Budín de esperanza

Marisa Avogadro

Gotas de ilusión, con unas cucharaditas de ternura y granos de uva color pasión. Luego, una cucharada de energía, de granos de uvas morenas, con pizcas de Suavignon y uvas de Baalbek, del fondo de la casa de la abuela.
Unos susurros de amor y al último, unos toques de chocolate marrón montaña, con hilos finos del sol de la tierra de los buenos vinos.
Finalmente, un budín de esperanza, de uvas morenas y también de uvas blancas.

El trece

Marisa Avogadro

Comenzó el día desalentado. Su mirada no pasaba del piso. Su horizonte, las baldosas rojas lustradas que cubrían el patio interior.
Su tez blanca hoy se asemejaba a las cenizas que habían quedado en la churrasquera del jardín. Diría que tenía en su rostro la expresión de la persona que acaba de recibir sobre su cuerpo un balde de agua fría.
De pronto, él, sintiéndose el hombre más desafortunado del planeta, sintió el sonido característico de entrada de sus mensajes en el celular.
Rojo fuerte era ahora el color de la piel de su cara. Rojo de pasión… de ilusión… Rojo de indignación. Efectivamente, le confirmaron que su trabajo se terminó.

Verdades

Avogadro, Marisa

Sus ojos estaban fijos sobre la superficie blanca impecable del mármol de la mesa. Se diría que tenían su mismo color. ¿Fríos?… ¿Atemorizados? Seguramente avergonzados. Todo su cuerpo comunicaba su pensamiento, su acción y su final.
Frente al reclamo de ella, resonaba en su cabeza: sólo no se sabe, lo que no pasó.

Ausencias

Avogadro, Marisa

Ausencias, vocablo en plural que definía la cuartilla que estaba frente a sus ojos. Ausencias de palabras, de sonidos, de sentimientos, de colores, de arrojos.
Ausencias de lágrimas de rímel desteñido en paredes de cemento tiesas. Inmóvil, etérea, curvilínea, vestida de blanco impecable, como la hoja de papel frente a sus profundos e inquietos ojos.
Ausencias solamente, porque era eso, lo que quedaba de la memoria. Vacíos, saltos en el tiempo, destiempos. Amores, rumores, torbellino eterno.
Respiró profundamente y puso sus manos sobre el teclado de la computadora personal, escribiendo lentamente: Ausencias, bagaje de la memoria.

Chocolate y pimienta

Avogadro, Marisa

Lentamente comenzó a saborear su suave y carnosa boca. Respiró profundamente, la abrazó y unió sus labios a los de ella con pasión. De inmediato, el cuerpo de ella tembló sin poder ocultar el sentimiento.
Sintió fundirse en su boca chocolate negro. Sintió toques de pimienta que aumentaron su deseo. Después, corrió por sus brazos aceite de coco, que él pasó con dedicación, para que el sol brillara en su piel tersa. Y luego de la frescura, volvió el calor y el deseo. Comenzó nuevamente a besarla, bajo el ardiente sol de enero.

Diamante de dos días

Avogadro, Marisa

Durmiente, diciente, debería dulcificarse. Dulcinea de día. Diamante de dos días. De dudosos despertares; dijo desesperado, dolorido. Duquesa displicente, dejó de dudar de decirlo… Días de desaliento devienen, del destino detenido.

El viaje

Avogadro, Marisa

AmorRoma… Se repetía sin cesar en su mente. El viaje fue sorpresivo, una maleta pequeña y todas sus ilusiones con el nuevo trabajo.
Entró a la sala y alas le salieron a su cuerpo en la imaginación. Voló con el pensamiento hasta posarse en sus ojos negros. Fue esa mirada de unos segundos más, del encuentro.
AmorRoma… se repite hoy, en Italia, junto a su nuevo trabajo y amor al mismo tiempo.

Azabache

Avogadro, Marisa

Negro nocturno. Azabache. Bravío. Crines al viento y resoplidos. Lo miro a la distancia esbelto, trotando por el campo abierto. Verdes y ocres se pierden entre aromas a lavanda, tilos y recuerdos.

Negro nocturno, de noche. Cuando sale a recorrer los pastizales a paso lento o al trote.

Azabache, azabache también son sus ojos grandes, vivaces. Cada mirada es un gesto, una expresión de amor, un movimiento.

Decidí acercármele con terrones de azúcar, que comió rápidamente y de nuevo sus ojos brillaron con un gracias dulce y salvaje, mezcla de miel y menta.

Y volvió a correr al campo; desafiando el viento. Habitante silencioso de nuestros suelos. Tras él; cabalgan jinetes invisibles en caballos alados; los orígenes de nuestras tierras. Los caciques vigilando, a campo traviesa.

Un viaje imaginario.

Anastasia

Avogadro, Marisa

Anastasia andaba apurada. Algo arisca, angustiada. Amaneciendo, anhelaba adormilarse. ¡Ay!. Álgida anochecida. Al atardecer, acalmada al acariciarlo. Asunto adverso acabado. Amor aletargado absuelto.