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Entrevista Villafañe, Javier Exctracto de una entrevista realizada por María Esther Gilio para el suplemento Radar del diario Página 12
- Usted, en sus obras, habla a menudo de la muerte. Es una muerte que no asusta la suya, tal vez porque con ella se puede dialogar, y nosotros confiamos mucho en el diálogo.
- Sí. Yo creo que los uruguayos creen en el diálogo. Y está bien, hay que tener esa confianza. Mire lo que me pasó una vez. Yo estaba enfermo, muy enfermo, y tenía que morir porque me había atacado una terrible pulmonía. Entonces me dije: “Está bien, algún día tenía que morir, pero no todavía. Veamos qué hago”. El médico, muy amigo, venía tres o cuatro veces por día a verme. Buscaba un pretexto y venía, porque sabía que en cuanto él se diera vuelta, paf, yo me le iba. Se me ocurrió una cosa. Cuando él entró una de esas veces yo empecé a hablarle en voz muy muy alta, tan alta como si en un teatro debieran escucharme desde el paraíso. “Mirá, yo quiero salir de esto porque tengo que terminar un libro, y además tengo un contrato que cumplir dentro de cinco años”. “Sí, sí”, dijo él y le preguntó a mi compañera: “¿Qué le pasa a Javier, está sordo?”. “El tiene bien el oído, no está sordo”, dijo ella. Y él: “No sé, ha entrado en una cosa delirante”. Cuando ya se iba lo llamé: “Acercate”, le dije. “¿Sabés por qué te hablaba tan alto? Porque a lo mejor la muerte está escuchando. La muerte está detrás de todas las paredes, las puertas. Si me oye va a decir: ¿Cómo voy a llevarme a este viejo que tiene tantas cosas que hacer?”.
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