Guerrero y Capozzo

Chalco Vargas, Dante

La vida fue normal para ellos hasta que se encontraron en el agua y el agua los cobijó como si fueran dos gotas. Allí se explayaron, se divirtieron y lo tomaron en serio. Los hizo sudar el agua y el agua los liberó de su sudor. Sobre el agua iban y también venían sin cansarse de estar cansados, como presagiando que su cansancio iba a ser recompensado. Días fríos, aguas calientes, céfiros y ventiscas; dolores, certezas, dudas y chocolate caliente; tantas buenas cosas pasaron y malas también; pero siguieron yendo y viniendo, viniendo y yendo sin cansarse del cansancio porque podían descansar.

Cuando tuvieron que ser probados como par, la primera vez lo hicieron bien; la segunda, mejor; la tercera, mucho mejor; la cuarta, excelente; la quinta, extraordinario; la sexta, superlativo. Se vistieron de Argentina y a Helsinki se fueron y ahí, donde los pobres tienen yate, tuvieron que parapetar, con la ayuda de sus “enemigos”, su viejo bote pesado. Su séptima prueba era mundial. Botes al agua. En sus marcas-listos-ya. Los rusos, los franceses, los checos, uruguayos, el mundo quedó atrás. Gloria de Argentina y las medallas olímpicas de oro también. ¡Apoteósico! Gracias Capozzo y Gerrero.

El nacimiento del amor y la Patria

Fontaine, Julia

Eran dos adolecentes. Se habían conocido en una tertulia, donde mostraban sus habilidades para amenizar la reunión cantando y tocando algún noble instrumento. Y finalmente el baile en donde los sueños podrían hacerse realidad. El y ella se habrían mirado furtivamente, la complicidad en los ojos y en la sonrisa había encendido un sentimiento nuevo y oculto.

Muchísimas veces se vieron así. Siempre rodeados de gente. Hasta que él se animó, le mandó una esquela, para encontrarse el Viernes, en la Plaza del Cabildo.

Ella respondió: “Quizás”.

El se llenó de dudas.

Al fin llegó el día tan esperado, era la mañana del viernes 25 de Mayo de 1810, toda la ciudad estaba alterada, menos dos personas que ajenas a todo solo ansiaban el momento de encontrarse.

Él la buscó por toda la Plaza Mayor, tan llena de gente como nunca, tanta exaltación y alegría. No la encontró.

Pasaron varios días hasta que se enteró que la familia había vuelto a España, y seguramente no retornaría hasta que volviera a reinar la paz, y el Virreinato del Río de la Plata fuera un lugar confiable y tranquilo para vivir.

Estaba naciendo la Patria y había muerto un amor.

La Santa Federación

Negretti, Mirtha

Los cascos del caballo rompen el silencio de la tarde que ya cae. El suelo reseco parece abrirse más ante la desesperación del hombre.

Se escuchan los resuellos del animal, el mozo se apea frente al rancho, busca un cuenco, lo llena de agua y se lo acerca.

Gervasio lleva la ropa hecha andrajos, sangra, va hacia el catre donde su padre, viejo y enfermo lo mira con ojos desorbitados.

-¡Tata me siguen los colorao!, tengo que d’ irme del rancho, ¿sabe? no me pude aguantar, le grité a un perro de Rosas: ¡Qué se vaya al carajo la Santa Federación!

¡Y se armó la pelea!

-¡Mi guacho valiente! márchese nomás, no se me deje degoyar, de güenas se ha

salvao.

-¿Y usté tata qué hará?

-Yo, ya no estoy pa nada. ¡Váyase! y no regrese ni por tata ni por prienda.

Gervasio no sabe qué hacer.

-¡Obedezca mierda!- a media voz grita el padre.

El gaucho sale, monta su zaino, se le nubla la mirada, se aleja, se pierde entre los espinillos.

El ángel que hablaba Cacán

Poustis, Gladys

Estoy sólo, nadie me ve ni me escucha. Al abrir mis ojos veo miseria, hambre, enfermedad. Tengo heridas en mis pies, son la memoria de los más de 1000km que recorrieron mis antepasados para llegar a estas tierras, el frío y la lluvia aún azotan mi cara. Estoy parado en Avenida Zapiola, escucho que el Triunvirato extingue la reducción e igualan a los indios Quilmes con los demás ciudadanos. No entiendo.

De pronto, una mujer embarazada se acercó, se tomaba el vientre con las manos, la angustia se dibujaba en su cara. Vestía ropa muy pobre y estaba descalza, respiró profundo y me regaló una sonrisa. Un mapa estaba tatuado en su espalda, el mismo proyectaba imágenes que salían de sus escápulas, miedos, tierras heladas, luchas desiguales, un pueblo tratando de elegir, hombres dignos y traidores.

De sus senos agrietados escapaban gotas de esperanza para alimentar a millones de almas. Estaba a punto de parir un sueño, y la quise ayudar, al fin al cabo soy un ángel. Lloró al mirarme a los ojos, supe que era uno de sus grandes dolores, oí el canto de un pueblo que quiere paz e igualdad. Me pidió perdón, era la Patria.

Treinta de octubre

Agamennoni, Osvaldo

Salió en silencio de su casa, con treinta años cansados pero con la certeza de saber lo que iba a hacer. En el camino, los recuerdos comenzaron a aflorarle. La sirena desgarrando la fría madrugada, el silencio posterior, esa terrible quietud… esa nada congelada. Un arma apuntándole y el tiempo detenido. La respiración agitada como única y ensordecedora alteración, luego contenida. El ruido de sus pasos en las baldosas esfumó las imágenes.

Entró al edificio atiborrado de personas al que antes ya había entrado, con sentimientos parecidos, pero recuerdos distintos. Palpó el documento en el bolsillo. Mientras aguardaba en la fila volvieron las imágenes, incontrolables. Su cerebro desangraba, su alma se vaciaba, su espíritu se sosegaba. A su tiempo entró al cuarto, buscó ansiosamente lo que buscaba, lo puso en un sobre; salió rápidamente. Ya lo había hecho antes, pero ahora era distinto. Mientras ponía el sobre en la urna rogó, al silencio de su propio ser, nunca más sentir ese miedo.

Salió otras veces en silencio de su casa, con otros miedos, rumbo al mismo lugar, volviendo a rogar por otros nunca más, pero nunca volvió a hacerlo con la seguridad del aquel treinta de octubre.

Niña de 200 mayos

Sanguino, Ricardo

Caminó por la Plaza con los ojos muy asombrados.

Venía de lejos.

De unos doscientos años de distancia.

Escapada de una lámina de Billiken, su cara mezclaba las típicas sonrisas de un niño con las más profundas arrugas de quien ha pasado por mucho pasado.

Buscó entre sus ropas y sacó unas cintas coloradas y blancas.

Un par de patriotas se las había regalado como símbolo de la unión y la lucha.

Secó sus lágrimas, apretó las cintas, y las dejó caer sobre una de las tantas veredas tan bien curtidas por el Cabildo.

Paseó su historia por los lugares que la vieron nacer.

Mostró su cara de niña arrugada.

Sonrió y lloró.

Entonces se perdió entre los chicos que agitaban banderas de plástico.

Al fin, pasó.

Y volverá a pasar.

El acto

Franco, Silvia Graciela

La niña no puede dormir. Piensa. Su papel en la obra escrita para ellos por la maestra… Carmencita… Tenía que ponerse en la piel de la pequeña Carmencita. Y San Martín era justo él, Daniel, su amor imposible. ¡Y si se olvidaba de las líneas por los nervios! Todos estarían mirándola fijamente, esperando el momento en que con ojos suplicantes, le dijera, “mi Coronel, las damas mendocinas están donando sus joyas para la causa de la independencia…”

La niña aprieta con sus manos la medallita que le cuelga del cuello… “era de mi madre; ella murió, pero yo quiero dársela, para la patria…” y piensa en los ojos de Daniel, el Coronel, al fin posándose sobre ella, para mirarla como jamás antes lo hiciera. ¿Y si él descubría su amor? Ese amor no correspondido y puro de la infancia. “¡Mi coronel, por favor acéptela, así podré sentir que yo también di algo por la patria! Mamita estaría contenta, se lo aseguro…”

Entonces brotaría un llanto silencioso dentro de su alma, y las lágrimas escaparían rodando por sus mejillas. No sería difícil.

Luego le entregaría la cadenita de oro y San Martín, conmovido, comprendería que su sacrificio no sería en vano.

Octubre

García, Guillermo

El puente sigue levantado mientras la gente comienza a agolparse del lado de acá.

El puente levantado… ¿te acordás, Viejo? Hace ya quince años. Todavía te veo, la tarde previa, cuando le contabas a mi asombro de cinco años acerca del barco, el mar infinito, sus tormentas y luego la fábrica, las injusticias, las huelgas y esas otras tormentas… Al otro día, aquel 12 de julio del treinta, mientras yo todavía dormía, fuiste uno de los cincuenta y seis que, acá mismo, encontraron su destino. Sólo nos quedó de vos tu nombre -mal escrito- en alguna página de Crítica que los ojos arrasados de la Vieja se negaron a leer. ¡Si habré soñado, dormido y despierto, con ese momento!… La niebla helada, la inmóvil caída del tranvía, el estrépito acuoso colándose por las ventanillas, los cuerpos mudos… ¡Cruzaste tanto mar y no le pudiste ganar al Riachuelo!

El puente todavía permanece levantado pero la multitud ahora impresiona. ¿De dónde salieron? Casi sin querer busco tu cara entre los rostros. Sé que vos hubieras estado aquí. Y así te imagino. Hoy. Ahora. Conmigo. Con todos.

El puente, lento, comienza a bajar…

Cruzamos… Ahora sí… Cruzamos.

Goose Green

García, Guillermo

Anoche volví a soñar con vos. Pero no fue como siempre. ¿Te acordás aquella tarde, de pibes, en el estero? Te ahogabas y yo no dudé. Tampoco vos dudaste muchos años después, allá en las islas. “Vayan- nos dijiste-. Vayan que los cubro”. Los otros me arrastraban, yo gritaba como loco, las piernas llenas de frío y esquirlas… Y ahí te divisé por última vez, entre llovizna y lágrimas, en el refugio de la loma, frente a la playa.

¡Pero que puntería, hermanito! ¡Y mirá que los inglesitos no eran ningunos giles! El grupo corrió y corrió y tu fusil -uno, dos, tres, uno, dos, tres- parecía que nos marcaba el paso. ¿A cuántos habrás bajado? Debieron ser varios, ¿a qué si no esos dos aviones y tantas explosiones por un solo tipo?

Anoche volví a soñar con vos. Pero no fue como siempre: sonreías.

Aquel sábado penoso

Rodríguez, Dardo Justino

Un cuento de Andalén Ulmén, escribidor y zeneize

Se levantó temprano esa mañana. Era sábado y debía “hacer el día” antes de rumbear para la cancha. Cuatro mates excesivamente dulces y un pedazo de galleta bajaron hasta su estómago para ayudarle a pasar el madrugón. Si las lustradas eran suficientes, se podría dar el lujo de un par de choripanes y una gaseosa antes del partido.

El colectivo, repleto, lo vomitó en la recova. Retiró su cajoncito de la pizzería donde siempre lo guardaba y, una vez acomodado en la vereda, le dio fuerte al cepillo y la pomada.

Era mediodía cuando, guardadas nuevamente sus herramientas de trabajo, con los pesos en un bolsillo del vaquero desteñido y la entrada a la cancha en el otro, se decidió por el subte para llegar al estadio de los verdes. Su equipo, el de los santos, los otrora matadores, se jugaba una carta brava con los bichos colorados. El ganador permanecería en primera, mientras que al perdedor lo esperaban allá abajo, en la B, para jugar los sábados por la tarde.

Al darse cuenta de que ese día era sábado, un estremecimiento (pero muy, muy fugaz) le recorrió la espalda. ¿No sería una premonición esta fecha adelantada?

Los tablones de los verdes, los mismos que alguna vez cobijaran la pasión azul y oro, allá en la costa del Riachuelo, ya estaban llenos de gente. En ambos lados la esperanza latía fuertemente, pero uno de los dos saldría derrotado.

Todavía no había comenzado el partido, cuando ya estaba ronco de tanto vociferar. En el entretiempo, con el cero a cero y un penal errado, el presentimiento del subte lo ganó por un instante, pero lo espantó dándole fuerte al bombo de un vecino de tablón, que, cansado, miraba el cielo, tendido de espaldas sobre los maderos.

El penal acertado de los bichos fue un baldazo de agua helada para él y sus compañeros de tribuna, y la pitada final del árbitro los encontró mudos, aturdidos, sin fuerzas ni tan siquiera para gritar la impotencia de la derrota.

La opresión del pecho y la flojedad de las piernas le impidieron bajar las gradas. Nadie se movía de este lado, aunque el otro reventaba en un reverberar de rojos, gritos y cánticos de alegría. Tarde ya, con los tablones semivacíos, comenzó a bajar. Salió de la cancha y se fue caminando. No tenía ánimos ni para subirse a un colectivo. Los ojos le ardían y la opresión del pecho le subía por la garganta, pero no eran lágrimas, ¡no podían serlo!, porque un hombre de doce años no llora, aunque el mundo se le desplome encima.

Siguió caminando en soledad, rumbo a Boedo, mientras dos goterones salobres corrían, impertinentes, por sus mejillas.