó dinero del desván, desapareciendo definitivamente del domicilio. Después de delinquir, de deambular dándose drogas duras, dejó de divertirse, de disfrutar. Débil, desfallecido, demandó demasiadas dosis. Demasiadas.
Discurrieron días difíciles. Doña Daniela, dudando del destino de Dalmiro, dejó de dormir. Derrumbada, decayó dolorosamente. Diversos doctores diagnosticaron desórdenes, depresión; dispensándole Diazepam. Durante décadas, Daniela demandó dosis. Demasiadas.

Franqueza

Lew, Sara

Algunas veces preferiría mentir y no mostrarme tal como soy, pero nadie me cree: hay algo en mí que me delata. Tal vez sea ese fulgor que torna púrpura mis ojos, el carraspeo de mi ávida garganta o ese chirrido de mis dientes acomodándose. No lo sé. El caso es que cuando digo la verdad es peor, porque ellos ya no tienen tiempo de escapar.

Afortunado

Lew, Sara

Si pudiese retroceder mis pasos no pisaría los mismos charcos, no cruzaría bajo las mismas escaleras ni me toparía con los mismos gatos negros. La suerte me esperaría en el portal, entraríamos juntos a casa, me serviría la cena y se acostaría conmigo en la cama. A la mañana siguiente yo me sentiría tan feliz que temería perderla, y le diría lo mucho que la necesito, que no soy nada sin su presencia y que ella es lo único que tengo. Entonces, seguramente, la suerte se iría detrás de otro tipo más afortunado que yo.

Aniversario

Lew, Sara

Me levanto triste. Entro al baño y el espejo me rehúye la mirada. O tal vez soy yo la que teme ver reflejado en mi rostro el dolor de despertar un día bajo los escombros de mi hogar; el dolor de salir sola por el único agujero de luz y no hallar más que ruinas; el dolor de sobrevivir a mi padre, que me salvó la vida.

Me animo y observo de reojo mi reflejo. Veo una chispa de luz detrás de tanta bruma. Como aquel día, y como siempre, encuentro ese resquicio vacío por donde abandonar la oscuridad.

Abandono

Lew, Sara

Abandonado amistoso

Antes -abúlico, apático-, abominaba alejarme, abandonar aquella alcoba. Anclado a antiguos aconteceres, anhelaba ansioso abrazarla, amarla ardorosamente al anochecer.

Ahora aspiro avanzar aproximándome a alguien afín. Aunque aún aguijonea aquella alianza arrebatada, (así amputaron aquel amor), ansío abandonar antipáticos aborrecimientos.

Abandonado agresivo

Al atardecer asesinaré a ambos amantes -arpía adúltera, amigo apóstata-; arrepentidos arderán abrasados. Antes, amputaré aquel atroz amor arrancando anulares. Así aplacaré angustias, arrojándolos al arroyo.

Aquellas alianzas arrebatadas, anillarán alondras.

Búsqueda

Lew, Sara

Habías desaparecido. Buscaba pistas que me llevasen a ti. Hurgando dentro de tus ropas me asusté ¡las llevaba yo puestas! Sobresaltado, seguí palpando más profundamente. Reconocí esa piel tibia, cercana y el tacto rítmico del pecho al llegar al corazón. Te había encontrado.