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Crónica García Márquez, Gabriel De la santa ignorancia deportiva Obra periodística I. Textos costeños Editorial Sudamericana
Con esta santa ignorancia de que me vanaglorio- entre muchas otras- en materia de fútbol, no puedo menos que confesar mis sentimientos de respeto por quienes se instalan en una gradería, desde las primeras horas y bajo un sol que ciertamente no debe tener nada de deportivo, a esperar que once caballeros vestidos de niños, se empeñen en demostrarles a otros once igualmente vestidos, que con las extremidades inferiores puede hacerse, en determinada circunstancias, mucho más de lo que habitualmente se hace con la cabeza. Tanto más profundo es mi respeto hacia los profesionales de ese fanatismo deportivo, cuanto más incapaz me siento de llegar alguna vez a descubrir el misterioso deseo de su entusiasmo. Más aún, si no fuera porque tengo noticias autorizadas de que el maestro León de Greiff es uno muy notable de los numerosos “hinchas” que actualmente tiene el país -un “hincha” con toda la barba y chambergo, además- y porque casi a diario tengo la satisfacción de leer a “Ulises” mencionando en su admirable sección a los jerarcas del fútbol con todos sus títulos nobiliarios, además de otros que el mismo “Ulises” se ha encargado de inventar; si no fuera, finalmente, porque todos los domingos en la tarde tengo que quedarme deambulando por estas calles del Señor, sólo porque mis más admirados amigos- cuya compostura mental respeto por encima de todo- se han ido a gritar de sincero entusiasmo en unas graderías, con tanta sinceridad como lo hicieron ante un poema de Rilke o una novela de William Faulkner; si no fuera por todos esos factores, digo, creería que los insípidos, los tontos, son los fanáticos deportivos. Sin embargo, después de lo dicho, no me queda un recurso más sensato que el de reconocer que los insípidos y los tontos somos los de este lado, los que nos estremecemos ante un programa de fútbol casi tanto como frente al proceso de una ecuación de segundo grado. Tanto matices tiene ese deporte que en nuestro país ha empezado a convertirse en una suculenta industria, que el último sábado asistieron siete mil personas al estadio de la Ciudad Universitaria, en Bogotá, sólo por presenciar el debut del árbitro inglés, Mr. Brenent Sindney, que- según entiendo- para los fanáticos capitalino significa casi tanto como si Virginia Woolf en persona fuera a desempeñarse de centro medio. La verdad es que la prensa, parece que Mr. Sindney ofreció un espectáculo poco común en nuestro medio. Un espectáculo de serenidad, de destreza, de ponderación, de suficiencia, de cortesía y de todos los demás adjetivos que usualmente se aplican a la gente culta del imperio británico. Sin embargo, al contrario de lo que yo hubiera podido imaginar, Mr. Sindney no salió a la grama vestido de frac, como era de suponer en un árbitro severamente inglés, sino con un traje de clásico corte deportivo, compuesto de un pantalón negro hasta las rodillas y una chaquetilla verde, lo que da a entender que el distinguido árbitro más parecía, en la vestimenta, un campesino escocés que un londinense de escuela. Sólo a diferencia del escocés, Mr. Sindney llevaba un pito en lugar de una gaita tradicional. Algún fanático me decía en una ocasión, gráficamente, que si Dante, en lugar de sentarse a escribir versos, hubiera entrado a formar parte del personal de los «Millonarios», Habría jugado como Pedernera. No lo dudo un solo instante. Por el contrario, me satisface y entusiasma que así sea, porque queda abierta la posibilidad de que el colegio de árbitros de Inglaterra nos envíe en próxima ocasión al lado de otros M. Sindney a nadie menos que a M. Bernard Shaw, con pantalones cortos y chaquetilla verde. |
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