Enroque

Gaut vel Hartman, Sergio

Me incorporé apoyándome sobre el codo, pero aquel simple movimiento demostró que estaba más débil de lo que había supuesto, ya que el universo giró a mi alrededor y así permaneció, como si yo fuese el sol de papel de un sistema en miniatura.
—El sol de papel de un sistema en miniatura. Me gustó la imagen. —La voz venía de un ángulo de la habitación y no se parecía a nada que yo hubiera escuchado en mi vida.
—¿Quién está ahí?
—Creí que lo adivinarías.
—No estoy en condiciones…
—Así me sentía al principio.
—¿Al principio de qué? —Me dejé caer; las sábanas me envolvieron con sus alas blancas y una sucesión de palabras desfiló ante mis ojos, como un epitafio.
—Otra imagen perfecta. Ojalá logre escribir así algún día.
—No entiendo —logré susurrar.
—Es irrelevante. Al final de mi primer cuento, el autor, devenido personaje, muere.

Equívoco provechoso

Gaut vel Hartman, Sergio

Algunas confusiones pueden resultar beneficiosas; eso fue lo que pensó Andros cuando lo metieron en el cajón equivocado. Al principio, los aromas del lugar lo perturbaron un poco, pero no porque fueran desagradables sino, por el contrario, debido a que la infrecuente mezcla de olores lo transportó a un plano de percepción expandida que no conocía. De naturaleza sociable, no tardó en hallar temas de conversación y una hora después de su arribo podía decirse que era como de la casa. Gran parte del mérito hay que adjudicárselo a las bombachas, que lejos de rechazar al calzoncillo, se excitaron con solo imaginar las infinitas posibilidades que se abrían a partir del involuntario error de la dueña del ropero.

Paradoja ficcional

Gaut vel Hartman, Sergio

—Arruinaste mi novela —protestó el escritor; estaba muy enojado.
—No me hubieras creado —respondió el personaje con displicencia.
—¡Soy el dueño y señor de mis ficciones!
—No tanto, pero en ese caso no habría nada de qué preocuparse, ¿no es cierto? —El personaje se levantó y se dirigió hacia la salida.
—¡Un momento! Negociemos.
—No hay nada que negociar. Me creaste con determinadas características; no puedo contrariar mi naturaleza. Y mi naturaleza es tu elección.
—¡No tenías derecho a contar el final de la obra cada vez que aparecías en escena!
—Estás pasando por alto un detalle esencial: en tu novela soy Drafenón, el mago: hechicero y augur, alquimista, nigromante y cabalista. Predecir el futuro es mi talento, pero también mi carga. Y ahora predigo que para eliminarme no tendrás más remedio que arrojar al fuego el esfuerzo de tres años.

El primero de todos

Gaut vel Hartman, Sergio

Malcolm McDonald era genial para algunas cuestiones y un reverendo imbécil en otras. Construyó una máquina del tiempo, pero como no sabía para qué usarla pasaron los años y nunca viajó a ninguna época. Sin embargo, un día se enteró de que la reina de Inglaterra había ofrecido un millón de guineas al primer hombre que pariera a otro ser humano. Malcolm viajó al pasado, y aunque su máquina no llegaba hasta el Génesis, en Lublin, Polonia, 1878, conoció a un judío vago y borrachín llamado Adam Adamski que cohabitaba con su hija Eva. Borrarle el ombligo a Adam fue sencillo; lo llevó a Buckingham. La reina tuvo que aceptar el hecho consumado y soltó la pasta para sacarse a los dos tarados de encima. Malcolm se aficionó al ajenjo y se gastaron el millón en menos de un año.

Flujo

Gaut vel Hartman, Sergio

—Señor: respeto todas las culturas y filosofías, y simpatizo con la suya. Pero debo refutar enérgicamente su idea de que Qi, nuestro Qi, tenga nada que ver con el suyo; no es la energía vital que fluye espontáneamente por la naturaleza, sino la abreviatura de Químicamente impuro, ¿comprende?
—El que no comprende es el honorable escritor —dijo el chino—. Ustedes pensaron que al crear Qi simplemente creaban un blog de cuentos muy breves. Pero no tuvieron en cuenta que Qi es una entidad viva, y que la interrupción de su libre flujo es la causa de graves trastornos y perturbaciones. Las coincidencias no existen. Ustedes, con sus ficciones, están alterando el equilibrio, señor, y nuestros sabios dicen que al llegar a un millón de caracteres el universo…

La buena mesa

Gaut vel Hartman, Sergio

El monstruo alzó la vista hacia la luz que se filtraba por la ventana y bebió un largo trago. Satisfecho, se calzó la piel ritual y sintió cómo se ajustaba a su cuerpo escamoso. Dio dos pesados pasos para alcanzar la puerta que comunicaba sus habitaciones privadas con la gran sala en la que ya estaban reunidas sus víctimas, corrió la cortina y los observó: inocentes como ovejas, mansos como jilgueros, impotentes como peces. Entrechocó las garras con deleite. Dio otros cuatro pasos y avanzó hacia el púlpito. Un murmullo de sumisión inundó el recinto. Él abrió las fauces. El veneno se esparció por el aire y los paralizó. Nada como una mesa bien servida; ellos eran deliciosos y él un esclavo de la gula.