El último vaso de vino

Mehrbald, Federico

Mientras se limpiaba el fondito de una copa sucia, un poeta miraba de reojo una carta que yacía sobre su mesa. El cantinero hacía lo suyo, y de fondo se escuchaba como destapaba una botella. El corcho sonaba con eco, poca gente habitaba el bar. William nervioso miraba el remitente y no se animaba a descubrir qué secreto placer ocultaba. La sangre roja recorría con velocidad su cuerpo. Un cigarrillo armado lo intentaba tranquilizar. Cuando por fin el brebaje mágico llegó, el jugo virgen se fue transfigurando al carácter del vino. Agarró una copa común ente sus dedos untados de transpiración, y vertió con locura su contenido. Miró la pared desquebrajada y soñó un segundo con los ojos abiertos. Pero se despabiló para probar su bebida. Una vieja tradición de escritura y casualidades, lo llevó a recibir correspondencia de una perfecta poetisa. Su respuesta, se hallaba al alcance de un niño y con sólo estirar la mano se podrían romper a los pesados nervios. La música era tranquila, y creyó oír la canción No love lost de Joy Division, pero no estaba muy seguro de ello.
Decantó un trago más para darse ánimo, fue su última ayuda. Tomó con desgano el sobre por un costado y lo observó detenidamente, como si fuera algo precioso y malvado al mismo tiempo. El papel absorbía la humedad de sus manos. Trenzó el papel y deseando que no fuera una hoja en blanco, encontró algo.

Sentiste alguna vez un gran hueco por dentro,
del tamaño de una gran angustia?
pregunto…
es extraño escribir cosas como estas:

La mar es una pelopincho de verano;
La noche, una caja vacía y oscura;
El sol, una linterna colgada del techo;
Vos, una marioneta de trapo tirada en la arena.

Preguntaría demasiadas cosas. ahora me siento angustiada.
diría otras tantas cosas. hoy presiento que le hablo al viento.

El vino era la compañía más seductora esa noche. Para un poeta era como su sangre. Cuando leyó las palabras de la carta, su mundo enmudeció. Empuñó la botella de nuevo para trampear el momento, y servirse unas lágrimas violáceas de emoción. Decidió en ese momento, funcionar como un inspirado y contestarle a tan gráciles letras. Arrancó una hoja de su cuaderno, y la recostó sobre la mesa de madera oscura, como quien acuesta a un niño de madrugada. Buscó una lapicera en el bolsillo del saco y comenzó a deleitarse.

Muchas veces sentía un vacío dentro mío,
como el tamaño de la sensación de un caramelo fizz?
te respondo que sí… en las noches se vuelve peor…
y más extraño escribir ¿como estás?

La suma de las partes del universo se baña el mar rojo;
Las estrellas reflejan desde la nada como es vivir;
El fuego del día se esconde dentro de los que sueñan;
Vos, con tu perfume y yo -somos actores del teatro de la vida

respondería que te quiero. y que no podré olvidarte.
trataría de callarme para ver lo que queremos decirnos con los ojos
no sé como seguir sintiéndome

Su contestación resaltaba con tinta en el tablón, cualquiera que pasase a su lado miraría sin dudarlo de una forma curiosa. La culminación le obsequió un momento de meditación. Prendió otro cigarro, el humo ésta vez rondaba por su cabeza. Tomó su último vaso de vino con pasión y se despidió del lugar, imaginando la suerte de su poesía abandonada en la mesa de un bar.

Milagros de Agosto

Ambrosioni, María Silvina

Esto sucedió en la región de Campania más precisamente en la provincia de caserta en Italia. Corria el año 1940, cuando el padre de Giacomo decide viajar a América huyendo de la guerra, entre sus ropas trajo unas pequeñas ramas del parral que había plantado su bisabuelo, la corto delicada mente la introdujo en un frasco con tierra, en cuya tapa poseía unos pequeños orificios para permitir la respiración de la planta, del fruto de este parral se obtenía uno de los mejores vinos italianos el legendario “falerno”. Luego de varios meces llegaron a la provincia de Mendoza, en su nuevo hogar entremedio de las montañas planto su pequeña rama.
Pasaron varios años, esta es una de las plantas predilectas de Giacomo, la veía crecer día a día desde el ventanal de su cuarto y como se realizaba la recolección de las uvas de dicho vino, mientras disfrutaba de su niñez, su padre lo iba introducción en el oficio que se transmitía de generación en generación. Por ejemplo le explicaba la elaboración del vino tinto, como sabemos solo se puede elaborar con uvas tintas, ya que su hollejo es el responsable de la trasmisión del color al mosto y por ende al vino. Las uvas enteras se vuelcan en el lagar o pasan en una cinta trasportadora las cuales llegan a la maquina moledora. El mosto (jugo, pulpa, hollejos, semillas) se bombea en los tanques de fermentación y se sulfita, dando lugar al inicio de la fermentación alcohólica, el mosto queda en contacto con los hollejos (maceración) y semillas por tiempos diferentes según el tipo de vino que se quiera lograr. Debido a los hollejos que producen levaduras potentes la fermentación es tan fuerte que se denomina tumultuosa. Es importante el control de la temperatura alrededor de 30 grados centígrados los hollejos comienzan a flotar en la parte alta del tanque conformando un sombrero, este se rompe y sumerge varias veces para formar la sesión de las sustancias colorantes de los hollejos y los taninos de las semillas al mosto y para estimular la acción de la levadura presente en los mismos hollejos. Esta etapa dura aproximadamente una semana. Final mente, el mosto se saca de los tanques se separa de los hollejos, semillas y residuos de fermentación los cuales pasan a una prensa para obtener vinos de menor calidad. En la segunda fermentación el acido málico presente se transforma en acido láctico, este suaviza el mosto y equilibra la acides. Una vez que toda la azúcar termina de transformarse en alcohol al mosto se lo denomina vino luego de su clasificación se embotellan o se colocan en toneles para su posterior embasado. Así fue como Giacomo aprendió paso a paso a cuidar la producción de vino de su padre.
No solo sabe interesarse en la producción si no también en las leyendas que giran a su alrededor una de esta cuenta como se formo el lago falerno. Todos salemos que entre agosto y septiembre la vid sale de su descanso y la sabia comienza a circular nuevamente al punto tal que gotea a través de los cortes llamado lloro o llanto realizado en la poda. Pero aquella mañana de agosto fue diferente al levantarnos observamos que un pájaro de plumaje rojo brillante se estaba comiendo todo el parral, mi padre tomo su escopeta, nos hizo retroceder a todo el mundo matando a dicho pájaro, pero sucedió algo inexplicable, a través de los cortes comenzó a gotear un liquido color rojo brillante que se derramó sobre el camino hasta llegar al valle, así se formo el lago llamado falerno, este tiene una particularidad es de vino el cual se considera sagrado ya que se utiliza para la misa en ocasiones muy especiales en diciembre en las época de las comuniones del mismo lago surgen flores blancas según los habitantes del lugar significa pureza y buen augurio para el próximo año.

La América

Goldin, Elena

Y aquí llegué a la América, señor Virrey, sí aunque usted no lo crea, aquí estoy y de aquí no me muevo.
No vayas a América, me dijeron señor Virrey, que allí los animales son monstruosos.
Y yo les dije que no temía ni a leones ni a osos, que algunos se enfrentaban a los leones como Don José y no iba a ser menos. Además, a mi tierra, donde vivía, señor Virrey, le dicen la tierra y ruta de los dinosaurios.
Vengo de un lugar donde los primeros milenios de la vida de nuestro planeta me resultan tan apasionantes como desconocidos. Si usted, señor Virrey pudiese viajar atrás en el tiempo descubriría, en mi antiguo hogar, La Rioja, durante el período Cretácico, que estaba poblada de dinosaurios.
Usted no lo creerá señor Virrey, y yo no debería decírselo pero en América hay un animal más feroz que los de mi tierra, que se le mete a uno en la sangre, como un mosquito y le pica, pero es sutilmente distinto, señor Virrey del animal que hablamos, este pone a los hombres como animales, estos van por más y más, y así señor Virrey voy llegando al tema que quiero referirle
Esta historia fiel y cierta, no la hizo quien escribió la historia, es solo apenas la sombra de estos hechos, la historia, ya la cantaba en sus prosas el poeta don Gonzalo de Berceo, y más que Dios, Jesucristo o el Espíritu Santo, lo que cualquier habitante de mi pueblo no le hará faltar nunca, señor Virrey al vecino, es una copa de vino
Y así, la culpa, señor Virrey no está en el clima, no está en la feroz América, está en nosotros señor Virrey, y aquí estoy yo, sin casi confesarlo, solo a usted señor Virrey, en esta ruta, en esta feroz América, en la Mendoza de los vinos, mis vinos.
Contrariamente a lo que ha repetido hasta el cansancio la historia oficial, señor Virrey, antes de la llegada nuestra, señor Virrey de los inmigrantes a Mendoza, ya existía una industria del vino importante, con bodegas de grandes dimensiones para esta época, como es el caso de las bodegas y viñedos de don José Albino Gutiérrez, le hablé de don José, señor Virrey, pero no mejor lo dejo para otro momento.
Donde duermo y paso las horas, es en los lagares para la molienda de la uva, en los corrales de alambiques donde se elabora el aguardiente, sí señor Virrey, como escuchó, el aguardiente.
Y desde ahí comienzo a relatar mi historia, fue en aquellos patios, construyendo con obrajes de cal y ladrillos, las instalaciones más delicadas de las bodegas, resalto delicadas, señor Virrey, tan delicadas como aquel lienzo que ví en España, que representaba las batallas de los ángeles con los demonios, así estuve yo, señor Virrey, enfermo perdido ciegamente en esa batalla, hasta que encontré el camino, mi camino.
Ohh!! maldita América, tan lejana y tan soñada por mí, hoy aquí sentado viendo pasar mi historia y esta historia en los patios soleados, abiertos cuál pampa cuyana, recuerdo cuando llegó el día, aquel día donde el vino de Mendoza tuvo también un rol relevante en la independencia nacional, usted no entenderá señor Virrey de que le hablo, espere y le contaré…
La verdad está en las voces de los comunes, como yo señor Virrey, no pretendo títulos ni honores, sino contarle los hechos tal cuál pasaron
A mí, señor Virrey me tocó un espacio importante en el escudo real de esta historia, usted dirá señor Virrey que no soy quién para opinar de estos asuntos, pero hace tantos años que estoy aquí, que no puedo callar
He conocido un hombre que parecía un Rey, quizás escuchó de él, Don José de San Martín, pero tardaré más de diez años en enterarme, si la noticia ha llegado a vuestros oídos, ya que pareciera que la pampa cuyana está afuera del tiempo y quizás éste sólo transcurre para envejecer.
Siguiendo el relato del vino de Mendoza y su rol en esta historia basta señalar que en mi encuentro señor Virrey con San Martín y compartir uno que otro vaso en aquellas noches de ronda e ingenio, lo eligió como alimento y como fuente de energía para los soldados que debían cruzar los andes, señor Virrey, aunque usted se sorprenda, no fue sorpresa para él compartirlo para librar las batallas decisivas en Chile.
Señor Virrey, en aquellos años muchos pensaban que era imposible cruzar con un ejército de 5.000 hombres, cargados con armas y cañones, entre nieve, precipicios y muy bajas temperaturas. Dentro de la estrategia planificada por San Martín y este inútil escritor, el empleo del vino ocupó un lugar importante: Sabe cuántas mulas destinó, señor Virrey, las conté, 113 mulas para transportar el fruto de la vid, y de esa manera asegurarle a cada soldado una botella por día.
En esta hazaña, reconocida en la historia universal, el vino de Mendoza prestó un servicio decisivo, luego la energía del sol, que captó, señor Virrey, el grano de uva, llegó al brazo y al corazón de los patriotas, para abrir el camino de las nuevas naciones de América.
Que épocas doradas esas, señor Virrey, – yo, los soldados y mi vino mendocino.
Después de la guerra de la independencia, señor virrey, comenzó este dolor, esta elección, ya que al independizarnos, comenzamos a romper los lazos con España, sí, señor Virrey, con usted, con mi patria, mi casa, mi ruta de los dinosaurios. Pero señor Virrey, aquí encontré a la mujer soñada, a la riqueza esperada, al amor inesperado y señor Virrey, en los años que siguieron, el nivel de la actividad con mi vino, se mantuvo en estándares elevados, siendo el motor de la economía de Mendoza, y el motor de mi corazón.
Adiós señor Virrey, hoy más que nunca me despido, levantado mi copa, mi amigo, de éste tan dorado vino.

La leyenda del vino

Deleo, Florencia

Cuenta la leyenda que en Europa Medieval, se podían ver todos los viernes por las noches, grandes criaturas aladas, volar por encima de los árboles del bosque en dirección hacia las montañas. La gente del pueblo vivía aterrada al ver la temible apariencia de estos seres. Había oportunidades en que el cielo oscuro, volvía a iluminarse debido al fuego que echaban por su boca. Decididos a eliminarlos los hombres comenzaron a armar lanzas y arcos que pudieran matarlos. Entonces una noche de esas, los hombres esperaron a estas criaturas en las colinas cercanas a las montañas que se encontraban próximas a un viejo arroyo. Entre esa muchedumbre se encontraba una jovencita que venia de una cultura donde estos seres eran venerados y muy respetados. Sus padres fueron celtas y les enseñaron todo acerca del tema. Esta joven advirtió que ellos, no les harían daño, sino que existían para ayudarlos. A lo que al escuchar los hombres rieron, humildazo a la muchacha, mientras que un a sombra los cubría. Al mirar hacia arriba, notaron que una de estas bestias los sobrevolaba, entonces tomaron sus lanzas, sus arcos y flechas y comenzaron a disparar. La joven con desesperación, gritaba y corría de un lado al otro, y fue así que cayó sobre unas piedras del arroyo. Al verla sangrando y muy lastimada, los hombres dejaron a la bestia y corrieron hacia la niña. Segundos después, la misma criatura, se acercó y con un de sus grandes garras, rasgó su pecho y empapada de sangre violeta, cubre las heridas de la joven, sanándola, además de hacérsela beber para demostrar confianza y valor. Ella dijo que nunca había probado nada más delicioso que su sangre… los hombres al oírla, pidieron un poco también. Eran tantos hombres que la bestia al quedarse sin sangre murió… la joven mas viva que nunca, obligó a los hombres a retractarse por lo dicho…y lo hicieron, pero sus sangre había resultado tan deliciosa que se les volvió un vicio y fingiendo que alguien se encontraba lastimado, los hombres los atraían para cazarlos y saciar su sed…tanto tomaban de su sangre que cada vez que la ingerían, todos estaban tan alegres que muchas veces perdían la conciencia… por eso esta Europa Medieval, cuando recordó en la mitología griega a Baco, creían que la sangre de este animal, era lo que emborrachaba al Dios pagano, por eso la llamaron Vino, y a la bestia “Draco”, que derivaba de Baco, que en nuestro idioma significa Dragón.

El viejo y el vino

Nalli, Silvestre

El anciano despertó ese día con la idea de hacer realidad aquello que desde hacía un tiempo era su mayor deseo: volver a elaborar su propio vino, ese que disfrutara con su familia en el antiguo caserón que ahora habitaba en soledad. En un galpón del fondo estaban arrumbados los elementos necesarios para ello: el viejo trapiche de mano, los barriles con sus aros oxidados, las enormes damajuanas de veinticinco litros, la máquina de encorchar…
Por un instante se quedó mirando todo eso con un dejo de melancolía y pensó que no sería tan fácil concretar el anhelo de paladear nuevamente ese “tinto de pura cepa” que consumía al cabo de dos años de embotellado y añejamiento en el oscuro y fresco sótano de la vivienda. Viudo, con dos hijos atentos a sus respectivos hogares, ¿quién le daría una mano…?
Cerró lentamente la puerta del galpón y, por un momento se sintió más solo e impotente que nunca, hasta que lo sacó de su ensimismamiento el timbre del teléfono. Era uno de sus hijos para avisarle que esa noche lo visitaría para cenar con él; que no se preocupara por la comida ni por la bebida, ya que la empresa en la que trabaja le hizo llegar como obsequio de fin de año una caja del “bueno” y quería compartirlo con quien sabría apreciarlo.
El anciano agradeció el elogio y, tras colgar, se apresuró a hacer un poco de orden, tras lo cual tendió sobre la mesa el mantel que bordara su difunta esposa, apoyó sobre el mismo las mejores copas de su vajilla y aguardó la llegada del hijo. Éste saludó a su padre con un beso y, tras desenvolver un paquete con comida, procedió a descorchar una de las dos botellas que traía.
“Pruebe papá”, le dijo entusiasmado, mientras servía un vino de color rubí, buen aspecto y recio aroma frutado. El anciano bebió un sorbo corto y luego otro más largo, ante la ansiosa mirada del hijo, pero nada dijo y se dedicó a probar un trozo de la comida ya servida. El hijo le preguntó si la cena era de su agrado y el anciano respondió afirmativamente. “¿Y qué le pareció el vino?”, le interrogó con impaciencia. “No está mal, es un buen vino…”, contestó evasivamente el anciano, para agregar a continuación con un guiño y pícara sonrisa: “Anche di uva si fa el vino…”, provocando la carcajada de su interlocutor, quien entendió la supremacía de lo artesanal y la nostalgia que embargaba a su padre por tan noble e incomparable labor.

Un rico Malbec

Naves, Marcela

Dejé el libro sobre la mesa. No es un incunable, pero tiene hojas de guarda, ¡qué bendición! Puedo escribir en ellas aquí mismo. No estoy borracha, nooo ¡qué va! Hoy no.
Acabo de disfrutar un lenguado al “arco iris”, bautismo local por pescadito, con algunas espinas, pocas por suerte, con generosa bechamel en vino blanco, con verduritas y abundantes camarones pequeñitos y sabrosos. Todo muy rico. Un buen tintillo Malbec y vaso de agua de canilla (grifo para el resto de los hispanos).
Ceno sola, una vez más, luego de una función de cine, film británico de caracteres sin ser intimista, intrigante, excelentes actuaciones, buena película, muy buena. Afuera llueve copiosamente, como ya es costumbre en esta Buenos Aires convertida en ciudad tropical. Y aquí dentro hace calor, aunque se está agradable.
Termino de a pequeños sorbos mi vino, mientras observo al resto de los comensales. Habrá unas cincuenta personas, a ojo de buen cubero (nunca supe qué significa este dicho realmente, pero suelo usarlo, entiendo el sentido si bien no sé a qué se refiere con “ojo de cubero”, ¿qué es un cubero? ¿el que hace cubas? y de ser así, ¿qué tiene que ver su oficio con su vista? Desconozco). Volviendo a los comensales, unos cincuenta decía, dos hombres solos, mayores, otra mujer sola, de mi edad, el resto en parejas, de a una pareja o de a dos parejas, pero de a par. ¿Qué estadística puedo sacar de estos datos? ¿Tendría algún sentido hacerlo? Para concluir luego que suelo comer a solas, y que hay otros y otras que hacen lo mismo sin, al parecer, verse perturbados, no necesito estadísticas.
El restaurante supo tener su fama, hace como veinte años atrás, luego fue perdiéndola poco a poco pero jamás llegó a cerrar. Hoy, es un lugar más, de tantos, con buena comida, con precios de sitio de moda sin serlo, con una carta de vinos bastante pobretona y un servicio de mesa que deja mucho que desear. Así y todo, el lenguadito estaba bien rico.
Muchísimos años hacía que no venía por acá, y no creo que vuelva por muchos más.
Vuelvo a reparar en la gente a mi alrededor, todos de mi edad o más, “jóvenes” ninguno, lo que lo convierte en un lugar lúgubre, un tanto tristón. ¿O será que es viernes por la noche? En una calle Corrientes olvidada, llueve del otro lado del vidrio. Llegó el Otoño.

La amante

Rodeiro, María Inés

María Coria alzó sus casi 80 años de la silla y caminó hacia el espejo. Levantó sus manos y controló sus uñas. Largas, cuidadosamente limadas y rojas. Las llevó hacia su blusa estampada con flores y lunares pequeños y abrió uno a uno los botones, mientras contoneaba sus caderas al ritmo de Alcides. El aire denso del cuarto en penumbras comenzó a moverse en espiralado ritmo y fue cortado suavemente cuando la blusa cayó al piso. Apareció el corpiño negro, algo desteñido y con el encaje roto a un costado. Mientras bailaba, como jugando, asomaba un hombro y el otro ante el espejo.
Espejo grande, ovalado, con molduras, que la mostraba de cuerpo entero. Al fondo se veía la cama de hierro con formas ascendentes, blanca, desarmada.
Uno metido allí, en su intimidad, sentía que la violaba, que develaba algo de María Coria que solo estaba de puertas adentro. Ella, engañando al espejo, contemplaba el cuerpo de antes, joven; sin el busto caído, sin arrugas; sin la blandura y la flaccidez de ahora.
María había nacido para amar, mejor dicho para hacer el amor, así vivió y así vivía. Desprendió el cierre de la pollera dejando que cayera despacio al piso estucado, entonces apareció el calzón grande y deformado que ella no veía. Cómo verlo así, si era tan armonioso con su cuerpo aquella ropa interior negra y con encajes. “Así lo esperaré”- dijo María buscando la cama.
Le costó subir las piernas hinchadas, casi deformes y acomodar la cola ancha y blanda. Recostada, apoyándose en las almohadas esperó que el Morocho llegara. Uno espía por las rendijas de las persianas cerradas y ve a lo lejos la vieja bicicleta negriverde que trae al Morocho. Joven para ella, cara de manyín y aprovechador. Chomba celeste con vivos blancos, pantalones azules de empleado municipal y las zapatillas níveas, inmaculadas, resplandecientes.
María apaga la luz grande, observa otra vez sus uñas y las imagina cabalgando por la espalda del Morocho; ve el anillo de oro con las iniciales de su madre y se permite una sonrisa tierna y nostalgiosa. Prende el velador que derrama en la penumbra un haz cálido, envolvente, de luz dorada, entre ocre y amarillenta.
Siente la bici que frena, luego la voz del Morocho que dice “¿estás, mi reina?”-María sonríe, “está abierto” susurra y el Morocho entra a la sala, allí está el vaso y la botella de vino tres cuarto sobre la mesa, y a un costado brota, desde el cenicero de onix, el humo oscilante de un cigarrillo rubio casi recién encendido. Al Morocho se le ablanda el corazón, le sube en cataratas la ternura. El alcohol se va concentrando, los ojos se estiran hasta el camino dorado, amarillento, ocre, de la luz y la ve tendida, semitapada con el cubrecama de raso lavanda. Y entre la embriaguez, por haberse apurado casi todo el vino y las sombras, ve el cuerpo esbelto de aquella María joven y lo seduce el conjunto de negro encaje. Ya está dado el encuentro, ya el deseo y el goce borraron los límites del tiempo.
Amasados en esa atmósfera, pintados por la luz del velador y envueltos en lo que creen que son y son, se entregan al amor; y el pueblo, ignorante, a su rutina.

Vino blanco

Pok, Cynthia

Todos los años sabía cuándo había llegado el verano porque le empezaba a gustar el vino blanco, que no le gustaba. Probaba en una ocasión cualquiera, -claro, nunca en invierno- y ahí le echaba dos cubos de hielo, aunque sabía que no se debía, y saboreaba lentamente el líquido ámbar, frío, resbaloso, en la sombra fresca del patio recalentado.
Usaba un vaso alto, como de refresco, y dejaba un poco de espacio como para echarle soda, que al final nunca le echaba. Solo el vino frío, los cubos helados. Se lo tomaba de a poco, de a sorbos lentos. Mojaba la lengua en el círculo ámbar, la metía bajo los labios y se la pasaba por los dientes.
Sabía que para cuando el vaso estuviera vacío ya Garcés habría estacionado la camioneta en el fondo y ya casi se habría esparcido la polvareda que las cubiertas despegaran del camino de tierra. Garcés pediría permiso para pasar a lavarse las manos. Ella le haría el gesto de siempre, y con otra cubetera en la mano, le ofrecería algo fresco. –Gaseosa, si tiene, muchas gracias. –Gaseosa no me queda, pero le pongo vino con soda, está bien? Le sirve, primero los cubos de hielo, después el vino blanco, llenando el vaso de refresco. Por último el chorrito de soda, ruidoso, breve, que remueve la bebida.
El hombre se bebe el vaso entero, como si fuera de verdad refresco. Agradece y se va para el galpón para buscar las cajas para cargar en la camioneta. Ella se va al patio a sacar la ropa de la pileta. Saca las prendas mojadas, las retuerce y las lleva, de a una, a colgar en la soga que cruza el patio frente al galpón. Cada vez que camina los veinte pasos desde la pileta a la soga, apunta con su cuerpo entero al hachazo de luz que se mete por la puerta de chapa del galpón, y, en el medio, a la espalda sudada de Garcés que está apilando las cajas.
Con las cajas cargadas en la camioneta, el hombre se despide. No seco y duro como a la llegada, más bien con las orejas de un color rojizo que no tenía al llegar y arrastrando un poco la lengua.
–Saludos a Don Roque. Avísele que ya llevo para las dos obras. Que hasta la semana que viene con esto estamos bien.
Ella toma aire fuerte mientras echa otros dos cubos de hielo en el vaso. Saluda a Garcés con la cabeza de lado, sonriendo a medias, apoyada contra el canto de la mesada. Huele la camisa empapada. Se queda ahí, lamiendo el chorro blanco que se escurre entre los hielos hasta que escucha el motor de la camioneta. Garcés arranca y sale al camino de tierra, saludando con la mano sin girar la cabeza y llega al final de la subida en medio de una nube de polvo que el viento le mete hasta la cocina cuando el hielo se golpea contra el labio de la mujer que ha llegado al fondo del vaso de refresco.
Saca otra cubetera, toma otro vaso y lo encastra en el suyo. Con la botella de vino blanco bajo el brazo se va al dormitorio, se tira en la cama de espaldas y se dispone a esperar el ruido del motor del auto que le anuncie, como todos los días de su vida, la llegada de Roque que celebra siempre el cálido recibimiento de su mujercita, que ya no extraña ni a su madre ni a su pueblo y que en el verano, a la siesta, es una fiera.

Amargo Merlot

Nalli, Silvestre

Silvio había probado y degustado todos los varietales existentes, hasta que descubrió en el Merlot el gusto acorde con su personalidad. Cambió de marca varias veces, pero nunca de vino: su sabor intenso y definido lo sedujo para siempre. Como lo hiciera, allá lejos en el tiempo, esa mujer a la que evocaba con tristeza toda vez que bebía una copa de más. La conoció cuando ella se desempeñaba como oficinista en un lugar que visitaba a diario por trámites varios. Ella lucía ropa ceñida sobre un cuerpo escultural y sugería sueños que cualquier varón deseaba ver cumplidos…
Una tarde, Silvio se animó y la invitó a cenar en su departamento de soltero, convite que ella aceptó casi de inmediato. Tras dejarle su dirección y número telefónico, se apresuró a llegar a su domicilio con el corazón latiendo locamente. Tras ducharse y perfumarse con esa colonia inglesa que usaba para grandes ocasiones, corrió a encargar comida y, por las dudas no alcanzara, compró otra botella de Merlot. La cita era a las nueve de la noche pero, ya se sabe, “las mujeres nunca son puntuales”, pensó cuando el reloj marcaba las diez. Pasó otra hora y nada, mientras su impaciencia crecía tanto como su deseo.
A medianoche, ya resignado, comenzó a mordisquear de mala gana un trozo de comida, hasta que el sueño -y el Merlot- vinieron en su ayuda y terminó durmiéndose sin remedio ni consuelo. Ese mismo día concurrió como siempre a la oficina donde ella trabajaba y, al requerir su presencia, un compañero lo invitó a salir del lugar. Intrigado y preocupado lo siguió hasta la calle y allí la noticia que menos esperaba: Mara había sufrido un accidente de tránsito y estaba internada en estado delicado en una clínica del gremio.
Cuando llegó al lugar, una enfermera terminó con su esperanza: la muerte había ganado la partida. Esa noche, el vino le resultó amargo y desconocido, a tal punto que, en un rapto de furia e impotencia, terminó por estrellar la botella contra el piso y se quedó durante largos minutos contemplando como el líquido –“oscuro como la sangre”, pensó- se deslizaba por la cerámica como la vida, despidiéndose.

Monte Nisa

Marraccini, Rita Graciela

El origen de los mitos se pierde en la noche de los tiempos y está ligado a la cuna de la humanidad.
Cuenta una de las muchas leyendas relativas al origen sobrenatural de la vid que mientras Dionisos camina por el bosque en el monte Nisa, llueve sobre la tierra una gota de sangre de los dioses donde germina una viña salvaje que crece enrollándose alrededor de los árboles.
Descubre entonces la forma de extraer su precioso jugo, convirtiéndose en dios del vino y como símbolo de su divinidad le es otorgado el tirso, un cetro coronado de hojas de parra con el que emprende su recorrido por el mundo enseñando a los hombres el cultivo de la vid y conquistando el Mediterráneo de la mano de mercaderes griegos.
Viaja a la cuna de la civilización y al llegar al río Eufrates construye un puente con una enorme vid que tomaba la forma de una guirnalda, la cual atraviesa ayudado por un tigre enviado por Zeus.
Dionisos regresa a Europa donde en Roma se le conoce con el nombre de Baco y finalmente, después de establecer su culto en todo el mundo, sube al cielo donde habita en un viñedo mágico formado por piedras preciosas desde donde observa a los mortales elevar una copa al cielo en su honor en cada brindis.