El abrazo de los libros

Ana Raquel Cabanillas

Abrazo tanto por ocio, que pobló su soledad de abrazos vacíos…

Ahora solos, ella y yo, en silencio, en otro tiempo y otro espacio, para mitigar este… Venga Soledad, que la abrazo un poco!

Viaje

Mónica Landolfi

Abrió con su barco un brazo del río ese día.

¡Abracadabra! – dijo y avanzó por la senda ocre que lo llenó de brío.

El Alba

Fernando Andrés Puga

El diablo entró en la alcoba. Ella dormía. Con un lazo le ató el brazo derecho al respaldo. Mordió su codo. Le tapó la boca con odio hasta hacerle sangrar el labio inferior. Se abrió paso y llegó hasta su cadera. Cabalgó como un barco sobre olas bravías. Ella se sacudía y, mientras él le invadía la cola, quiso gritar. Él le susurró chanchadas al oído y el lebrel que lo acompañaba se acercó hasta el vientre de ella. Ladró. Movió el rabo. Se ve que le gustó el sabor de la loba que a punto estuvo de morir. La salvó el timbre. Culpa del olor que atrajo a los vecinos.

El color del alba

Octavio Belardinelli

Zoilo, el edil, lideraba el baile del barrio.

Iba calzado.

Liaba, libaba, calaba a Zoraida.

Ella era árabe.

Delicada, cara de cielo, bailaba libre.

Zoilo la alababa, le dedicaba el lirio, la dalia, el alelí.

Zoraida reía, azorada.

Él la rodeaba, la abrazaba.

Ella caía.

Clareaba el alba.

Al lado de la cerca, el caballo.

La calle de barro, la acacia, el río, el zorzal, el llano.

El ardor de Zoilo.

El delirio de Zoraida.

El baile

Lito Ecram

Caro lío el de Zoilo, o Él Zócalo”, en el baile de Areco. Al borde del abrazo, el brazo de él roza la cola de la bella, la rica, la adorable Clara.

–¡Lelo! –dice ella, colorada.

Él cobra: recibe caderazo al bazo, codazo a la cara. Cae el licor.

–¡Loca! –dice él. Le da el balazo.

El cielo brilla, él llora

Días de ocio

María del Carmen Allegrone

El Zoilo obró con odio, le dio en el rabo con el lazo, la bola de acero debió doler porque mi cabra Edel cayó en el lodo. Zoilo le robó su lana lacia.

-¡No debí dar la vuelta, no debí ! Labro una manta con dalias y rocío para mi cabra Edel, mi delicia.  Rezo al loado del cielo para que la cobra le de un abrazo con todos sus bríos al Zoilo, el día de su boda.

Era mi cabra Edel, la que cayó en el lodo por el lazo del Zoilo. La abrazo, la alacio, siento su dolor.

-¡No debí dar la vuelta, no debí!

Es mi día de ocio!,  dijo la cobra, si he de abrazar en mi día de ocio, para esta obra mi cobro será mayor.

Seducción

Beto Monte Ros

En el bar, mientras bebe una birra, con el rabillo del ojo Roco mira a la chica que, un poco alocada, baila con brío. Es muy bella, rebela una recia cadera. Él que es un diablillo, un tanto alborozado elabora un ardid: se acerca a la radio, aborda a la joven y decidido le dedica un bolero.  La invita a bailar, ella accede. Como un caballero la recibe en el brazo, y con delicadeza la abarca. Su cuerpo libera un olor a cedro que recorre el local, ladea la cabeza y ríe, él acaricia su cabello, no se acobarda, ya lo había ideado, roza su labio y le roba un beso.

Celo

Beto Monte Ros

A Carola,  la rabia le caló el cerebro. Erizada de odio abrió la boca y colérica lanzó un alarido. Aida le dice: “al doblar el recodo de la calle, vi a Báez con Adela del brazo”.  Ella se calla, y mientras con el dedo se riza el cabello, elabora una idea y decide: coge brécol, calabaza, cebolla; la echa al caldero y lo coloca en la estufa. La cara le arde, abre una cidra y espera que él traiga la cabeza, para aderezar un rico caldo que le acabe su ira.

A-parejos

Patricia Nasello

—Ajustame bien la bridadice.

La experiencia indica no preguntar, entonces, permito que mi mano recorra la suavidad de su cintura y mantengo la posición, el lazo recién inaugurado.

No recuerdo su nombre y tampoco importa, el bar donde nos conocimos ahora parece un sueño, la única realidad es el claroscuro de esta habitación y nuestra ropa en el suelo.

Su lengua entra como un balazo en mi boca.

—Ajustá más —murmura luego en mi oído.

Loco por alcanzar la tierra fértil que oculta su broza, ciño cuanto puedo el abrazo.

—No es suficiente —declara apartándose de pronto, más fría que el hielo. Y para mi enorme sorpresa da media vuelta, me amaga una coz y se marcha al trote.

Carla, creo que se llama Carla.

Despedida

Alejandra Bustamante

Por azar rocé su brazo en el momento de la despedida. El arco perfecto de su boca se torció. El pelo lacio y ralo fue tornándose ocre a medida que se alejaba.

Loca de dolor lo vi  junto al barco que se lo llevaría. Me pregunté si en verdad existe algún dios que cobra a los mortales por sus malas acciones.

Abracé un árbol desnudo para tomar ímpetu, coloqué la bala en el cargador y disparé.