Zàs, Luis Alberto
No va a doler, no va a doler, lo repito una infinidad de veces como si al decirlo un manto mágico e invisible me protegiera del sufrimiento.
Los gritos que se escuchan pared por medio me impiden concentrarme y solo cuando cesan vuelvo a respirar.
Me miran, los miro y les digo NO TENGO NADA PARA DECIR.
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