Vista privilegiada

Francka, Camilo

Él era el mejor, por lejos. Un libro de fútbol a corazón abierto. Mirar un partido a su lado te enseñaba a valorar este deporte de otra manera (para bien o para mal, depende de cómo lo tomara cada uno). Sus conceptos y sus análisis resultaban precisos, y a fin de cuentas sacabas un sinfín de argumentos en limpio (para bien o para mal, depende de cómo lo tomara cada uno). Incluso, en más de una oportunidad, se lo vio en el entrenamiento de su club explicándole al centrodelantero cómo tenía que definir.

“¿Te das cuenta? Éste pibe no puede jugar ni a la bolita. Yo, en su lugar, la mandaba a guardar…”, le repetía una y otra vez a su “ayudante de campo”. Desde su posición siempre veía al jugador mejor ubicado. Tenía un panorama del campo de juego que era sorprendente, además, si era necesario, le reprochaba al que llevaba la pelota porque en alguna circunstancia no habilitaba al que aparecía libre.

¿Y a los defensores? Los vivía reprobando: “Salí del fondo que habilitas a medio mundo”, gritaba al borde del ataque cardíaco. Y levantaba la mano para indicar que el 9 rival estaba solo. Eso sí: ordenaba a todos y era la voz de mando, pero nunca pudo hacer un gol de cabeza.

Sabía más que el director técnico, hasta sugería los once titulares y los siete suplentes. Y ni que hablar de los cambios para el segundo tiempo. En ese rubro decía que jamás fallaba con el pronóstico. También criticaba las incorporaciones que se hacían y lloraba por los que habían sido vendidos, según su punto de vista en un precio bajo.

Contra los árbitros descargaba toda la furia. Eran el blanco perfecto, la excusa factible cuando las cosas no salían. Si el encargado de impartir justicia sancionaba penal en contra, por más que haya sido clarito, igual no maquillaba su descontento. Una vez me contaron que a la salida del estadio, declaró: “Es una vergüenza lo que nos están haciendo. Está arreglado, viejo”. Lo que a todos nos llamó la atención es que nunca lo expulsaron después de tanta protesta.

“Meté el culo atrás porque te comen las espaldas”, le rezaba al volante central. Su concepción futbolística indicaba que el juego por el medio consistía en recuperar rápido y tocar de primera. Y si eso no ocurría, se lo hacía sentir a los muchachos.

Los que lo vieron aseguran que poseía condiciones que lo catapultaban por sobre el resto. Un fenómeno.

Era el mejor… Lástima que nunca se haya dedicado a jugar al fútbol profesionalmente. Claro, era más fácil observar desde la platea…

Entrenadores

Otero, Alejandro

Hay entrenadores defensivos, ofensivos y grises. Técnicos complicados y simples. Hay autoritarios, profesores, que enseñan con la palabra y sin el látigo, y otros que usan el látigo para gritar en vez de hablar.

Están los contragolpean y los que presionan. Están los que se paran en campo contrario y los que juegan en el mismo. Están los que esperan el error rival y los que provocan el error del contrario. Están los que a sus equipos los paran cerca de su arco; los que lo hacen en tres cuartos de cancha y los que presionan a partir de los delanteros. Están los que entienden el juego y sus equipos son cortos y los que se creen que saben y sus equipos son de 80 metros.

Están los que se la creen y los que a pesar de ser exitosos buscan no relajarse. Están los que creen que es un deporte físico y los que creen que es un deporte con pelota. Están los que creen que la pelota es más rápida que el jugador y los que piensan que el jugador es más veloz. Están los que pueblan el mediocampo de picapiedras y los que lo llenan de “jugones”. Están los que juegan con un delantero, con dos y los que juegan con un tridente.

Están los valientes, los cautelosos y los miedosos. Están los que usan la pelota parada como sistema y los que la usan como recurso. Están los entrenadores que a sus equipos les rebota el balón, los que carecen de funcionamiento colectivo y la trasladan y los que son una sinfónica y juegan a uno o dos toques. Están los que creen que este es un deporte de velocidad y otros que es un juego de velocidades.

Están los entrenadores que piensan que el jugador más rápido es el que corre y otros que es el pensante.
Y están los lectores que llevan un entrenador adentro y leen esto y se imaginan diversos directores técnicos o jugadores que encajen en cada adjetivo citado o los que simplemente lo leen sin soñar.

La rabona

Alcazar, Sergio

Tincho era partidario de hacer siempre un firulete de mas, en la cancha se esforzaba por impresionar a todos con alguna jugada que provocara un gesto de admiración en la gente, lo llenaba de profunda felicidad ese contacto inusual que había conseguido entablar con la pelota, dentro de su cuidado arsenal de virtudes futboleras, la rabona era sin lugar a dudas, su especialidad.

La realizaba con una naturalidad tal, que era común verlo tirarla tanto dentro de su área como cerca del arco contrario, era una característica que lo diferenciaba del resto, conviene decirlo, esto le causo mas de un dolor de cabeza, debido a las reprimendas recibidas por los técnicos de turno que entendían que ese lujo no aportaba demasiado para conseguir una victoria.

Pero lejos de amilanarse, se agrandaba y lo motivaba a seguir intentándola sin importarle demasiado sus consecuencias, lo cual era bien recibido por las multitudes que solían juntarse en las canchas en donde daba sus conciertos de gran malabarista.

Era todo un acontecimiento para la humilde barriada de Saladillo estar presente cuando jugaba, desde temprano, los domingos cuando había torneo, era incesante el peregrinar de vecinos hacia el potrero lindante a las vías del ferrocarril.

Así fueron sucediéndose sus hazañas, semana tras semana, partido tras partido, con Tincho siendo exclusivo protagonista, principal responsable de los suspiros que por doquier se generaban debido a las acrobacias que regalaba con una facilidad increíble, todos esperaban las rabonas, la mejor parte de su repertorio y mas de uno en un exceso de simpatía por esa habilidad se animo a compararlo con el Bichi Borghi que por ese momento la rompía en el bicho de la Paternal y que tenia a ese gesto técnico como sello distintivo de su juego.

Pero la vida le tenia preparada una artera trampa a sus traviesas cabriolas, un buen día “el sargento” Barbieri se hizo cargo del equipo en donde jugaba, hacia honor a su apodo por la rectitud que intentaba imponer entre sus dirigidos, para el DT de los “Guerreros del Parque” el futbol era tan importante como las notas que sacaban sus jugadores en la Escuela.

Tales nuevas imposiciones fueron un problema para Tincho, un atorrante sin cura. tanto en la cancha como en la escuela, lugar en el mundo que no le agradaba demasiado, al cual solo asistía más que nada por darle el gusto a su vieja y para evitarle una gran amargura.

Las diferencias con el entrenador se convirtieron en insalvables, su libreta de calificaciones, un castigo, pero lo que en realidad condenaba a Tincho eran sus inasistencias a clases, las que siempre trataba de justificar con impensadas razones.

Una tarde a Barbieri le llegaron rumores sobre sus continuas fugas del colegio y decidió darle un ejemplar escarmiento, no lo tuvo en cuenta para el partido contra los temibles “Leones de Tablada”, en la final del campeonato, en disputa la gloria o el destierro, un verdadero clásico para populosa zona sur de Rosario, ese cotejo lo encontró ausente, los caprichos del destino trabajan de manera muy misteriosa y grande su mala suerte, sino como entender lo que le sucedió, que justo a el, al que tan bien le salía, lo vino a dejar afuera “la rabona”.

Esa pasión que me devora

Camaca

Un beso, una caricia y la pasión que estalla, que enciende las luces en el cielo. Una batalla, piel a piel, que se intensifica a cada instante, que no da tregua ni respiro, que no cesa. Arenas ardientes cabalgata loca hasta quedar sin aliento casi…

Una y otra vez nos amarramos, giramos y cuando están a punto de estallar los sentidos, salto como un resorte en la cama, me incorporo, preso de esa pasión que me devora y se lo digo a mi compañera, a mi amiga, al amor de mi vida, sin más vuelta, algo que me quedó atragantado desde anoche a las 23.05, para ser más exacto….¡fue penal!, la jugada en la hora, ¡ fue penal!, y el maldito árbitro no lo cobró…

Me va a tener que acompañar

Rodríguez, Ricardo Antonio

De pibe iba a la cancha. La cancha de mi Club, piso de tierra, pero muy parejo, eso si. La nuestra era una de las mejores canchas de la zona. Cuando llovía, porque por aquel entonces llovía, no se juntaba nada de agua. Cuarenta, cincuenta milímetros el sábado, y el domingo se jugaba sin ningún problema.

Corrían los años de los torneos “relámpagos”. Se reunían cuatro, seis u ocho equipos una tarde de domingo en cualquier cancha de la zona, se armaba por sorteo el orden de los partidos y arrancaba el campeonato. Era por eliminación y en caso de empate se definía por tiros libres, desde la puerta del área grande, el pateador elegía el lugar donde poner la pelota y desde allí “ejecutaba” al arquero.

De tardecita, a veces con poca luz, ya que el sol empezaba a despedirse lentamente, se jugaba la final.

La gente, dispuesta alrededor del rectángulo de juego, sin más obstáculo que una mera baranda de madera, pero conservando su lugar, sin pensar en invadir en ningún momento, salvo que la situación lo amerite.

Esta no iba a ser una tarde de domingo más. Éramos locales, los nuestros estaban confiados. Se sentían candidatos a quedarse con la copa. Ese día se juntaron cuatro equipos. En el primer partido los dueños de casa vapulearon a los de Villa Alba por cuatro a cero. Tres goles del Negro Lezcano y el último, de penal, lo convirtió el capitán “Juancho” Amenábar.

¡Qué goleador Lezcano! Dentro de las dieciocho era inapelable. No perdonaba el Negro. Tipo vivo como pocos. Sacaba ventajas del error más pequeño del rival.

En el segundo partido se enfrentaban los de La Colonia con los empleados del ferrocarril de un pueblo vecino, que se estaban agrupando para dar vida, unos años después, al Deportivo Anglo Argentino.

Ganaron los de La Colonia 4 a 2, equipo fuerte, duro, el 9, el ruso Schmidt, medía como dos metros. Todos trabajadores del campo. Se entrenaban hombreando bolsas.

Y así llegó la final. El local frente a La Colonia. El Negro Lezcano se tenía una fe bárbara. Pero el encuentro se hizo muy parejo. Pasaban los minutos y el marcador seguía en blanco. Hasta que, sobre la media hora del segundo tiempo, en una de las pocas llegadas de La Colonia, se escapó el ocho de ellos, gambeteó a Amenábar, y cuando el pelado Corcuera, nuestro arquero, dio un paso para tratar de achicar el ángulo de tiro, se la pasó al ruso Schmidt que sacudió un latigazo y la pelota se fue a meter pegadita al palo izquierdo. Gol de La Colonia. Fue un instante de silencio absoluto, que solo se rompió con el grito de gol del nueve y sus compañeros, y algunos pocos que habían venido en un camión destartalado, siguiendo a los visitantes.

Se cuenta que caminando para la mitad de la cancha, el Negro Lezcano, pelota bajo el brazo, se le acercó al referí y por lo bajo le dijo: -Hasta que no empatemos no lo terminás eh- El árbitro, había venido de Bahía, andaba de paso visitando unos parientes y aprovechaba la tarde para hacerse unos manguitos. Se sabía que allá en la ciudad era referí, lo que no sabía que era de esos que “no se casan con nadie” –Juegue- ordenó, y siguió el partido. Los grandotes de La Colonia, todos atrás y los nuestros a la carga barracas! El arquero de ellos parecía agigantarse, le pegaban por todos lados, una en el palo, otra apenas afuera, los minutos pasaban, iban 43, parecía que se nos escapaba.

Hasta que la agarró el petiso Díaz, ligero el petiso, se escapó por la derecha y mandó un centro que era un poema, combado, perfecto, justo al corazón del área, el full back que duda, el arquero no sale, y allí estaba Lezcano, saboreándose esperando la pelota, la bajó, la acomodó, se disponía a rematar…. cuando siente desde atrás un golpe duro que lo desparrama por el área. Penal!!! Gritaron todos. Penal!!! Vociferó el Negro mirando al referí. El encargado de impartir justicia, realizando el clásico ademán con los brazos, expresó: siga…. siga…. -Como siga, siga, estás loco, estás- exclamó el Negro desesperado. -No viste el golpe que me pegaron?- agregó haciendo señas ampulosas que se vieron desde el arco de enfrente. –¡No serás tan hijuna gran puta de no cobrar penal!- recalcó. El bahiense, imperturbable, frío como el mármol, se quedó plantado en la media luna, ante el estupor generalizado y los insultos recibidos desde afuera y desde adentro de la cancha, sentenció:

-Lezcano se va para afuera, está expulsado- extendiendo su brazo derecho y señalando con el dedo índice, el sector local.

–¿Cómo que lo echás?- gritó el capitán Amenábar

–¿Estás loco vos? Mirá que de acá no salís vivo eh!- agregó para tratar de amedrentar al portador del silbato. Pero éste, lejos de arrugar, repitió: -Lezcano se va o no sigo el partido- Los nuestros, en la desesperación, viendo que los minutos se esfumaban y se nos iba el partido, apuraron el trámite.

–Dale Negro, dejáte de joder, anda para afuera así seguimos jugando- fue el reclamo casi unánime, pensando que el árbitro en algún momento iba a aflojar y adicionar varios minutos. Le erraron fiero, porque el arquero sacó desde el área un fuerte y alto pelotazo y cuando el esférico pasaba de un campo a otro el silbato del referí se escuchó tres veces, sentenciando el final y la derrota.

El negro Lezcano, todavía refunfuñando, estaba juntando su ropa. Se colocó el capote y se puso la gorra chata, azul, con el escudo nacional de bronce en el frente, y se acodó en la baranda. Se le oyó decir – Vos me echaste hijuna gran perra. Ahora vas a ver!- y cuando el referí se acercó a donde el Negro estaba esperándolo, éste emitió la frase que tantas veces había dicho en procedimientos policiales:

– ¡Señor árbitro, disculpe,…. me va a tener que acompañar! –

Y ahí salieron los dos. El referí y Lezcano. El árbitro sin entender porqué se lo estaban llevando, de última no había visto un penal grande como una casa y nos había echado un jugador, creía que no era para tanto, pero claro cómo iba a pensar que ese jugador que había expulsado, el goleador, el ídolo nuestro, era ni más ni menos que el Comisario del pueblo, Obdulio “el negro” Lezcano.

Y Lezcano que lo llevaba agarrado de un brazo, con el capote sobre los hombros, la gorra chata, azul, con el escudo al frente… pantalón corto y botines, repetía: -yo te voy a dar…. echarme a mi-

Ante la mirada atónita de todos los presentes, ahí iban los dos, caminado, rumbo…. a la Comisaría.

Cagones

Mancilla, Eduardo

Enfrente estaba el equipo imbatible del campeonato, con sus grandes hazañas y hombres insuperables. Debíamos extremar los recursos, formamos dos líneas de cinco defensores, nos colgamos del travesaño todo el partido, tiramos la pelota a la tribuna ni bien podíamos tocarla, fingimos lesiones hasta la exasperación, intentamos sobornar al árbitro con alguna hermana bien dispuesta. Incluso, antes del partido, hablamos con una curandera que leía el agua, finalmente, caímos derrotados por el único lado vulnerable: el miedo.

Félix Sánchez “Súper Félix”

Queipo Rodríguez, Antonio

El verano de 2004 lo pasé en República Dominicana con unos amigos. En La Española oímos hablar por primera vez de teléfonos tribanda y comprobamos cuánto tarda un celular en llenarse la barriga de energía a 125 voltios. Pero sobre todo descubrimos que de la cultura que viajó en las carabelas hace quinientos años a ese espejismo de primer mundo que venden los touroperadores queda poco más que el idioma que compartimos.

El viaje de ida coincidía con la primera fecha del Campeonato Nacional de Liga en Primera División. Echaba a andar en San Mamés el Barcelona de Rijkaard bajo la batuta de Deco y Ronaldinho, pero por más que buceamos en la interminable lista de canales de televisión por cable, fue imposible dar con una sóla que emitiera el partido en directo. Porque allí los chiquillos no saben de patear costuras hexagonales y nombres como Messi o Maradona les suenan a chino mandarín.

Los pequeños quieren ser como Alex Rodríguez, la tercera base de los Yankees de Nueva York que tiene la mejor marca de “jonrones” de las Grandes Ligas, y por eso es común encontrarlos en cualquier arrabal golpeando con todo el alma piedras o latas de refresco con trozos de madera o hierros oxidados. Cuando apenas levantan un palmo del suelo ya sueñan con cruzar el Golfo de México con un contrato de quince millones de dólares por temporada y que su retrato publicite Pepsi en los enormes cartelones de la capital Santo Domingo.

Pero cuando la venda se nos cayó definitivamente de los ojos fue en la madrugada del 26 de agosto. Entonces nos dimos cuenta de que hay gente en el mundo que no lleva sangre futbolera en las venas. Ese día el país se paró ante los televisores para ver a un atleta escribir la página más gloriosa en la historia de la isla. Félix Sánchez, “Súper Félix”, voló sobre las diez vallas del cuatrocientos de Atenas para colgarse al cuello la medalla de oro de los Juegos Olímpicos.

Hoy, casi cinco años después, ese hombre que llenó de ilusión los estómagos vacíos de una nación que camina a trompicones entre el segundo y el tercer mundo, hizo último en los Campeonatos del Mundo de Berlín. En la misma pista en la que Jesse Owens puso en jaque la utopía racial de un austriaco extrañamente iluminado, Súper Félix hizo el único borrón en una hoja de servicios intachable.
A mí me da lo mismo. Aquella madrugada de agosto, con una cerveza Presidente en la mano, decidí que aquel tipo sería para siempre mi súper héroe favorito.

El fútbol también tiene tercer tiempo

Brisco, Lucas

Y… ese empate nos mandó al descenso, no hubo Dios que nos salve. ¡Qué tristeza! Veinte años jugando en el campeonato interno del club y siempre escuchando elogios de nuestro equipo: campeones, subcampeones, goleador, juego limpio y que se yo cuantas cosas más.

Hoy por los pasillos y los vestuarios del club, lo único que se escucha es “descendieron los pibes del Biarritz”. Y también se escuchan los presagios pesimistas de los dueños del “yo te dijismo”, afirmaciones como… “te dije que tenían que pasar a veteranos”, “en libres los pibes los comen”, “los últimos minutos no pueden mover las patas”, “sin arquero no pueden encarar un campeonato”, “eran malos hace veinte años imaginate ahora”, “los quiero ver en segunda que son todos pibes”.

Y llego el día. Empezó el campeonato, recuerdo el primer partido. Voy al sorteo y veo que el árbitro era el flaco Marocchi. Jugaba conmigo en primera hacía veinticinco años, me estrechó la mano, me guiñó un ojo y me dijo: –

– ¿Qué haces acá todavía “TOTI”?

– Sueño despierto Flaco, ¿no querés atajar para nosotros el año que viene?

– ¡¡Si me insistís te expulso!!!- contestó.

Y la pelota empezó a rodar, estaba más rara que nunca, me esquivaba, me ignoraba; y cuando la alcanzaba, enseguida se iba con otro. La seguí con la mirada y con mi trote cansino, le hice los mismos planteos que le hubiese hecho a una novia de la adolescencia. “¿Por qué te vas con él? ¿Con lo bien que yo te traté siempre? ¿Me creerías si yo te digo que sueño con vos?”.

Y así, estos pibitos que nacían cuando yo ya gritaba goles colgado de cualquier alambrado, empiezan a ganarnos la partida y a perdernos el respeto que a sus padres le infundíamos; parece mentira que estos pibes que aprendieron el fútbol en la play station hoy nos manejen la pelota y los tiempos del partido.

Los minutos siguieron pasando, no vale la pena contar como; y el flaco se llevó el pito a la boca para terminar este calvario. Igualmente como manda la ética “futbolera” todos le recriminamos la falta de descuento. El flaco me abrazó y me acaricio la cabeza, en gesto de paternal consuelo. Como dicta la impotencia, yo lo putee. Como manda la dignidad, él se hizo el sordo y no me expulsó.

Juntamos el equipo y nos fuimos debajo de nuestro arco; comenzamos con los reproches de siempre: “¿Cómo te comiste ese gol? ¡En el medio pasan como por el patio de su casa! ¿Cuándo va a ser el día que vos cortes un centro? ¡Nadie hace un full táctico en mitad de cancha! ¿Para recibir hay que moverse? Y el clásico ¡¡¡Yo no vengo mas!!!”.

Todos tenemos la misma excusa; pero por dignidad ensayamos cualquier otra. Para no lastimarnos, lógico. ¡Qué equipazo! ¡Cómo nos cuidamos el alma! ¡Gracias equipo! La amistad, el fútbol y esta terca esperanza que huele a linimento, son una forma de vencer al tiempo, ¡aunque los lunes no podamos caminar…!

Mi viejo calzaba 44

Berruezo, Alfredo

Te cuento que esto es casi una confesión. Bah, sin el casi. Me llamo Alfredo, tengo 65 años, nací en 21 de enero de 1944 y soy del Barrio de LA PATERNAL.

Sé que Eduardo Lazzari diría de Villa Mitre porque nací en Nicasio Oroño al 1500, en el 1574 para ser más exacto. Pero yo soy de LA PATERNAL. Ser de La Paternal es un orgullo y haber parado en Avda. San Martín y Juan B. Justo en la esquina de la gomería, ahora esta Banco Santander Río, el orgullo se multiplica por dos y para seguir subiendo en la autoestima era socio del Club La Paternal, el de Fragata Sarmiento. Sabes una cosa todo este prologo ya lo mencioné antes en algún momento y no quiero aburrirte dándote detalles de mis sentimientos futboleros pero no puedo evitar decirlo SOY GALLINA, muy gallina y orgulloso de serlo.

Cuando era pendex andaba bastante bien, era 9 y la verdad la metía seguido, siempre me seguían a todos lados mi viejo y mis hermanos. Obviamente del fútbol oficial sólo jugué en las inferiores de Argentinos, por ser del barrio y tener algunos conocidos de la Parroquia Nuestra Señora de la Consolata, la de Donato Alvares y San Blas, que tenían cierta influencia con los directivos de los bichitos colorados.

Mi viejo era como un hermano más, lo apodaban Vasco o Grandulo. Nos llevaba a los tres a ver todos los deportes que te puedas imaginar, obvio fútbol, basquetbol, box, maratón de los barrios, polo, pato, ciclismo, motociclismo, automovilismo, si empiezo a dar detalles creo que tengo para contar mas que Borocotó, ojo el padre, no el salame que se vendió a los K. Carito el tío, pero se vendió.

Y mis hermanos, Huevo, el que todos creían que su apodo se debía a los ojos grandes que tenía y no era precisamente por eso, y Cambón, que debía su sobrenombre al quinto de los Cinco Grandes del Buen Humor, Jorge Luz, Rafael Carret, Zelmar Gueñol, Guillermo Rico y Juan Carlos Cambón. Era flaquito mi hermano menor.

Como decía, deportivamente siempre los cuatros juntos y a todos lados. Corría el año 1962, yo con 18, trabajando en el Boston y por supuesto participando del campeonato de la Asociación Bancaria Argentina de Deportes, en ese momento jugando en tercera.

¡Mamita! Teníamos un equipo espectacular, la verdad la rompíamos. Les digo que en 1964 ya estábamos en primera jugando con los grandes de la Asociación. No nombro a mis compañeros porque si me llego a olvidar de alguno me sentiría muy mal.

El torneo de tercera tenía más participantes que la Maratón de Nueva York, equipo de banco que empezaba, pum, a tercera. Es por ello que estaba dividido en zonas, ganamos la nuestra por muerte, robo y escándalo. De ahí a las semifinales en la canchita que estaba en el medio del mercado Dorrego, Club Fénix. Ganamos los tres partidos, a Banco Buenos Aires, al Tornquist y al Hogar Argentino, los bailamos tanto que vean, dejaron de existir hasta como bancos.

La final en la cancha de Ferro, contra Nuevo Banco Italiano, por un solo ascenso. Italiano, según mentas, venía bárbaro también. Tenía un 9 tipo Tanque Muller, Alemania 1974, que decían las metía todas. Estábamos en el vestuario, cambiándonos para jugar y el Tano Federico- ¡qué ocho, la tenía atada, la traía desde nuestra área y nos la dejaba mansita a los delanteros! Ojo, era ocho, nada de carrilero por derecha, mediocampista, nada de eso. Era ocho tipo Eliseo Prado, Juan José López, etc.-, comienza su discurso: “Muchachos, si hoy no ganamos, todo lo bueno que hicimos durante el año se nos va a la mierda. Hoy tenemos que ganar o ganar, tenemos que dejar alma y vida en la cancha. Tenemos que asegurarnos de estar 10 puntos físicamente. Yo traje esto…”. Nos mostró unas pastillitas que dijo que teníamos que tomar dos cada uno. Obvio el que quería. No quedó ni una, hasta creo que faltaron algunas ya que la demanda era mayor que la oferta.

Como siempre, mis viejos y mis hermanos en la tribuna. Te la hago cortita, fuimos una verdadera máquina, otra que la de River. Ganamos 3 a 1. Te comento que éramos aviones, el Pulqui Segundo al lado nuestro era como si estuviese parado. Volábamos. A los defensores que se me apareaban en carrera los miraba como con lástima. Sabía que le sacaba dos metros en cinco de carrera. El once nuestro cuando término el partido cayó extenuado.

Como siempre, lo importante era el comentario de mi viejo. Le pregunto: “¿Y viejo, qué te pareció?”. El viejo no se perdía una, me dijo: “Bien, pero me sorprendió mucho como corrieron”. Y pisé el palito: “¿Y también con lo que tomamos?”. Mi viejo, calzaba 44. ¡Querés creer que todavía lo estoy sintiendo…!

Vender en la cancha

González, Mariano

Los sábados a la noche la pizzería de la esquina de Vélez Sarfield y Carlos Tejedor se llenaba de gente, todo el barrio iba a comprar y no solamente por el hecho de ir a buscar la cena, sino también por el de conversar con los vecinos mientras esperaban la media hora que el local tardaba en entregar los pedidos. Se hacían todo tipo de sociales, incluso Doña Graciela a veces iba y ni compraba, se acercaba sólo para ofrecer los cosméticos que vendía, incluso hasta un día el dueño del boliche le dijo: “¿Me imagino que un día dejarás un perfume o algo de regalo como atención no?”.

También uno ahí se podía enterar de todo el chusmerio del barrio: “Viste que Vanesa se separó de Raúl, dicen que él andaba con otra mina”, “¿Sabés quién se quedó sin trabajo? Guillermo, después de 35 años lo rajaron pobre, y está con una amargura”. Gracias a esta pizzería Juan Carlos tuvo una idea que se la trasmitió a su mujer:

– Sabes Carlita, el Sábado que viene voy a ir a la cancha a ver a colegiales, ya que todos los muchachos de barrio van y yo siempre soy el único que me quedo afuera de todo.

– Pero si a vos no te gusta el fútbol Juanca-. Le contestó su esposa.

– No es que no me guste el fútbol, es que nunca le presté atención y jamás fui a una cancha. Ahora la idea que tengo no es solamente ir a ver el partido, sino también hacer sociales. En un lugar donde se juntan todos los muchachos del barrio puedo repartir mi tarjeta y vender más. Hay mucha gente que va a la cancha, vive por acá cerca y yo no conozco, así que probablemente en Colegiales voy a tener la oportunidad de verlos a todos y de hacerme conocer como el que vende seguros.

– La verdad que ir a la cancha para tirarte un lance no me parece buena idea, pero si vos querés ir a probar andá y date el gusto.

Llegó el sábado y Juan Carlos partió nomás, un amigo le había dicho que toda la barra se juntaba en la tribuna que estaba atrás del arco entre el medio y el lado de la derecha. Juanca había creído que encontrarlos iba a ser difícil, pero al no saber nada de fútbol desconocía que esa tribuna era diminuta y que por ende iba a ser fácil ubicarlos a todos.

– Carlitos ¿que haces acá vos?-. Le dijo uno de los vecinos que sabía que el Juanca nunca había ido a una cancha.

– Y estoy cansado de escucharlos a ustedes hablar de fútbol y no tener nada que decir, así que vine a dar una vuelta para aunque sea ver de qué se trata todo esto.

Al poco tiempo de comenzado el partido a Juan Carlos se lo veía igual que al resto de los fanáticos de Colegiales; Nervioso y alentando para que su equipo gane; “Pareces un hincha de verdad”, le dijo uno de los de la tribuna. Pero él no estaba así porque le interesaba la victoria deportiva, sino porque había pensado que esto era igual que el que vendía gorros y banderas en las afueras del estadio; “Si Colegiales pierde no se vende nada”, entonces su razonamiento fue que con una derrota nadie iba a tener ánimo para interesarse en comprar un seguro, por eso quería que Colegiales ganará para que estén todos contentos, debido a que cuando uno está eufórico las cosas no suelen importar tanto y nadie se va a poner a evaluar esos temas como la conveniencia y los costos.

Uno cuando está alegre es más propenso a decir a todo que sí y ese es el momento ideal para tratar de captar clientes. Eso lo había aprendido con sólo estar unos pocos minutos dentro de una cancha, ya que antes de ingresar escuchó que un hincha le decía al boletero del club “Pero que caras que están las plateas, bueno ni importa dame 2 porque yo por ver a Colegiales pago lo que sea”, y al poco tiempo después observó a otro simpatizante que a los 15 minutos del primer tiempo cuando el tricolor de Munro perdía por uno a cero vociferaba: “Y pensar que yo gasté 50 pesos para venir a ver a éstos, mamita menos mal que no compré el abono para venir todo el año”. Así que con la derrota de Cole Juanca pensó que lo mejor era guardarse a silencio y no tratar de vender nada, sino le iba a pasar como al pobre laburante que estaba ofreciendo gaseosas, que de tanto decir “Coca, coca”, uno con la calentura del momento le gritó: “¡Pero dejate de joder con el Coca Coca y dejame ver el partido tranquilo che!”.

Antes de terminar el primer tiempo colegiales empató y Juanca se abrazó y gritó el gol con todos los muchachos, ahí ya sintió que empezaba a ganarse la empatía de los demás. Y después vio que ese mismo que criticaba al vendedor de gaseosas cuando las cosas iban mal, salió corriendo a abrazarlo para festejar el gol del empate, y esa discusión que habían tenido hacía pocos minutos ya había quedado en el olvido y sin rencores; los 2 parecían grandes amigos de toda la vida. En esos momentos el Juanca se relamió, se le brillaron los ojitos y se dijo a si mismo: “Son tan pasionales y efusivos los hinchas de colegiales que si llego a pintar las pólizas con sus colores, a estos, les vendo hasta un seguro para su suegra”.