Gonz, Pablo
Sucedió una tarde de hojas arrastradas. Misael, el gaitero de mi pueblo, subió a la loma desde la que celebraba la vida y se puso a tocar como nunca. Todos en el bar nos miramos, sobre los dominós, mudos de repente. Pero sólo yo subí. Aún alcancé a ver la gaita, sobre la piedra, vaciándose tristemente por los roncones.
La saliva del tigre.20:13 Editores.
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