El acto

Franco, Silvia Graciela

La niña no puede dormir. Piensa. Su papel en la obra escrita para ellos por la maestra… Carmencita… Tenía que ponerse en la piel de la pequeña Carmencita. Y San Martín era justo él, Daniel, su amor imposible. ¡Y si se olvidaba de las líneas por los nervios! Todos estarían mirándola fijamente, esperando el momento en que con ojos suplicantes, le dijera, “mi Coronel, las damas mendocinas están donando sus joyas para la causa de la independencia…”

La niña aprieta con sus manos la medallita que le cuelga del cuello… “era de mi madre; ella murió, pero yo quiero dársela, para la patria…” y piensa en los ojos de Daniel, el Coronel, al fin posándose sobre ella, para mirarla como jamás antes lo hiciera. ¿Y si él descubría su amor? Ese amor no correspondido y puro de la infancia. “¡Mi coronel, por favor acéptela, así podré sentir que yo también di algo por la patria! Mamita estaría contenta, se lo aseguro…”

Entonces brotaría un llanto silencioso dentro de su alma, y las lágrimas escaparían rodando por sus mejillas. No sería difícil.

Luego le entregaría la cadenita de oro y San Martín, conmovido, comprendería que su sacrificio no sería en vano.