BOOGIE en la mina de gorras verdes

ZAF

Cinco p.m. hora del relevo.
– ¡“Aceite”! ¡Tráigame a esa mal cogida perra a mi oficina ahora mismo!- vociferó el General, dirigiendo su dedo hacia la joven que, semidesnuda se encontraba un tanto distante del resto de los subversivos.
Boogie la ojeó bien, lo suficiente. – A la orden,… mi general-, devolvió con su voz ronca.
Tomó a la muchacha del brazo derecho, con la mano que no cargaba el fusil, y la arrastró sin palabra hasta que ella comprendió que si no caminaba el infeliz le arrancaría la piel contra el piso. Golpeó la puerta.
– Adelante cabo-, respondió la voz.
– Déjela en el rincón y retírese-, adelantó el General fríamente-. ¡Y descanse su arma la próxima vez que se dirija a su superior, inepto! ¡Cinco sanciones y hoy hace doble turno!
– No se preocupe, no volverá a suceder-, y acribilló al viejo en la confortabilidad de su propio escritorio–. Ya vienen los otros perros-, murmuró y sonrió.

Sueles…

ZAF

Miraba sentado en el balcón, con el viento besándole la cara, y desparramándole los amotinados cabellos de un recién levantado.
Hacía el fondo de los edificios, del invisible cielo que detrás de esos gigantes se perdía, esperaba una respuesta, un poco de atención tal vez, como una devolución.
Levantó una pierna sobre la pared y la dejó colgando al vacio, amenizando la siesta de una pantera sobre los árboles. Se recostó y cerró los ojos.
Pensó una vez más en su vida, en sus certezas, en lo que quería. Una gota calló de su cien… cuando inclinó la cabeza hacia el costado… Miró.
A la misma profundidad que su altura respecto de la superficie del lago, Simba creyó ver a su padre… y se lanzó; para justo al llegar, ver como su reflejo copiaba la caída en sentido inverso, y al sentir la refrescante sensación del agua, darse cuenta de lo que eso significaba.
Nadó hasta la orilla y se fue caminando en paz, la llanura…