Siembra vientos

Cossa, Sergio

Ingresó a la oficina de jubilaciones con un carpetón repleto bajo el brazo y aguardó su turno. Cuando la funcionaria gruñó su número, se acercó a la ventanilla y comenzó la explicación del motivo del trámite. Le dijo que era la quinta vez que iba, y que esperaba que ella se mostrase más competente y considerada que el hombre que lo había atendido antes. Ese de dientes amarillos y mal aliento. El empleado mal educado y prepotente, que ostentaba el cuello sucio de su camisa y el cabello grasiento. El que cada vez lo obligaba a esperar horas, mientras bromeaba con sus compañeros. El que siempre le pedía un nuevo papel que debía traer al día siguiente. Ese que encontraron muerto a martillazos anoche en un callejón.

Refrán:
“Quien siembra vientos, recoge tempestades”.

24-03

Cossa, Sergio

–… y además nos hace daño. Por eso repito que basta de hablar y escribir tanto sobre los hijos desaparecidos o los padres muertos en las calles. ¡Esto fue una guerra y todo estuvo permitido! ¡Yo sé muy bien lo que es sufrir por la pérdida de un hijo, cuando el mayor se me accidentó en la pista de esquí!
–El viejo empezó a delirar de nuevo. Si sigue gritando va a excitar a los otros internos.
–Quién diría… Las estrellas de general no lo pudieron proteger de su conciencia genocida. Veinte miligramos de Haloperidol.

Energía

Cossa, Sergio

Siempre creí en trascender a la muerte. Y tuve razón. Ahora soy recuerdo y memoria. Soy energía. Un bálsamo que barniza el dolor de mis seres queridos y entibia los pañuelos blancos. Un aguijón que se hunde una y otra vez en las conciencias de mis asesinos. Lo más placentero es cuando duermen y caen sus defensas. Me filtro entre sus sueños y se los transformo en pesadillas, mostrándoles imágenes de amor y justicia social. No lo suelen soportar y despiertan con gritos de pánico. Algunas veces escapan alucinados hasta el lugar donde se encuentra enterrado mi cuerpo anónimo.

Alicia

Cossa, Sergio

Ingresó al país de las maravillas sin percatarse de que portaba microbios y virus extraños a los organismos vivos de ese lugar, para los cuales estos no poseían defensas.
Los primeros en sucumbir fueron los conejos y las flores. Luego, la pandemia se propagó al resto de los habitantes, hasta no dejar criatura con vida.
Atormentada por la devastación, Alicia escapó corriendo a su mundo.
Lo que no sabía era que acarreaba nuevos microbios y virus, extraños a los seres vivos del planeta.
Los primeros en sucumbir fueron los conejos y las flores.

El séptimo día

Cossa, Sergio

La última alma humana calmó la tempestad de fuego asesino, horneó infinitos panes para los que vinieran y luego caminó a través de continentes y océanos en su búsqueda. Durante siete días lo intentó, pero no logró resucitar ni a uno de los miles de millones de cadáveres calcinados. Desahuciada por su fracaso, elevó los ojos al cielo y consintió:
–Tenías razón, Padre. Destruye tu Creación cuando quieras.

El tímido

Cossa, Sergio

Como solución a su extrema timidez, decidió confiarle sus sueños a un diario íntimo. Sin embargo jamás tuvo la audacia de escribir una sola palabra.

La danza

Cossa, Sergio

Así fue cómo el pensamiento asaltó mi mente:
Comenzó con una danza muy lenta que hipnotizaba a los bailarines mediante compases cadenciosos y sensuales. Luego, como si los músicos se realimentaran con sus notas, el ritmo se aceleró.
La danza dejó de mostrarse como un suave acompañamiento, puesto que la música llevaba a las parejas a desplazarse hasta los confines de la pista.
Cuando el ritmo nuevamente elevó su velocidad, un frenesí embriagó a los participantes. El baile ya no era capaz de ser coordinado y se deshacía en saltos, corridas, abrazos y giros arriesgados.
Solo cuando los músicos decidieron relajar sus dedos y pulmones agotados y finalizar con una suave melodía, la danza regresó al tranquilo y armonioso vaivén inicial.
Los participantes, aún hechizados por semejante música, volvieron a sus asientos con la saciedad que dejan los momentos sublimes.
Y allí quedaron, atentos, expectantes para correr de nuevo a la pista ante el primer acorde que llegara a sus oídos.
De este modo danzan mis ratones cuando pienso en ella.