Pavón, Manuel Arduino
Se comía las uñas sin parar.
Hasta las mangas cortas de la camisa.
Y cuando ya no tenía con qué agarrar los pedazos de carne y hueso, se comía la lengua (para no traicionarse jamás).
Y seguía comiendo lo poco que la vida le había puesto a su alcance.
No lo mató el hambre.
Lo mató el vómito.
Un vómito que se convirtió en una montaña fétida de materia orgánica,...