Coraje

Eduardo Vardé

Dos golpes en la canaleta y la piedrita cae cerquita del borde. El tipo da un saltito desde la tierra. Sus zapatos apenas entran en el cuadrado. Oye sonidos extraños. Luego salta al 2 y al 3. El piso se tuerce, él sigue: 4, 5, 6. Le temblequea todo, hasta el pantalón de vestir. De su cara se arrojan gotas de transpiración. 7, el suelo se levanta más. 8, 9, se le vencen las rodillas. La rayuela vertical, una boca tétrica aparece bajo el piso. Él resbala, se agarra del borde. El saco zafa y se desploma en las profundidades, abajo hay fuego y brea. Él estira la mano, sonríe pícaro… cielo.

Sin título

Renzo Barros

Lalo es un adolescente picarro de ojos brillantes y pestañas como cortinas. Jugaba todo el día a las borlillas, a la rayuela, payana. Siempre pensaba que en el espacio nos miraban y no entendian lo que hacíamos, así se puso a contar la historia de los juegos terrestre, escribía papelitos sobre cada uno y los colgaba en la soga de la ropa de su mamá, a veces el viento los llevaba a pasear, o los pajaritos los robaban para sus nidos. Una noche vio por su ventana una luz verdosa que iluminaba todo el patio de su casa, salio curioso en busca de aventuras y dos verdes niños con orejas largas lo invitaron a pasear en su jet lunar. En el tablero estaban pegados sus papelitos desaparecidos. Volaron por cráteres, anillos y galaxias y así, secretamente, algunas noches los amigos interplanetarios pasean y juegan entre el cielo y la tierra a la rayuela de ilusión.

Vuelo sin motor

Josu Insausti Ordeñana

El material de construcción será este folleto que han dejado en el buzón. Vas a ser un avión de primera.

Los doblados correspondientes, la punta que siempre es complicada, el tren de aterrizaje y su comprobación…Estás quedando bien, solo faltan los alerones y listo. Un par de cortes de tijera a cada lado: c’est fini. Bueno no, un poco de color vendrá bien: toque de pintura pistacho al ala derecha y un poco de naranja a la izquierda. Ahora sí, a la pista.

Desde un piso tan alto y con el viento otoñal de cola, el despegue es fulgurante. Tras ganar altura con agilidad viene un parsimonioso giro. Otra ráfaga ventosa potente y te alejas cada vez más, planeando con elegancia.

Avistada la arboleda vas perdiendo altura. Junto al río, aterrizas sobre el colchón de hojas desprendidas de los plátanos de sombra. Has reencontrado a tu familia. Compartirás el destino con ella.

Cielo y tierra

Juan Pablo Goñi Capurro

Te quiero hasta el cielo ida y vuelta, le dijo. Ella le creyó pero al llegar al cielo no halló sus rastros. Al volver a la tierra lo encontró bajo un cerezo, besando a otra.

Inexperiencia

Sara Lew

Mi primer vuelo en solitario falla; mi avioneta cae en picado sobre el desierto mientras intento desatascar mi paracaídas la adrenalina me pide actuar y pensar con claridad una solución ante esta situación tan extrema no cuento con experiencia si ya veo el suelo ¿qué hago?

Eclecticismo ambiental

Laura Albet Castillejo

Me acostumbré a estar en los cielos de tus sueños y allí sentaba con esas magníficas vistas no me percaté de que la tierra ascendía hacia mí.
Y ahora que estoy en las profundidades de tus errores entre lodo y rocas, me doy cuenta de que tan sólo en el horizonte existe tu perfección.

Ir y volver

Luisa León

Mirada al cielo, al universo. Quiero ir. Cierro los ojos, los abro: estoy allá. Silencio enorme. Sensaciones contradictorias, nostalgia, añoranza de no sé bien qué. Es bueno irse, pero es mejor volver. Quiero regresar. Tengo vergüenza de mi misma y no puedo con ella. Lloro porque siento que debo llorar. Todas mis fuerzas están siendo usadas para volver. ¿Por qué? La conciencia de ser incapaz de todo, diminuta. Cierro los ojos, los abro: en la tierra. Siento alivio y estoy medio triste. Poco a poco me voy quedando dormida intento dejar atrás la sensación de cargar con la lucha entre el coraje y la cobardía, entre el ir y volver del inicio al fin una y otra vez. El miedo, de no saber que esto es una espera.

Sin título

Eustaquio Calixto Becerril

– Otra vez quilombo allá abajo… -Le avisaron los Esclavos.
– Ya me cansaron. Esta vez voy a ir Yo Mismo –dijo El Eterno, ya cansado, y bajó, relámpago en mano.
Al primero que cruzó lo dejó fulminado y ahí nomás, engolosinado, arrasó con todo. No quedó piedra sobre piedra.
A Él lo mató un virus experimental que se escapó de un laboratorio en la general demolición, un microbicho sintético de génesis artificial, no divina, que se Le metió con disimulo por los lagrimales y Le colapsó los riñones.
Casi nadie se dio cuenta. Lo reemplazaron enseguida y todo siguió igual, gracias a Dios.

Contribuyente

María del Carmen Allegrone

La muchacha del Dauphine llegó al cielo y pidió su libre deuda. Tenía varias infracciones impagas cometidas en la Autopista del Sur. Le pareció injusto, el embotellamiento había durado meses. Erró perturbada. Se detuvo. Advirtió una presencia conocida, al hombre le sucedió lo mismo. Era el ingeniero del Taunus. Se abrazaron. Él comentó que tenía el mismo problema con el ente recaudador. De inmediato, propuso ir a ver una gestora conocida por su eficiencia: la llamaban La Maga. En la eternidad hay pocas opciones, o pagaban -en efectivo o con tarjeta- o quedaban condenados a vagabundear sin obtener la baja definitiva en la tierra.

Entre el cielo y la tierra

Horacio Beascochea

“Te doy otra oportunidad para llegar al cielo”, escucho.
Moldeo la miga de pan y me encomiendo a los dioses. Esta vez no debo fallar, un movimiento suave, estudiado hasta el hartazgo. La veo surcar el aire y para mi desilusión, sobrepasa tus ondulaciones y se posa a centímetros de tu ombligo, en una frontera imprecisa del paraíso.
“La pucha”, maldigo y apuesto de nuevo a nuestra rayuela de besos y sabores, en una lluviosa mañana que nos espía desde tu ventanal.