El viejo y el vino

Nalli, Silvestre

El anciano despertó ese día con la idea de hacer realidad aquello que desde hacía un tiempo era su mayor deseo: volver a elaborar su propio vino, ese que disfrutara con su familia en el antiguo caserón que ahora habitaba en soledad. En un galpón del fondo estaban arrumbados los elementos necesarios para ello: el viejo trapiche de mano, los barriles con sus aros oxidados, las enormes damajuanas de veinticinco litros, la máquina de encorchar…
Por un instante se quedó mirando todo eso con un dejo de melancolía y pensó que no sería tan fácil concretar el anhelo de paladear nuevamente ese “tinto de pura cepa” que consumía al cabo de dos años de embotellado y añejamiento en el oscuro y fresco sótano de la vivienda. Viudo, con dos hijos atentos a sus respectivos hogares, ¿quién le daría una mano…?
Cerró lentamente la puerta del galpón y, por un momento se sintió más solo e impotente que nunca, hasta que lo sacó de su ensimismamiento el timbre del teléfono. Era uno de sus hijos para avisarle que esa noche lo visitaría para cenar con él; que no se preocupara por la comida ni por la bebida, ya que la empresa en la que trabaja le hizo llegar como obsequio de fin de año una caja del “bueno” y quería compartirlo con quien sabría apreciarlo.
El anciano agradeció el elogio y, tras colgar, se apresuró a hacer un poco de orden, tras lo cual tendió sobre la mesa el mantel que bordara su difunta esposa, apoyó sobre el mismo las mejores copas de su vajilla y aguardó la llegada del hijo. Éste saludó a su padre con un beso y, tras desenvolver un paquete con comida, procedió a descorchar una de las dos botellas que traía.
“Pruebe papá”, le dijo entusiasmado, mientras servía un vino de color rubí, buen aspecto y recio aroma frutado. El anciano bebió un sorbo corto y luego otro más largo, ante la ansiosa mirada del hijo, pero nada dijo y se dedicó a probar un trozo de la comida ya servida. El hijo le preguntó si la cena era de su agrado y el anciano respondió afirmativamente. “¿Y qué le pareció el vino?”, le interrogó con impaciencia. “No está mal, es un buen vino…”, contestó evasivamente el anciano, para agregar a continuación con un guiño y pícara sonrisa: “Anche di uva si fa el vino…”, provocando la carcajada de su interlocutor, quien entendió la supremacía de lo artesanal y la nostalgia que embargaba a su padre por tan noble e incomparable labor.

Amargo Merlot

Nalli, Silvestre

Silvio había probado y degustado todos los varietales existentes, hasta que descubrió en el Merlot el gusto acorde con su personalidad. Cambió de marca varias veces, pero nunca de vino: su sabor intenso y definido lo sedujo para siempre. Como lo hiciera, allá lejos en el tiempo, esa mujer a la que evocaba con tristeza toda vez que bebía una copa de más. La conoció cuando ella se desempeñaba como oficinista en un lugar que visitaba a diario por trámites varios. Ella lucía ropa ceñida sobre un cuerpo escultural y sugería sueños que cualquier varón deseaba ver cumplidos…
Una tarde, Silvio se animó y la invitó a cenar en su departamento de soltero, convite que ella aceptó casi de inmediato. Tras dejarle su dirección y número telefónico, se apresuró a llegar a su domicilio con el corazón latiendo locamente. Tras ducharse y perfumarse con esa colonia inglesa que usaba para grandes ocasiones, corrió a encargar comida y, por las dudas no alcanzara, compró otra botella de Merlot. La cita era a las nueve de la noche pero, ya se sabe, “las mujeres nunca son puntuales”, pensó cuando el reloj marcaba las diez. Pasó otra hora y nada, mientras su impaciencia crecía tanto como su deseo.
A medianoche, ya resignado, comenzó a mordisquear de mala gana un trozo de comida, hasta que el sueño -y el Merlot- vinieron en su ayuda y terminó durmiéndose sin remedio ni consuelo. Ese mismo día concurrió como siempre a la oficina donde ella trabajaba y, al requerir su presencia, un compañero lo invitó a salir del lugar. Intrigado y preocupado lo siguió hasta la calle y allí la noticia que menos esperaba: Mara había sufrido un accidente de tránsito y estaba internada en estado delicado en una clínica del gremio.
Cuando llegó al lugar, una enfermera terminó con su esperanza: la muerte había ganado la partida. Esa noche, el vino le resultó amargo y desconocido, a tal punto que, en un rapto de furia e impotencia, terminó por estrellar la botella contra el piso y se quedó durante largos minutos contemplando como el líquido –“oscuro como la sangre”, pensó- se deslizaba por la cerámica como la vida, despidiéndose.