Los Di Paolo

Arrese, Ramiro

¡Uy! Ahí vienen los Di Paolo, yo dije que vayamos a la canchita de la vía, pero nadie me hizo caso, ¿por qué vinimos a la de la barranca?

El circo que está acampando a la vuelta de casa nos empezó a complicar la tarde, justo se fue a poner en el potrero donde jugamos siempre, donde somos locales, y tuvimos que venir al bajo, yo dije pero nadie me escuchó y ahí están los Di Paolo, ¡los odio! Y encima están los cinco. En realidad no se que me preocupo, casi siempre les ganamos, los dos más grandes son dos troncos, el de mi edad, algo juega, pero el más chico es muy chiquito y ahí, hacemos la diferencia. Pero acá en la canchita de la barranca todo es más complicado.

Siempre nos dan el arco de abajo y la cancha tiene una inclinación imposible, si soltás la pelota, solita, llega al arco con una velocidad imparable, como si la hubiese pateado el propio Kempes.

Martín, el más grande, con la pelota en la axila, nos saluda desafiante:

– Hola, ¿qué hacen por acá?

– Nada, es que en casa se puso el circo y nos quedamos sin cancha, quien sabe hasta cuando-, contestó Juan, el más grande de mis hermanos, sacando pecho, mientras empezó a caminar hacia ellos, con una valentía admirable.

Después de conversar unos segundos, volvió hasta donde estábamos nosotros.

– Hoy es por la pelota- dijo.

– ¿Qué?,… ¡no!… ¡Para!,…. ¡Por la pelota no!, justo hoy que traje la que me regaló el abuelo, ¡NO! ¿Por qué no me hicieron caso? Y ahora encima esto, ¡mi pelota!

Nos miramos todos, yo no paraba de protestar.

La semana pasada había venido a casa el abuelo Ismael, ex jugador de fútbol, una gloria del barrio, ¡un crack!- decían todos -. Venía poco y ese día traía una bolsa con una pelota, que digo “una pelota”, era un poema, una LEO de salón Nº 4 colorada y blanca, mis colores; “para vos León”, – así me decía – ¡Qué caricia!, dormí con ella hasta hoy, ¿por qué la habré traído?

– Ya está, es por el fútbol, vas a ver que hoy ganamos- me dijo Juan tratando de consolarme mientras me abrazaba.

Y empezó el partido, con las típicas bravuconadas de todos los comienzos, alguna pata fuerte, foules no cobrados y hasta algún gol claro, lo daban palo, amparados en que el arco era de buzos y en la localía.

Lo cierto es que ni el clima ayudaba, esos nubarrones negros cubrieron todo el cielo y nosotros en un ratito ya perdíamos tres a cero. ¡Es que es imposible esta cancha!

Yo que juego siempre cerca del arco contrario, esperando mi oportunidad para meterla, hoy tenía que estar en todos lados, peleando y ayudando a mis hermanos. Los pases quedaban siempre cortos, trasladar la pelota, era una tarea titánica e improductiva, cinco a uno y el trágico desenlace era inevitable. ¡Mi pelota!, esta joya, en poder de los Di Paolo, cada vez que esta pensamiento volvía a mi cabeza, redoblaba inútilmente mis esfuerzos, con más y más furia. Nada podía torcer el destino.

Las primeras gotitas empezaron a caer, como si el cielo compartiera conmigo esta tristeza, jugábamos con la suerte echada y la lluvia se hizo cada vez más intensa, el desnivelado potrero era un barrial, empezábamos a disfrutar del enchastre, cuando de atrás de los sauces, apareció la abuela de los Di Paolo enfurecida, y tomando a Nicolás de una oreja, nos retaba a los diez y los obligaba a dejar el partido; el pánico, los gritos y las promesas de castigos provocaron el descontrol y la fuga, nunca estuve tan contento de que lloviera y de que nos reten, corrí lo más rápido que pude hasta mi pelota, la agarré y sin mirar ni una sola vez hacia atrás corrí sin respirar hasta doblar en la esquina de casa y me senté bajo el alero del quiosco, a esperar a mis hermanos, que llegaron enseguida, riéndose todavía agitados, empapados y embarrados.

– ¿De que se ríen?- pregunté furioso- Podría haber sido tremendo, ¡mi pelota nueva!– gritaba, casi llorando de la rabia-. Segundos después, entrábamos a casa abrazados, riendo por el tirón de orejas de la vieja a Nico.

Y acá estoy, a punto de dormirme, abrazado a mi pelota, todavía con algo de barro, recuerdo de una batalla de bario perdida, de historias de chicos, hermanos, amigos y caricias de un viejo.

Ese cuervo

Luzardi, Roberto

Era cuervo ese hijo de p…, pero no hincha de San Lorenzo. Era cuervo de verdad. Un picapleitos resentido. Una sola vez se puso la camiseta del club, cuando se la robó al gangosito en el vestuario y se escondió en el baño de damas. Hasta que el árbitro avisó “falta uno”, entonces dijo “acá estoy”, y empezó el partido con el gangosito en el banco.

La Comisión Directiva lo había contratado porque no tenía alternativa: era el único abogado del pueblo. Le encargó la cobranza de un festival de doma y folklore impago que organizó el Ulpiano en la cancha del club. El Cuervo se vendió y arregló con el paisano. Un día cayó el cuervo con el oficio de la justicia. Se querían llevar todo.

Cuando estaban cargando uno de los arcos en el camión azul, fuimos en patota y colgamos al traidor en el otro arco cabeza abajo. Desde aquella fecha uno de los arcos lo armamos con bolsos, el otro sigue en pie en honor a la Justicia, y los árbitros piensan un rato antes de cobrar en contra: nuestro capitán les señala el arco.

El lenguaje inconfundible del fútbol

Francka, Camilo

Tomó el bolsito y se fue. Atrás de un sueño, sin más pasaporte que su diestra, embarcó cuál polizón. El asado, en su patria, fue gargajeado por un número singular de individuos que lo dejaron fuera del sistema. Así se tuvo que ir: escapado, incomprendido, discriminado…

La enseñanza escolar nunca le explicó que, según los postulados oligarcas, ir en contra del poder es como tirarse de cabeza dentro de una pileta sin agua. En realidad, las calamidades de la vida lo privaron de recibir educación; de leer y escribir. Sin embargo, había algo en él que brillaba. Una hermosa manera de expresarse.

Llegó a latitudes desconocidas y consiguió una prueba en un club de la zona. Con poco idioma español entre sus cuerdas vocales, imagínese lo que le costó adaptarse a otro idioma. Hizo las inferiores y debutó en Primera. Le costó, es cierto, pero siempre, al ritmo de gambeta y pique corto, luchó por un porvenir mejor.

En la primera que tocó, con tan solo 18 años, se sacó dos tipos de encima y el balón, sin escalas, viajó hacia el ángulo izquierdo: inatajable para el arquero. Esa tarde, al pibe que seguía sin captar una gota del lenguaje adoptivo, lo despidieron con ovación y aplausos.

Hoy, seis décadas después de aquellas hazañas, las proezas de Froilán Pérez aún son recordadas. En su interior, descansa la rebeldía bien entendida que ningún galán con plata podrá callar.

Gracias al fútbol, que muchas veces le da un sentido de pertenencia único a los que son moralmente violados, y excluidos por el poder…

Juancito metió la pata

Bianchi, Ruben

El Viejo no era un tipo fácil. Tenía un carácter duro, osco. Tenía una defensa bastante cerrada, pero cuando uno lo conocía podía descubrir un espíritu noble y un corazón generoso.

La canchita del Viejo era el Monumental del barrio y estaba reservada para unos pocos. No era fácil acceder, por más que el arco de aquel lado diera a la calle y nada se interpusiera entre la imaginaria línea de fondo y la también imaginaria vereda. Ahí aprendieron todos los pibes del barrio a ser mejores personas y algunos hasta salieron buenos jugadores.

El picado arrancaba a eso de la una y media, todavía con el último pedazo de pan en la mano y la de cuero número cinco al pie. No faltaba nadie. Ni los que no habían ido a la escuela por la gripe faltaban.

Juancito llegó a la cancha como al barrio, sin anunciarse. Se apoyó contra el palo derecho del arco que daba a la calle, esperando la milagrosa palabra… entrá pibe. La pelota rodó hacia el Viejo. Nunca fue habilidoso, pero esa vez amagó a tocarla al palo contrario y enganchó hacia afuera revolcando al defensor y eludiendo al arquero. El toque fue sutil, una caricia al balón que se fue a buscar el rincón bajo del palo. Hubiese sido un golazo si Juancito no hubiese metido la pata para desviar el balón y dejarlo en las manos del golero agradecido.

Silencio. Nadie se movía esperando que se descargara una tormenta de gritos y ademanes, sin embargo, tal vez tocado por algún mensaje elevado, el Viejo dio media vuelta y mientras se iba susurró la palabra mágica, entrá pibe, seguí vos. Juancito entró. Lo del picado fue anecdótico. Entró para siempre a nuestras vidas.

Domingo de cancha

Bocha Resnik, Jaime

Ir a la cancha un domingo a ver el cuadro de tus amores no es solo el hecho de ver a veintidós energúmenos correr detrás de una esfera de cuero.

No es tampoco la odisea de estacionar generalmente a no menos de diez cuadras y caminar junto a otras veinte mil almas sintiendo un cosquilleo inquieto que va desde el estomago a la garganta para depositarse en el medio de las tripas.

Es sin lugar a dudas un ritual, un fabuloso raid sentimental que conlleva diversas cabalas, vestimenta adecuada y preparación durante la semana, especialmente a nivel gutural.

Esto se potencia cuando el partido a jugar es de los denominados “clásicos” y más aún cuando el devenir de la historia hace que los puntos que se juegan sean fundamentales para el campeonato.

Sirva este prefacio para ilustrar lo que los libros de fútbol catalogaron “La Gran Odisea del balompié”.

Todos conocemos la rivalidad existente entre Macedonia Fútbol Club y el Club Atlético Monteplano: años de historia beligerante corrieron en el cauce del río de la rivalidad de estos dos grandes equipos.

Pero el partido que hizo historia, la quintaesencia del deporte rey, fue el jugado en la final del metropolitano del ‘73 estando los dos cabeza a cabeza.

El MFC había comenzado el campeonato barriendo rivales logrando el puntaje ideal, pero a mitad del campeonato los “montepla” habían logrado resarcirse de sus primeros fracasos y, ante un MFC que se iba debilitando, lograron ponerse a tiro.

En consecuencia los dos equipos llegaron a la final con la misma cantidad de puntos y restándole solo jugar entre ellos.

Como debe ser el día amaneció con un sol increíble y una temperatura ideal .Las entradas estaban totalmente vendidas desde hacia mucho tiempo y la cancha de los “montepla” parecía una embarazada pletorita a punto de dar a luz.

Los vendedores de choripán y pizza canchera despachaban a gusto mientras un Chuenga acrobático se posicionaba en la tribuna vendiendo sus famosos caramelos.

Los “gorro, bandera y vincha” no paraban de reponer sus artículos con los colores de los dos bandos (el comercio no tiene banderías) y los chorros hurgaban bolsillos por doquier.

Entonces el referí dio el pitazo inicial .Al comienzo fue un devenir de pelotazos inciertos quizás debido al nerviosismo imperante o a la poca habilidad de sus jugadores (el ’73 había sido un año de difícil para los dos clubes y no habían podido comprar refuerzos).

El esférico giraba loco entre los botines de los veintidós y las faltas exageradas eran los únicos momentos donde se mataba el aburrimiento. Piccianilli había tenido un par de oportunidades desaprovechadas en el arco del MFC y el “tigre” Pérez no lograba conectar para los “montepla”.

Esto siguió ocurriendo durante casi ochenta minutos de juego cuando sucedió lo que todos ya saben.”Tres dedos” Ferrutti tomo la pelota en el centro del campo robándosela al “ruso” Fridman, encaró sin descaro hacia el área del MFC ante la desesperación de la defensa y ,pisando el área chica, quiso rematar bajo y cruzado, cuando la maldición de unos botines con los cordones desabrochados lo hizo perder el equilibrio.

Desesperado ante tanta mala suerte trato igual de estirar la pierna llevándose por delante la rodilla de ‘Batata” Constanzo que solo atino a agarrarse de la camiseta de su compañero Lucho “pata de palo” Benítez.

Este a su vez se tomo del delantero “montepla” Rigoberto que estiro los brazos tomando por el cuello a Fridman que había corrido desesperado a recuperar el balón y se prendió a la camiseta del mediocampista “falopa” Portal.

A esta reacción en cadena fue sumándose uno a uno todos los integrantes del clásico en un ballet disparatado y lamentable.

Los jugadores flameaban cual banderines en una kermés sosteniéndose unos a los otros formando figuras dantescas, arrastrando hasta al arbitro y los jueces de línea.

Esto duro algunos instantes hasta que el milagro ocurrió. Estando todos ensamblados, el primero de la fila comenzó literalmente a flotar.

Primero fue solo unas palmas a ras del suelo pero después fue tomando altura considerable en dirección al cielo. Uno tras otros comenzaban a elevarse por turnos de fila encaminándose a un éter diáfano que los iba albergando.

Los espectadores veian asombrados la hilera multicolor elevándose decidida, graciosa y si se quiere sublime, hacia el cielo.
Los cuerpos se volvieron figuras y las figuras puntos hasta que uno a uno fueron desapareciendo ante la majestuosidad de un cielorraso celeste.

Se hizo un silencio sepulcral por unos instantes, hasta que alguien de la platea comenzó tibiamente a cinchar a su equipo. Entonces comenzó el delirio: los cánticos se sucedían unos a otros confundiéndose entre ambos bandos. Las banderas flameaban más alto que nunca y las gargantas enronquecían de tanto cantar.

Esto duro hasta altas horas de la noche cuando la fuerza policial decidió intervenir desalojando el estadio.

Hubo después, es de público conocimiento, miles de reuniones para decidir quien había ganado: algunos optaban por dar vencedor al equipo que se había elevado primero y otros al que había pateado último.

Como sabrán se decidió dar el campeonato nulo declarando desierto el primer puesto.

De los veintidós jugadores y el cuerpo arbitral jamás se volvió a saber… solo algunas leyendas urbanas se dedican a seguir transmitiendo el interminable partido con un resultado aun incierto como todo destino celestial.

Celeste y blanca

Cohen, Lucas

Minuto ochenta y cuatro. Tensión y dramatismo. El estadio Azteca completamente en silencio. Toda la presión para el equipo argentino, que luego de ir ganando dos a cero se dejó empatar. Más por el coraje alemán que por el juego de éstos. La copa del mundo era ahora un sueño más lejano. Alargue y definición por penales. Pero entonces sucedió algo que cambió la historia.

Argentina recuperó la pelota por medio de Enrique. Éste se la entregó a Maradona. Los segundos se lentificaron. Todo el arte y la magia se hicieron fútbol. Diego la paró con la zurda en el centro del campo. La pelota quedó inmóvil, prepotente, alevosa. Oíd el ruido de rotas cadenas. Giró sobre sí mismo. Su mente ya había leído la jugada. No le hizo falta mirar a su compañero. Sabía que estaba allí y confiaba en él. Quedó de frente al terreno alemán. Su botín resplandeció al contacto con el balón. El público se puso de pie. La pelota rodó por el césped. Ningún adversario pudo detenerla. Libertad, libertad, libertad.

Burruchaga corrió en su búsqueda. Los corazones se paralizaron. Cada paso se hizo rezo y cada esperanza se hizo anhelo. Los defensores quedaron rezagados en la persecución. Todas las miradas estaban fijas en el delantero. En su soledad y en su presión. Juremos con gloria morir.

Salió entonces el arquero a su encuentro. Los ángulos se achicaron. Las ansias de convertirse en héroes los alentó en el silencio. El momento había llegado; todo por cuanto se había luchado: la soberbia de ser los mejores, la demostración de que no había sido casualidad, la alegría de la gente. Al gran pueblo argentino salud.

Acarició la pelota con el misticismo de los grandes y la fuerza de un país entero. Ésta se deslizó mansa, bajo los esfuerzos estériles de un arquero herido. La multitud expectante palpitaba el trayecto del esférico con destino de gloria. Sean eternos los laureles que supimos conseguir.

Pero entonces sucedió lo inesperado. El balón hizo impacto contra el parante derecho del arquero. La angustia brotó en los corazones latinos. La pelota salió rebotada. El partido seguía empatado. La definición se postergaba.

Y cuando ya la resignación agobiaba la mente y las lágrimas surcaban los rostros, como guiado por el orgullo nacional, con el pecho inflado de patriotismo y la boca llena de gol, entró a la carrera Valdano, quien definiendo sin eufemismos envió la pelota al cálido contacto de la red. Una vez más, Argentina campeón.

Me traicionó mi propio inconsciente

Berruezo, Alfredo

Te cuento que esto es casi una confesión. Me llamo Alfredo, tengo 65 años, nací en 21 de enero de 1944 y soy del Barrio de LA PATERNAL. Se que Eduardo Lazzari diría de Villa Mitre, porque nací en Nicasio Oroño al 1500, en el 1574 para ser mas exacto. Pero yo soy de LA PATERNAL. Ser de La Paternal es un orgullo y haber parado en Avda. San Martín y Juan B. Justo en la esquina de la gomería, ahora está Banco Santander Río, el orgullo se multiplica por dos y para seguir subiendo en la autoestima era socio del Club La Paternal, el de Fragata Sarmiento. Sabes una cosa cuando era chico nunca estaba seguro si Fragata Sarmiento era Fragata Presidente Sarmiento o Presidente Fragata Sarmiento. Ahora, después de tanto tiempo, me doy cuenta de que es más importante la fragata que el presidente, pero es tarde.

En aquellos tiempos era hincha de Argentinos Juniors, la Asociación Atlética, por parte de barrio e hincha de River por parte de padre. Siempre lo quise mucho a mi viejo, era el ejemplo de padre de todo el barrio, y no lo digo yo, lo decían y lo dicen mis amigos, que era un adelantado en eso de la paternidad. Obviamente cuando los bichitos subieron a la A me quedé con el de mi viejo. Me fui haciendo cada vez más y más hincha del más grande y obviamente cada día odiando más a los primos de los cuales tengo grandes amigos. Me conocen, los conozco, me quieren, los quiero pero son… ¡Qué va a ser! Nadie es perfecto, siempre digo: Lo más importante en la vida es que pierda Boca, el resto tiene solución. Quienes me conocen pueden certificarlo.

Mi berretín era ser jugador de fútbol y no lo podía lograr. Tal vez por ser medio tronquito o por no tener oportunidad, suerte que le dicen. Llegué hasta la quinta de Argentinos y allí se me terminó la carrera. Quería seguir en el fútbol y pensé en ser árbitro. Pero como te dije, soy muy, muy pero muy gallina, viste. Como me autotitulo EL GALLINA MAXIMO. Igual fui a estudiar de referí y me recibí y empecé a dirigir inferiores, pero justo en el primer partido me traicionó mi propio inconsciente. ¡Querés creer que me designan para dirigir RIVER y Boca! River de visitante. ¡Qué responsabilidad! ¿Cómo hacía para perjudicarlos y que nadie se diera cuenta? Partido chivo, la verdad ellos andaban un poco mejor, sólo un poco, sinceramente sólo un poco…

Siempre me consideré un tipo de suerte. ¡Querés creer que faltando un minuto uno de los centrales de ellos la para con la mano en el área! ¡PENAL! Y además bien cobrado, no podían decir nada. Vamos River carajo, pensé. Fue el principio del fin.

Pateó el nueve de River, con una calidad fenomenal, lo hizo tirar al clemente de ellos para un lado y se la puso de rastrón al otro palo. ¡GOLAZO! Y ahí me traicionó el inconsciente. Me saqué la camiseta negra y di la vuelta olímpica revoleándola junto con todos los chicos de RIVER. Menos mal que me defendieron, sino me cagaban a trompadas. Eso si, DE LA AFA ME RAJARON.

Sin versus

Lunideas

Voló como lo hizo la primera vez. La presencia de la hinchada no era más que las manos de su padre entregándole el balón verde, aquel balón de sus pinitos, de sus risas, de los ansiados juegos en familia. Su mágico balón.

Sin goles, sin espacios, sus pies vibraban junto al césped con mayor destreza, mientras su alma amanecía, al palmo de la brisa, una vez más. Era el juego. Su juego. Libertad.

Allá lejos…

Consalvo, Eddie

Hace mucho tiempo, exactamente en 1932, en el segundo año del profesionalismo, en la cancha de River Plate, de Avenida Alvear y Tagle, jugaron por el campeonato, el local, con aquel equipazo integrado por Alberto Cuello, el Juanca Iribarren, Carlos Barullo Peucelle, Carlos Santamaría, el Mulero Pedro Lago y la fiera Bernabé Ferreyra, contra el Estudiantes de La Plata con la inolvidable delantera de Los Profesores -Lauri, Scopelli, Zozaya, Nolo Ferreira y Guaita-.

El partido lo venía ganando River por 2-1. Cuando faltando pocos minutos para terminar el primer tiempo, Alberto Zozaya con impecable derechazo estrelló la pelota en el travesaño, Juan Poggi, el arquero de River, se quedó paralizado en la línea de gol. El estruendo del impacto contra el madero –entonces los arcos eran de madera- pareció aterrarlo. La pelota cayó, rebotó adentro del arco. Allí el guardavalla, tardíamente, embolsó el balón. El referí, un tal Vicente De Angelis, hizo señas que prosiguiera el juego, como si nada hubiera pasado.

Los once jugadores de Estudiantes se le fueron encima, el tumulto fue grande. Los hombres de River pretendían seguir jugando y los de La Plata reclamaban la convalidación del gol. Juan Poggi, con cara de angelito, mostraba la pelota entre sus manos como si eso fuera un testimonio inapelable.

De la tribuna llovieron proyectiles y De Angelis, acosado, dio por terminado el período, esperando que el intervalo arrimara mágicamente la calma. De todas maneras se fueron al vestuario con el resultado 2-1 a favor del equipo riverplatense.

Algo pasó durante el descanso. Discusiones, presiones, amenazas. Lo cierto es que al regresar al campo de juego el árbitro informó que el partido estaba empatado en dos tantos.

Un hincha de atrás del alambrado le gritó al arquero de River:

– ¡Che, Poggi!… ¿Cuándo te hicieron el segundo gol que no lo vi?

– ¡Y como lo vas a ver si me lo hicieron en la casilla!… – respondió con bronca el arquero.

Por entonces casilla, porque era una casilla, se le decía al vestuario.

A consecuencia de ese incidente los clubes -Riverplatenses y Pincharratas- rompieron relaciones.

Vicente De Angelis era un joven árbitro, había dirigido siete partidos de Primera División con aceptable corrección, el de River Plate-Estudiantes de La Plata fue el octavo, y el último. Resultó sancionado a perpetuidad.

“La culpa la tuvo ese idiota de Poggi -dicen que argumentaba el ex árbitro-. ¡Qué se tenía que meter a agarrar una pelota que no le correspondía!”.

Capote

Consalvo, Eddie

¿Adonde va la gente…?

A ver a Don Vicente…

La gente se mata

por ver a De la Mata

Hizo las inferiores en las huestes de los charruas rosarinos y con 17 años llegó a primera, jugó solo dos partidos y tuvo el honor de alistarse al lado del genial Gabino Sosa. Solamente con ese antecedente y su porfiada capacidad de gambeteador fue convocado para integrar la selección nacional para el torneo Sudamericano de 1937. En el partido final Argentina empató 0-0 con Brasil y en el equipo Nacional decidieron que para el alargue entrara en reemplazo de Pancho Varallo, el goleador de Boca que andaba con una rodilla bastante estrolada. Fue milagroso, Vicente de la Mata se hizo un festín con los brazucas, los mareó con su endemoniada habilidad y en pocos minutos convirtió dos goles. Argentina ganó 2-0 y se consagró campeón Sudamericano. Esa memorable actuación no pasó inadvertida e Independiente de Avellaneda lo adquirió a Central Córdoba de Rosario en treinta mil pesos. Con ese dinero el club de Gabino solucionó sus angustiantes problemas económicos.

Junto a Maril, Erico, Sastre y Zorrilla integraron una delantera inolvidable y fue campeón con Independiente 1938, 1939 y 1948; con la selección ganó el torneo Sudamericano del ’37, como queda dicho, y los de 1945 y 1946. Jugó para los Diablos Rojos hasta 1950 un total de 382 partidos y convirtió 152 goles.

Volvió a su Rosario natal y se incorporó a Newell’s Old Boys. Tenía intacta su capacidad para el dribling, pero sus piernas estaban laceradas por el mal trato de los zagueros recios, como los suelen denominar los periodistas deportivos. Jugó junto a Contini, Mardiza, Montaño y Ortigüela solo 23 partidos, convirtió un gol, silenciosamente hizo su valija y buscó refugio en su inolvidable Central Córdoba. (“Uno vuelve siempre / a los viejos sitios / donde amó la vida”. Dijo el poeta Armando Tejada Gómez)

– Si juegan tantos sifones como no voy a jugar yo- se dijo. Él llamaba sifones a los pataduras. Con los charruas de Rosario jugó de 1953 a 1955 un total de 80, partidos, conquistó 10 goles y su presencia fue un toque distinguido al fútbol de los sábados. Con 37 años se retiró del fútbol, volvió para ser técnico. Dirigió a Banfield, Deportivo Morón, Central Córdoba e Independiente. Pero eso no era lo suyo. Lo suyo era tener la pelota entre sus pies y bordar el césped con su habilidad inigualable, dejar en el camino a sus rivales, eludirlos como si fueran la malaria.

De él se decía que nunca nadie le vio hacer un pase o un gol sin antes gambetear por lo menos a dos jugadores adversarios.

Fue el protagonista de una jugada y un gol que los aficionados de paladar negro consideran una obra maestra insuperable, pero que al no existir el testimonio de la televisión o del cine, no puede exhibirse ni compararse. Con humildad el mismo De la Mata la relató de esta manera:

-… Fue el 12 de octubre de 1939. Jugamos contra River en el Monumental de Nuñez. Independiente ganó por 3 a 2. Fernando (Fernando Bello, arquero de Independiente) me la tiró con su mano derecha por lo bajo. Yo estaba ubicado casi como un defensor, en nuestro campo, detrás de la línea de la mitad de la cancha. Comencé a correr rápidamente hacia la izquierda y eludí por dos veces a Moreno y a Minella… Me salió a marcar Vassini y también lo pasé. Entonces ví que Santamaría venía a cruzarme fuerte y le toqué suavemente la pelota, sorprendiéndolo. Ya dentro del área me salió a marcar Cuello, a quien anulé tirando la pelota hacia adelante; le gané en velocidad, la alcancé y quedé solo para tocarla hacia el arco, cuando el arquero Sirne me tapaba el primer palo. Él pensó en el centro a Erico que estaba en el medio del área con el arco a su disposición, por eso se abrió un poco y yo la puse en el huevo entre el poste y su pierna derecha. Vino corriendo Antonio Sastre, me abrazó y me gritó: “¡Pibe…hiciste capote…!”. A partir de allí empezaron a llamarme Capote.